La economía en la democracia: historias de frustraciones
La democracia conforma, sin dudas, el sistema político por lo que han luchado desde siempre los argentinos, conocedores de sobra de los tragedias de los autoritarimos, y sobre ella construyeron los sueños de un bienestar económico, que todavía se sigue esperando, 25 años después.
Es que el marco de libertades políticas estuvo pocas veces acompañado en este cuarto de siglo de logros profundos en la economía, a lo sumo, muchos floreceres de esperanzas que se convirtieron luego en sucesivas frustraciones.
La cruenta dictadura que terminó penosamente en 1983, solo dejó un escenario de postraciones, con un aumento de la pobreza y un incremento injustificado de la deuda externa, que quedó como carga para las futuras generaciones.
De los 7.800 millones de dólares (más de la mitad era privada) que se debían al momento de la caída del gobierno democrático, se paso a 45.000 millones de dólares a fin de 1983, con casi un 400 por ciento de aumento.
El comienzo de la tragedia económica argentina se puede ubicar en muchos puntos de la historia del país, según las visiones o las ideologías, algunos la posicionan desde la propia conquista, otro desde las luchas intestinas de gran parte del siglo XIX.
Otros de las interrupciones de la democracia en todo el siglo XX o después en los “golpes de mercados” que se llevaron puesto a gobiernos democráticos como el Raúl de Alfonsín o de Fernando de la Rúa, más allá de debilidades propias de cada uno de ellos.
Pero poco se equivocarán si colocan como uno de los grandes mojones de esa tragedia el denominado “Rodrigazo” en alusión a la fabulosa devaluación y por ende tranferencia de ingresos, decidida por el efímero ministro de Economnía de Isabel
Perón, Celestino Rodrigo, que viajaba en subte al Ministerio y luego debió perderse en las sombras de la historia.
En ese momento, millones de personas –solo con el tiempo se pudo cuantificar–, fueron instadas a vender a bajos precios fábricas, propiedades u otros bienes, que fueron compradas por muchos que sabían bien lo que se venía.
Es decir, que la dictadura recibió una economía en crisis, y con buena parte de la población sin grandes posibilidades de recuperación y de consumo.
El ministro inicial del Proceso José Alfredo Martínez de Hoz, sólo agravó la situación con su liberación de la economía, con el argumento que toda empresa que no soportaba el embate de la importación debía cerrar por “ineficiente”.
Eran tiempos de tablita cambiaria, con devaluaciones periódicas
y mayores trasferenciasn de ingresos, de los tour de compras a
Miami y el “Demes dos”, que terminaron por hundir a las empresas locales.
Las propias contradicciones de los militares, que abrazaban el liberalismo, pero por una cuestión nacionalista no querían vender las empresas de servicios públicos, llevaron a que Martínez de
Hoz no pudiera completar su obra. Años después, ya en democracia alguien se encargaría de cerrar el círculo.
El persitente déficit de las cuentas públicas por el desangre del Estado llevó a conformar la gran herencia de la deuda externa.
Con este peso a cuesta, y el constante jaqueo político de los militares para que su historia no sea revisada, asumió Alfonsín hace un cuarto de siglo.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailLa ilusión de una economía con mayor justicia
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El primer presidente de la nueva era democrática puso como ministro de Economía a un histórico militante radical, el verborrágico y bueno Bernardo Grinspun.
El se dio rapidamente a la tarea de reconstruir la golpeada industria y a investigar lo pagable y lo ilegítimo de la deuda frente a un panorama desalentador del costado fiscal.
Como en forma paralela, Alfonsín avanzaba en el Juicio a las
Juntas para determinar los crímenes de la dictadura, ambos se ganaron demasiados enemigos.
Todavía persitía en el mundo la ola de la “Reaganmanía”, con sus preceptos de liberalismo a ultranza, aunque Estados Unidos dejó venir en América Latina a las socialdemocracia para frenar las cada vez más fuertes protestas sociales.
A poco de asumir, el entonces jefe de Estado viajó a ese país y en el propio aeropuerto de Washington descerrajó una serie de críticas a Ronald Reagan, que lo miraba azorado, sobre el papel de ese país para fomentar las dictaduras en el continente y las
deudas externas.Ante tanto condicionamientos, la gestión de Grisnpun se iba
desarollando sin pena ni gloria, y se imponía un gran golpe de efecto para reconstruir la confianza perdida.
En secreto, un oscuro secretario de Coordinación del Ministerio estaba preparando el plan quen debía consolidar la base de una economía para toda la vida.
Fue así que Juan Vital Sourrouille reemplazó a Grinspun y anunció el denominado “Plan Austral”, que instauró una nueva moneda en lugar del peso, sacándole varios ceros al signo monetario y abriendo un proceso de dexindesación.
