La nobleza no se compra
En más de una oportunidad he dicho que una de las esencias del boxeo es la nobleza. Hice también una diferencia entre lo que es un boxeador y otro que practicó el boxeo. El abismo que los separa es justamente lo que tiene el primero y de lo que carece el segundo.
Muchos creen que la nobleza solamente tiene que ver con ciertas corrientes de sangre azul que son heredables y degenerables. La nobleza a la que me refiero es la que hace a un hombre digno, al que no conoce la mezquindad, al que no se le pasa por la cabeza ser un desagradecido. Dentro de esta virtud está la lealtad, tan importante como que su falta es una de las mayores causas del fracaso de cada camino de la vida.
En el boxeo se ha dado un ejemplo irrebatible: los campeones del mundo que fueron de la mano de un técnico y siguieron su carrera con el mismo hasta el final, fueron grandes: Alí, Monzón, Sugar Leonard, Nápoles, por dar solamente unos ejemplos. No es demasiado trabajoso ser leal para una persona de bien, es simplemente un corresponder, es un valor sin el cual nos quedamos solos.
Nadie conoce mejor la deslealtad que quien ha debido soportarla.
Desde hace muchos años, ya pasé los cincuenta, frecuento el ambiente del boxeo en todos sus estamentos. He tenido satisfacciones y muchas desilusiones, reconozco que en estas últimas algunas han sido por culpa de mis errores y otras atribuibles a la parte contraria.
Lamentablemente hoy día es común encontrar que las personas se acercan a otras para obtener algo y cuando creen haberlo conseguido las abandonan sin más ni más. Nunca pensé que me iba a suceder algo semejante a esta altura del partido, siendo tan pocos que nos podemos reunir en un taxi.
Pero más allá de la desilusión -no es otra cosa lo que me produjo esta situación-, como en las crisis, siempre aparece lo rescatable. Y lo resalto porque ambos lo hicieron público en este mismo Diario. Sin saber lo que pasaba lo intuyeron: Fernando y Damián Villarruel. Ellos dieron muestras de una solidaridad nacida de esa virtuosa nobleza del hombre de boxeo, de los que en su cuna se revolcaron entre un par de guantes, de los que traen en la sangre lo que no se compra. No sólo estoy agradecido, sino también tonificado, porque esas actitudes simples y espontáneas tienen un valor inestimable que van asociadas con la amistad, el respeto, la responsabilidad y la honestidad, entre otras cosas. En su vida de relación nunca tendrán que cruzar la calle para no encontrarse con quien pueda recriminarles algo. Sí -que la mezquindad de quién hace un año no distinguía un ring de una jaula de leones- valió la pena, estoy diciendo. Aparecieron los valores humanos que vivifican, los que hacen que uno siga creyendo, los que obligan a que uno no pegue el portazo definitivamente.
Hace diez días presenté a quien correspondía una nota en la que me autodesligaba de la Comisión Municipal de Box. Hasta el día de hoy no he acusado su recibo, que era lo único que pretendía. Ahora lo entiendo, como las vacas ladinas, estaba escondiendo la leche. Alguna vez creí que había sido injusto con él, lo recompuse como pude y le presté toda mi colaboración. Sé que gracias a eso nació una nueva etapa en el boxeo de nuestra ciudad. Voy a buscar aquella vieja nota, la voy a releer y tal vez me sea difícil pensar que no estaba equivocado.
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