LA LEGENDARIA MESA DE LUCHO MESTELAN
De los setenta a los noventa hubo ciertas mesas célebres, como la de Lucho Mestelán.
Sus concurrentes eran todos futboleros y la mesa tenía sus propios rituales. Nadie se sentaba a la silla que ocupaba Lucho, aunque el hombre no estuviera. Y si algún despistado intentaba poner el trasero en el sagrado asiento, desde la mesa se le informaba: ?No, ahí no te sentés, que es la silla de Lucho?.
Mestelán fue un faro luminoso para el Ideal. De carácter árido y corazón tierno, el hombre no dejó descendencia dirigencial y llegó a ocupar en la AFA cargos impensados para un hombre del interior.
Fue muy amigo del último dictador de América Latina, Julio Grondona, y dedicó su vida al fútbol y al fervor de la amistad. Su mesa estaba ubicada en la vecindad del quiosco de Vitullo, próxima a los baños que, dicho sea de paso, también constituyeron su propia mitología: ganaron desapacible fama (en razón de un defecto de estrechez en las cañerías) por el perturbador olor a cloaca que a su turno los ocasionales propietarios jamás pudieron erradicar. Entrar al baño del Ideal era un ejercicio de resistencia aeróbica: muchos parroquianos llenaban sus pulmones de aire antes de encarar para los mingitorios y procedían al desagote urinario sin respirar, ni parpadear, a sabiendas de que si lo hacían un vaho indómito y fétido los iba a inducir a la náusea.
Mestelán se sentaba en un extremo de la mesa y tenía un tic que no lo dejaba tranquilo: comenzaba a hacer tamborilear su pierna de manera incesante, desde el mocasín hacia el muslo, hasta que el periodista Julio Varela, habitué de la mesa, le pegaba el grito que lo arrancaba del trance: ?¡Lucho, dejá de tocar el bandoneón!?.
Mestelán, según las fuentes, lo quiso como un hijo a Varela, y discutió con él como suelen discutir, en efecto, padres e hijos. Con amor y con furia. Varela fue otra de las presencias arraigadas en el Ideal y desde muy joven cumplió con un ritual infrecuente: se hacía la rata para leer. La rutina comprendía una visita a la vieja librería del salón parroquial de Antonino Pellitero donde compraba un libro que leía durante horas en una mesa del Ideal.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailLOS DE LA MESA DE LUCHO M.
En torno a la mesa de Lucho solían sentarse Luis Russiani, Anselmo Núñez (que era presidente del club Figueroa), el rematador y cantor de tangos José Angelillo, el Gordo Juárez, que cantaba en el coro, el Flaco Lacovich, el Toto Barrionuevo (que era presidente de Ferro), el árbitro de fútbol y bancario Mario Tagarro, Alberto Arozarena, Marcelo Castro, Richard Zarini, Perico Arenas y el entonces director del diario Nueva Era, Aníbal Filippini, que Mestelán había logrado sacar de la selecta confitería del club Hípico para llevarlo al ámbito popular y mágico del Ideal.
Los parroquianos de esa mesa quedaron estupefactos la mañana que entró al bar, muy orondo y a los gritos, el cómico Jorge Corona. Iba a actuar esa noche en Tandil, y, tal como era previsible, hizo lo que su personalidad desenfrenada le dictó apenas puso un pie en el boliche: a viva voz, mirando a la mesa de Lucho, contó un chiste. Fue un chiste malo que despertó algunas risas piadosas entre quienes estaban en la mesa, salvo en Mestelán, quien permaneció inmutable mientras Corona lo miraba de arriba abajo.
Pero lo inesperado, lo que iría a dejar a toda la mesa en estado de perplejidad y sin saber qué decir, ocurrió segundos después, cuando el cómico, molesto por la indiferencia de Lucho, lo encaró y le dijo:
-¿No te gustó el chiste, gordito? ¡Y claro! ¡Con esa cara de trolo que tenés?!
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