El plan despertó una euforia nunca vista entre los argentinos, quienes respondieron sin dudar a no pagar más de lo que valía cada producto.
Se frenó así la inflación y se abrió uno de los pocos períodos de expectativas en la economía de este cuarto de siglo, en virtud de un ministro de tan bajo perfil que un día no lo dejaban ingresar a un vuelo oficial porque no le creían que era de la comitiva presidencial.
Un par de años después, ya cerca del fin de la década del 80, Alfonsín iba perdiendo peso político y con ello la economía en un cono de sombras.
Al Austral se lo iba comiendo la inflación ya que las inversiones no recalaban por estas tierras para satifacer la demanda, y los acreedores pujaban con dureza para cobrar sus acreencias.
En los grandes centros económicos ya reclamaban un nuevo plan económico y hasta hacían lo propio líderes afines a las economía de mercado. Se entraba ya en los 90.
El manotazo de ahogado lo dio Alfonsín en la primavera del 88 con José Luis Machinea y un plan de giro ortodoxo que llevó el nombre de esa estación del año la que debía revetir la expectativa de los agentes económicos.
Pero, la fichas económicas y políticas ya estaban jugada sobre el paño verde, y en febrero de 1989 se intensificó la fuga de capitales y se dio un proceso hiperinflacionario que siguió comiendo los ahorros de los argentinos.
En el fin de este ciclo, asumió Jesús Rodriguez, el ministro de Economía más joven la historia, que en poco días debió timonear la transición para atenuar el impacto del iceberg sobre el Titanic.
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Asoma el neoliberalismo
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En las elecciones de ese año, esa extraña alianza entre el mercado y la gente común dio la victoria en la elección presidencial a Carlos Saúl Menem.
Con una economía desbocada y la derrota electoral, Alfonsín sufrió tal desgaste que debió entregar antes el mando al presidente electo.
El nuevo mandatario mostró con rapidez su cartas y nombró como ministro a un Bunge & Born, Miguel Angel Roig, quien estuvo sólo
un par de semanas en el cargo porque falleció de muerte súbita.
Su continuador fue otro Bunge & Born, Carlos Rapanelli, quien trató de imponer un confuso sistema econométrico, basado en pautas
y objetivos, pero que no tenía demasiado en cuenta la variables sociales.
Se supo después que, igualmente, todo era un proceso de un objetivo mayor, como el de poner en primera fila a la Fundación
Mediterránea y su principal estrella: Domingo Cavallo
Los dos primeros ministros fracasaron y ante esto se desató el segundo incendio hiperinflacionario, que debió ser sofocado con el denominado “Plan Bonex”, aplicado por el contador de Menem, el también riojano Antonio Erman González.
Este esquema antiinflacionario canjeó grandes depósitos por Bonex, un jardín de infantes en la expropiación de fondos de los ahorristas, que tuvo su graduación años después con los célebres “corralito” y “corralón”.
Siempre se dijo que Erman hizo el “trabajo sucio”, deeliminación del déficit cuasifiscal, que dio paso a Cavallo a laConvertibilidad y la paridad del peso con el dólar garantizado conreservas.
Algo de cierto debe haber existido porque Erman siempre odió a Cavallo a pesar que fueron compañeros de gabinete durante mucho tiempo, ya que el riojano luego de su partida de Economía ocupó varios cargos en el gobierno menemista.
Lo concreto fue que la Convertibilidad se transformó en una palabra mágica para todos y por ende en algo intocable. Nadie podía insinuar siquiera salir de ella, sin correr riesgos de ser excomulgado.
No obstante, la Convertibilidad resultó efectiva en los primeros años del gobierno de Menem-Cavallo, cuando podía ser respaldada por los dólares que entraban con la venta de los activos del Estado.
Cuando se acabaron las “joyas de la abuela” como las denominaban los detractores de esta política, comenzó un constante derrotero de sobrevaluación del peso y de endeudamiento.
Se dio, entonces, otro aumento de la deuda externa que pasó a 175.000 millones de dólares en poco más de una década.
El sucesor de Cavallo –que se fue del gobierno de Menem con denuncias de corrupción– fue Roque Fernández, un egresado de la ortodoxa universidad del CEMA, que trató en esos años –fines de los 90– de mantener la casa en orden para que no haya estallidos.
El deterioro fiscal se acentuó con los gastos extraordinarios que trajo el intento de otra reelección del ya desgastado caudillo riojano y sus peleas con Eduardo Duhalde.
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Se cocina la peor crisis la historia
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Estos combates y la crisis económicas en ciernes, dieron pasó al advenimiento de la Alianza, que supuestamente llegaba al gobierno a distribuir la riqueza y dar un baño de ética.
