La plaza del fin del mundo
Por Marcos Gonzalez
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"Y miré, y oí a un ángel volar por en medio del cielo, diciendo a gran voz: Ay, ay, ay!!!, de los que moran en la tierra…"
Libro del Apocalipsis 8,13
Libro del Apocalipsis 8,13
En días nublados la plaza no sólo nos priva del incomparable encanto de sentarse al sol a leer o a no hacer nada. También pierde una de las más lindas postales del paisaje urbano: las sombras.
No digo la sombra oxigenante en las siestas de verano; la sombra necesaria y por si fuera poco, gratuita, de febrero. Digo las sombras.
Digo las figuras que se dibujan en los caminos de cemento, en los canteros o en el césped. Las formas que se alargan en el atardecer, como un frasco de tinta china que se vuelca. Y uno intuye que puede ser un árbol o la pirámide o una palmera, que también es un árbol, pero su sombra la hace menos árbol todavía.
A veces las sombras son menos temibles que sus ausencias, me digo, mientras miro el cielo para confirmar mis hipótesis de lluvia.
Ahí los vi. Eran pájaros.
Nada original si hablamos de una plaza y un cielo. Pero eran muchos. Podría decir cientos o miles. Pero diré millones, porque esa fue mi primera impresión. La que vale.
Negros intensos. Absolutos y silenciosos, volando en óvalo. El término que los define es bandada; pero esta tarde son tropeles. O mejor dicho, un solo tropel de pájaros amenazantes.
A vuelo medio iban y venían en giros espiralados, hasta que guiados por una orden que presumo inapelable, detuvieron su vuelo sobre las ramas altas de los árboles pelados. Fueron unos cuantos segundos, durante los cuales el cielo volvió a ser gris y profundo.
Miré otra vez para arriba y descubrí que el vértigo puede ser también inverso. Sentirse atraído por un abismo puede ser complicado, pero si el que convoca es el cielo, mejor hacerse el distraído.
Por un instante los árboles no eran figuras que generan sombras, sino la sombra misma.
Bastó otra orden inaudible para sentir nuevamente el ruido pálido de los aleteos, el cielo negro y abismal.
Marcelino Irianni, historiador, escritor, erudito en cultura vasca y docto en cuestiones de aves, me diría esa misma noche que son migraciones de no sé qué clase de pájaros, que llegan del Sur en corta temporada y siguen viaje. Vuelo, mejor dicho.
La explicación, que debí anotar (y no hice) para hacer de esta crónica algo más instructivo, aquietó mis dudas más razonables.
Otra parte mía -la que no sabe de razones, la que sólo siente y a veces intuye, la que teme a las sombras y sus ausencias, a los abismos y los cielos- siguió sobresaltada.
Creo yo, con mi costado más primordial, que el fin del mundo habrá de comenzar con algo así. Con un cielo negro, en sombras. Con tropeles de pájaros mudos y cimarrones.
Puede que en estos pagos, el fin del mundo empiece en la Plaza Independencia. Y será el ángel gordo y petiso de la fuente el que haga sonar la trompeta convocando a lúmpenes y favoritos, a feos y agraciados, a novias infieles, a señoras gordas, a gerentes. Irán llegando, a cada cornetazo, las columnas de Las Tunas, del Country, de las torres glamorosas y los pocos conventillos que irán quedando.
-Viste Marcelino, diré yo ese día, a punto de escuchar la sentencia inevitable mientras él sube al Azul que va para El Paraíso
-Viste Marcelino, ma´ que migraciones ni migraciones… A estos pajarracos habría que haberlos bajado a ondazos.
No digo la sombra oxigenante en las siestas de verano; la sombra necesaria y por si fuera poco, gratuita, de febrero. Digo las sombras.
Digo las figuras que se dibujan en los caminos de cemento, en los canteros o en el césped. Las formas que se alargan en el atardecer, como un frasco de tinta china que se vuelca. Y uno intuye que puede ser un árbol o la pirámide o una palmera, que también es un árbol, pero su sombra la hace menos árbol todavía.
A veces las sombras son menos temibles que sus ausencias, me digo, mientras miro el cielo para confirmar mis hipótesis de lluvia.
Ahí los vi. Eran pájaros.
Nada original si hablamos de una plaza y un cielo. Pero eran muchos. Podría decir cientos o miles. Pero diré millones, porque esa fue mi primera impresión. La que vale.
Negros intensos. Absolutos y silenciosos, volando en óvalo. El término que los define es bandada; pero esta tarde son tropeles. O mejor dicho, un solo tropel de pájaros amenazantes.
A vuelo medio iban y venían en giros espiralados, hasta que guiados por una orden que presumo inapelable, detuvieron su vuelo sobre las ramas altas de los árboles pelados. Fueron unos cuantos segundos, durante los cuales el cielo volvió a ser gris y profundo.
Miré otra vez para arriba y descubrí que el vértigo puede ser también inverso. Sentirse atraído por un abismo puede ser complicado, pero si el que convoca es el cielo, mejor hacerse el distraído.
Por un instante los árboles no eran figuras que generan sombras, sino la sombra misma.
Bastó otra orden inaudible para sentir nuevamente el ruido pálido de los aleteos, el cielo negro y abismal.
Marcelino Irianni, historiador, escritor, erudito en cultura vasca y docto en cuestiones de aves, me diría esa misma noche que son migraciones de no sé qué clase de pájaros, que llegan del Sur en corta temporada y siguen viaje. Vuelo, mejor dicho.
La explicación, que debí anotar (y no hice) para hacer de esta crónica algo más instructivo, aquietó mis dudas más razonables.
Otra parte mía -la que no sabe de razones, la que sólo siente y a veces intuye, la que teme a las sombras y sus ausencias, a los abismos y los cielos- siguió sobresaltada.
Creo yo, con mi costado más primordial, que el fin del mundo habrá de comenzar con algo así. Con un cielo negro, en sombras. Con tropeles de pájaros mudos y cimarrones.
Puede que en estos pagos, el fin del mundo empiece en la Plaza Independencia. Y será el ángel gordo y petiso de la fuente el que haga sonar la trompeta convocando a lúmpenes y favoritos, a feos y agraciados, a novias infieles, a señoras gordas, a gerentes. Irán llegando, a cada cornetazo, las columnas de Las Tunas, del Country, de las torres glamorosas y los pocos conventillos que irán quedando.
-Viste Marcelino, diré yo ese día, a punto de escuchar la sentencia inevitable mientras él sube al Azul que va para El Paraíso
-Viste Marcelino, ma´ que migraciones ni migraciones… A estos pajarracos habría que haberlos bajado a ondazos.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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