La salud de los enfermos
La mal llamada gripe porcina reemplazó al dengue como protagonista de la noticia en el devenir de tiempos afiebrados.
Los medios machacaron sin solución de continuidad, en una supuesta actitud preventiva que no impulsaron los gobiernos, y el gran público entró en pánico. Ergo, se agotaron los barbijos y se suspendieron los besos. Sí, los de afecto, los de amor, los de pasión, y hasta los de novela.
Justo cuando, en Tandil, el Hospital Municipal Ramón Santamarina acababa de celebrar su centenario, entre loas a la familia del benefactor y apelaciones políticas a ?lo sagrado? de la salud.
Mientras tanto, la obnubilación que producen los flashes de toses y estornudos esconde otras pandemias cotidianas.
La de la marginalidad creciente y las recetas estrambóticas para combatirla, como a la inseguridad, se convierten en patéticos ejemplos.
Dirá una vez más la dirigencia que lo urgente se fagocita a lo importante, o que los recursos no alcanzan. Que la redistribución no es posible por la avaricia chacarera o por los fogoneros de un sistema que ya demostró, con creces, su fracaso.
Sea por lo que fuere, los argumentos suenan a viles pretextos ante índices palpables y alarmantes de pauperización social. Y en este aspecto ya no se trata de planillas ni de encuestas, de fenómenos y sensaciones. De imágenes e intenciones. Sino de costumbres y realidades.
La salud de los enfermos, de Julio Cortázar, surge como un relato definitivamente recomendable.
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