La mosca en la sopa
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailOtra semana delicada para el quehacer comunal de una gestión que hasta ayer acostumbraba a marcar la agenda. Otro grave y mortal suceso callejero ganó las tapas de los medios y dejó descolocado a un equipo de gobierno al que el asunto le quema y no sabe ya cómo responder.
Que la responsabilidad es de la Provincia ya no alcanza, ni siquiera tomándose por conveniencia de los dichos de la mismísima Presidenta, acerca de la problemática de la inseguridad y quién tiene la potestad de la policía.
Eso sigue siendo así, por eso resulta casi patético que ediles de la oposición den recetas para el asunto cuando su propio referente, el Gobernador, hace agua en la materia.
Igualmente, el ciudadano y aquellos que padecen de la inseguridad no saben de jerarquías, y quien está al frente de sus destinos es el hombre que transmite más inseguridad aún. “Somos la cara del estado”, supo decir un colaborador cuando venían las buenas, pero asumía las malas también.
Fue Lunghi quien aconsejó tener cuidado cuando se retira la basura a la calle y quien no dialoga con los jefes policiales. Mejor dicho, dialoga, pero es una charla entre sordos porque no se quieren, se tienen desconfianza y así se está frente a un delicado, gravísimo, problema.
Tampoco alcanza con ofrecer a diestra y siniestra cámaras de video a cada víctima del delito que aparezca, sobre todo cuando luego se esclarece que las cámaras colocadas están mal ubicadas y no sirvieron hasta aquí para absolutamente nada más que para que Matías Civale participe de un reality televisivo.
Claramente, el asunto es más complejo y no se revertirá con más policías y cámaras. Se está afrontando a generaciones nacidas de la crisis que dejó la década de los ‘90 y que transitan buena parte de ella sin rumbo, cuyas vidas sienten que tienen poco valor, y menos la de los otros, que resuelven sus pleitos como pueden, a veces a cuchillo.
Se matan como moscas, y será porque buena parte de la dirigencia se desentendió de esos sectores, aunque ahora adviertan que terminan siendo la mosca de la sopa que supieron hasta aquí degustar.
Ausencias
Se cuenta con un serio agravante: la sensación del Estado ausente; que ha perdido la calle, que prevalece la inseguridad, y que si bien cobra notoriedad con una muerte, hace rato que viene ganando las batallas.
Los hechos vandálicos cotidianos, las pintadas dañando frentes por doquier, pibes a los que arrebatan sus zapatillas y celulares en plena calle son el caldo de cultivo de lo que luego se transforma en algo peor, una muerte.
El lunghismo había dado una señal positiva al respecto, y si bien se aludió a la cosmética, la recuperación de espacios públicos, el hermoseo de las plazas ayudó a dar otra imagen, pero después de 10 años con eso sólo no alcanza.
No se profundizó en medias preventivas tendientes a contener a esa masa de vecinos crecidos en la exclusión, que ganó la calle y deja vulnerable hasta a la propia fuerza policial que, inmersa en ese descompromiso social, evita “meterse en problemas”, porque está consciente de que su falta de profesionalismo la lleva a cometer errores que después terminan pagando con sumarios y denuncias por apremios.
Sí hay responsabilidades claras que podrían ayudar a evitar que suceda lo que sucedió. Por caso, evitar o controlar la salida del o los boliches con personal idóneo, que también prevenga, que no sólo no entren menores y cumplan horarios los boliches habilitados, sino también que no expendan bebidas alcohólicas los kioscos abiertos apenas a unos metros del foco de atención.
Quienes conviven a diario con la conflictividad social que termina en una instancia penal, hace rato advierten sobre “el milagro” de que no se sucedieran hechos peores a los hasta ayer ventilados. Pues bien, el Tandil soñado parece despertarse y corroborar que no se puede vivir esperando milagros.
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