LA MUJER Y LA IGLESIA
-¿Por qué las monjas no pueden celebrar oficios religiosos o confesar? Están dedicadas más a las labores educativas, sanitarias, de contención dentro de un ámbito (la iglesia) donde las decisiones las toman los hombres
-Las monjas son mujeres que consagran su cuerpo y su alma al servicio del Señor y de la Iglesia a través de una regla de vida o de una congregación de vida religiosa. Están llamadas a vivir el desposorio místico con Cristo. De un modo similar, los sacerdotes están llamados al desposorio místico con la Iglesia, siendo alter Christus, ipse Christus (otro Cristo, el mismo Cristo).
La presidencia en la celebración de los sacramentos es propia de los apóstoles, sus sucesores (al menos los legítimamente ordenados) y sus colaboradores estrechos, los presbíteros. El único sacerdote es Cristo. El obispo participa plenamente de ese sacerdocio; y los sacerdotes participamos del sacerdocio del obispo. La pregunta no sería hacia mí sino a Cristo por qué confió el sacerdocio ministerial a los varones.
Sería como preguntar ¿por qué un varón no puede por naturaleza concebir en su seno? Son roles que Dios mismo ha dispuesto.
Dos documentos de la Iglesia explicitan el tema:
Instrucción de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Inter insigniores, La cuestión de la admisión de las mujeres al sacerdocio ministerial, 15 de octubre de 1976. Y la Carta Apostólica de Juan Pablo II, fechada el 22 de mayo de 1994. A lo que hay que añadir: Card. Ratzinger Ordinatio Sacerdotalis, “Respuesta a la duda sobre la doctrina de la Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis”, del 28 octubre de 1995.
Los errores principales giran en torno a dos problemas. El primero es no concebir adecuadamente el sacerdocio sacramental, confundiéndolo con el sacerdocio común de los fieles. El segundo, es dejarse llevar por los prejuicios que ven en el sacerdocio ministerial una discriminación a la mujer y paralelamente un enaltecimiento del varón en detrimento de la mujer; es una falta de óptica: en la Iglesia Católica, el sacerdocio ministerial es un servicio al pueblo de Dios y no una cuestión aristocrática; es más, esto último es, precisamente, un abuso del sacerdocio ministerial, semejante al que contaminó el fariseísmo y saduceísmo de los tiempos evangélicos. Finalmente, los más grandes en el Reino de los Cielos no son los ministros sino los santos y -excluida la humanidad de Cristo- la más alta de las criaturas en honor y santidad, la Virgen María, no fue revestida por Dios de ningún carácter sacerdotal.
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