La ilusión progresista
Desde su campaña presidencial en 2003 hasta nuestros días, Néstor Kirchner procuró siempre mostrarse como un dirigente político de centro-izquierda. En esa clave convocó e ilustró toda su acción de Gobierno tanto durante su mando al frente del Ejecutivo nacional como durante el período que inició su esposa a partir de 2007.
De esa forma, dirigentes políticos, religiosos, empresariales y hasta sindicales, entre otros, fueron culpados como ?la derecha argentina? reaccionaria a las transformaciones a favor de los más vulnerables, ?por la mezquina pretensión de salvaguardar sus intereses particulares?.
En esos términos, durante seis años, se argumentó sobre cómo la Argentina ?finalmente? dejaba atrás una historia de programas conservadores (que pretendían defender la estabilidad y el orden al precio de la exclusión social) para abrir paso a nueva etapa de intervenciones ?de avanzada?, que romperían con las estructuras de estancamiento y llevarían a ?un sano progreso social?.
Sin embargo, nada de ello ocurrió: no existieron objetivos claros de desarrollo; no se propusieron condiciones de libertad, ni se garantizaron resultados de equidad. Las políticas económicas y sociales, y las maniobras institucionales de los gobiernos kirchneristas son razón suficiente para falsear cualquier hipótesis que pretenda adjudicarle a los Kirchner cualquier grado de progresismo.
En primer término, las operaciones que el Gobierno pergeñó en materia institucional no han sido sino manipulaciones antojadizas de cuantas leyes quiso: en detrimento de todo grado de previsibilidad, apeló a trampas que ningún gobierno que se considere de avanzada podría jamás proponerse.
En 2003, los Kirchner llegaron al poder aliados a la maquinaria política más cuestionada de la historia democrática argentina. Dos años más tarde, habiendo derrotado ?en nombre de la nueva política? al viejo aparato duhaldista, arrimaron a sus filas a aquellos intendentes del Conurbano, con sus cuestionadas prácticas incluidas.
Bajo el pretexto de una gran ?concertación plural?, para el recambio de 2007, Kirchner salió de caza para cooptar dirigentes de partidos opositores. Su intento por relanzar la fracasada ?transversalidad? no fue sino una mentira con intención doble: debilitar y vaciar a la oposición, mientras consecuentemente robustecía sus propias filas.
En 2009, ante el creciente rechazo social, el oficialismo no tuvo reparos en adelantar las elecciones para salvarse de la derrota. Y además, dispuso candidaturas que desde el comienzo suponían un engaño mayúsculo al electorado: quienes se postulaban para un cargo y buscaban adhesiones, ya de antemano habían decidido renunciar. Con las testimoniales, los argentinos fueron ?testigos? de un grado de subestimación popular jamás visto.
Y de cara al futuro, con la reforma electoral que el Senado aprobó esta semana, Kirchner también consiguió una nueva normativa que le facilita las condiciones para su continuidad después de 2011.
En segundo término, en materia económica también es embarazoso el progresismo que se adjudica el Gobierno.
Mientras la concentración de recursos que opera la Nación es cada vez mayor, las transferencias de recursos hacia las provincias es cada vez más discrecional, y por ende, menos transparente. Conforme crece la necesidad por actualizar una nueva ley de coparticipación federal, decrecen las perspectivas de que en un futuro cercano tal norma pueda lograrse.
En sus exclamaciones, el Gobierno ?nacional y popular? se jacta de defender primero a los menos favorecidos. Sin embargo, la renta financiera sigue siendo la ?niña mimada? a la que aún no se grava, mientras que sí aumentan los impuestos que deben tributar quienes trabajan y producen, aún en medio de un período de contracción económica.
En tercer y último término, al contemplar sus políticas en materia social también cuesta inscribir al Gobierno en una gestión de tipo progresista.
Acorralada por la oposición y por el reclamo social, la Presidenta dispuso semanas atrás un Plan de Asignación Universal por Hijo. Dudosamente ?universal?, el diseño del plan oficialista sigue disponiendo la ayuda social según metodologías que no están exentas de intencionalidad política. Prueba de ello es que en la misma ciudad de Tandil se realizaron inscripciones a la asignación universal en un local partidario del oficialismo.
Y con el Plan ?Argentina Trabaja? ocurre otro tanto: direccionado a promover el empleo a través de cooperativas de trabajo, su gestión también fue cedida solamente a los caciques del Conurbano, piezas clave en la arquitectura de poder del oficialismo.
Por su parte, la personería gremial que el kirchnerismo prometió inicialmente a la CTA ha sido rechazada de hecho por la alianza evidente que el Gobierno ha celebrado con el unicato cegetista. El modelo sindical argentino, que desde hace décadas aguarda definición y actualización, no encuentra ni tiene resolución: un verdadero progresismo jamás se escurriría a un debate social necesario, como en este caso, el de la reactualización de la organización sindical.
En la Argentina de hoy, mientras el capital continua concentrándose, hay tantos o más pobres que en la Argentina de la década pasada. Al mismo tiempo, la anhelada estrategia de desarrollo, fundada en la producción y el trabajo como únicas garantías de inclusión y progreso social, brilla por su inexistencia.
Mientras que en todas las instancias sociales y políticas los problemas se repiten, el progresismo kirchnerista no ha sido más que una novela remota en la vida de los argentinos: un recitado que supo aprovecharse del rechazo a los patrones sociales que fraguaron en la Argentina de fines de siglo XX.
Como una fábula en el planeta discursivo, con disfraz y un discurso de izquierdas, Néstor y Cristina Kirchner encararon una gestión que terminó siendo connivente con el establishment económico que fabrica pobres, y cómplice con la maquinaria clientelar que los esclaviza políticamente.*
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