La piedra se movió
En uno de sus últimos almuerzos, Mirtha Legrand invitó a Omar Narváez. Entre varias preguntas no faltó la trillada: ?¿Por qué tantos boxeadores terminan mal??. Todavía no he escuchado a nadie que se acuerde de aquéllos que desde la nada consiguieron con la práctica del boxeo una sólida posición económica y hasta social. No son demasiados los que saben que en el año 1950 Luis Angel Firpo fue declarado como el boxeador retirado de mayor fortuna en el mundo. Firpo tenía sexto grado y era cadete de una farmacia. ¿Por qué no recuerdan que Horacio Acavallo era un ciruja que hizo una incalculable fortuna con su negocio ?El Revoltijo? gracias a su paso por el boxeo? También hubo hombres de la música como ?Mingo? Schiaraffia, un campeón argentino que compuso varios tangos; actores como Pedro Quartucci, primera medalla olímpica argentina, poetas como Juan Carlos La Madrid, escritores como Sixto Pondal Ríos o médicos prestigiosos como el doctor Pawlovsky. Y un sinfín de hombres de bien que en la bifurcación de las calles eligieron la del bien y de la mano del boxeo -que los formó- fueron hombres respetables, algunos con fama y dinero. En los ghettos negros de Estados Unidos las madres claman por enviar a sus hijos a los gimnasios, porque prefieren que estén en un ring antes que sin hacer nada en la calle o metiéndose en líos. En un fantástico libro sobre la sociología del boxeo, el francés Loïc Wacquant relata sus vivencias al adentrarse en ese mundo desconocido como un boxeador más. Allí describe todas las bondades de este deporte para alejar a la juventud de la calle, de la droga, del delito, de las malas compañías. Cómo se ordena su vida, su alimentación, su descanso y además, como si fuera poco, el boxeo es una salida laboral. Y yo agregaría, tal vez la única que tienen los pobres o los casi analfabetos. Ya lo dijo una vez Horacio Saldaño: ?Si yo hubiera tenido escuela, nunca me hubiera puesto un par de guantes?. Pero la frase más contundente proviene de un boxeador, un ex campeón del mundo pesado de la WBC, Pinklon Thomas: ?Si no fuera por el boxeo yo estaría vendiendo droga, preso o muerto? a lo que agregó Dee Dee, un viejo manager de un ghetto de Chicago: ?Por cada chico que entra al gimnasio hay un calabozo que queda vacío?.
¿Y a qué viene todo esto. Al festival que se realizó en La Movediza al aire libre, en una noche que pareció asociarse al festejo. Sí, un doble festejo, dos velitas. Una por cada logro. El primero fue el notable esfuerzo que hicieron conjuntamente Fernando Risso y la Comisión Municipal de Box para que se concretara por primera vez una programación en un barrio virgen de un acontecimiento similar.
El otro fue el más importante. En la segunda pelea se presentaba Jonathan Gómez, el ídolo de la barriada, que protagonizó una encarnizada pelea con un aguerrido marplatense. Empató, podía haber perdido, pero eso es lo de menos porque Jonathan, gracias al gimnasio que dirige Fernando Risso le ha ganado a la vida. Está recuperando los valores que, si alguna vez le enseñaron, los había perdido. Cuando sus vecinos lo veían andar corriendo, perdido, sin rumbo y con una larga cola de fechorías se alarmaban. Hoy, cuando lo ven pasar trotando en horas tempranas con el imponente marco que les regala el paisaje se les dibuja una sonrisa; es Jonathan que se está entrenando, el que va todos los días al gimnasio, el que todos los vecinos saludan y al que todos aplauden arriba de un ring. Al que ya no temen sino que aprecian. Si sigue así, la frase de Dee Dee, el del pequeño gimnasio del ghetto de Chicago, será realidad una vez más.
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