La desilusión vino pronto de la mano de un De la Rúa inoperante y de paquete de medidas fiscales anunciado por Machinea –de regreso en un gobierno radical– basado en fuertes aumento del Impuesto a las Ganancias que gravaba sobre todo a las clases medias altas, las que más aportan al fisco. Nuevamente se castigaba a los cumplidores.
La renuncia del vicepresdente Carlos “Chacho” Alvarez precipitó la debaclar política y económica que no pudieron detener ni Ricardo López Murphy ni el otro regresado, Domingo Cavallo.
El siglo XXI empezó de la peor manera, con un estallido social, un corralito que atrapó los depósitos de los argentinos, mientras que de intensificaba la fuga de capitales, sobre todo en bancos extranjeros, y el Central les otorgaba redescuentos para solventar situaciones de liquidez.
Sobrevino el desastre, De la Rúa se fue en helicóptero de la Casa de Gobierno, en la calle hubo muertos y heridos. La economía se paralizó. La desesperanza corrió por toda la geografía.
Fue el tiempo de los cinco presidentes, uno que se fue, el otro que vino después Eduardo Duhalde, y en el medio Adolfo Rodríguez Saa, recordado por haber declarado el default de la deuda.
Llegaron épocas de pobreza, monedas provinciales, clubes de trueques y de manifestaciones en las puertas de los bancos de los ahorristas que reclamaban con estricta justicia que las devolvieran sus ahorros.
Arribó Duhalde al gobierno, y con él su ministro Jorge Remes Lenicov, quien fue el encargadode anunciar otra gran devaluación y una pesificación asimétrica de la que fueron beneficiarios una buena cantidad deudores y perjudicados los bancos que tuvieron otros motivo para no reintegrar depósitos.
Frente a esto, Duhalde nunca pudo cumplir con su promesa más famosa, “al que depositó pesos, se le devolverá pesos, y al que depositó dólares se le devolverá dólares”.
Sin embargo, pudo ir encarrilando de a poco la economía, en virtud que la devaluación y la condonación de deuda pusieron en marcha el motor del actividad.
Una protesta social violenta, como muchas por entonces, y los asesinatos de dos piqueteros Santiago Kostequi y Dario Santillán forzó la renuncia del líder bonaerense.
Estuvo buscando su delfín y en la orden de largada estaban Carlos Reutemann y José Manuel De la Sota, pero ante la deserción de ambos, jugó la última carta: la de Néstor Kirchner, un desconocido para casi todos.
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Vientos a favor dan cuatro años de crecimiento
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Vinieron las elecciones de 2003, y el santacruceño llegó al poder con el 23 por ciento de los votos, en una segunda vuelta que no fue por deserción de Carlos Menem.
Frente a este raquistimo político, Kirchner se dio a la tarea de construir poder, que incluyó en primer término sacarse de encima a su propio impulsor, aunque se quedó con Roberto Lavagna en el Ministerio de Economía.
Entre el Presidente y su ministro fuerte implementaron el denominado esquema de “productivista con inclusión”, concretaron un canje de deuda y se vivieron cuatro años de crecimiento sostenido, gracias también al arrastre de los beneficios de la última devaluación, los elevados precios de las materias primas, la tasa muy baja en los Estados Unidos y a una población con ganas de salir adelante.
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Figurita repetida: se cierne otra crisis
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Este escenario positivo se fue quemando drasticamente en este 2008 con otra gran crisis del capitalismo provocado por las hipotecas de segundo grado en los Estados Unidos.
La nueva presidenta Cristina Kirchner vio como su poder se licuaba rapidamente con un enfrentamiento extenuante e inexplicable con el campo por un esquema de retenciones móviles
ideado por el jóven ministro Martín Lousteau.
A partir de ese momento, la cartera de Hacienda quedó totalmente desdibujada con un silencioso Carlos Fernández al frente de ella, y una división que le restó más influencia con la creación del Ministerio de Producción, a cargo de Débora Giorgi.
Pero, el verdadero ministro de Economía es el propio Néstor
Kirchner quien delinea los trazos gruesos o finos de cualquier decisión
El fin de 2008 y el 2009 se presentan como tiempos de nuevo muy duros para todos, con caída de actividad y pérdida de empleo, historias conocidas de memoria por los argentinos, que ni en democracia pudo dejar atrás.
Juan Bautista Alberdi escribió: “las crisis económicas son efermedades como las del cuerpo humano”.
Mientras, el profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires Manuel Fernández López agregó: “las crisis económicas lesiona, invalidan, matan”.
Lamentablemete, todo esto ha ocurrido a lo largo de la historia económica del país, y ni el período más largo en democracia, desde el 10 de diciembre de 1983 hasta hoy, pudo revertir este destino en un país que se niega sistematicamente a ser todo lo que puede ser.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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