La siesta
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Vaya a saber qué se le cruzó a mi vieja por la cabeza cuando a esta altura del año y mientras yo iba a segundo grado turno tarde, me dijo "el año que viene te paso a la mañana".
Hasta ese entonces, había vivido una vida normal. O sea, me levantaba a una hora normal.
A pesar de mis pataleos, llantos interminables y alguna que otra amenaza poco convincente, en marzo del año siguiente estaba firme y peinado a la cachetada a las 7.20 en la puerta del colegio.
A la temprana edad de 8 años entendí que el mundo es injusto. Qué necesidad hay de levantarse a una hora en la que, salvo los gallos y algún depredador trasnochado, el resto de los seres vivos del planeta duerme.
Despertarse antes de las siete de la mañana en verano es complicado, pero en invierno es una locura, algo antinatural, torturante. Y si uno se levanta con este ánimo, es muy probable que continúe así por el resto del día.
Por más que duerma la siesta. Y aquí está el punto.
Pertenezco a una de las generaciones en las que la siesta era un castigo obligatorio. Nunca entendí bien las razones por las cuales, hombres y mujeres de bien, buenos padres, cariñosos, comprensivos, obligaban a los chicos a dormir la siesta.
Entiendo que ha de deberse a la necesidad de tomarse un descanso, una tregua en el cuidado de los hijos. Y si los pibes estaban levantados, molestaban.
Bajo argumentos de duendes sueltos o el viejo de la bolsa, que merodeaban a esa hora, me han recluido a la habitación sin apelación posible. Y para cuando había perdido el miedo a estas cuestiones, las amenazas se tornaron más sólidas: ‘Andá a tu pieza o vas a cobrar…’.
Y la siesta es a determinada edad lo que la noche en años posteriores: mágica. Hay situaciones que sólo se pueden apreciar en la hora de la siesta o a la madrugada.
Sonidos, aromas y hasta formas distintas. Por ejemplo, una casa abandonada, a la hora de la siesta es un castillo misterioso, un lugar inquietante; a la medianoche puede ser la mismísima mansión embrujada o la entrada al averno. Durante el resto del día es, apenas, una casa abandonada que no asusta a nadie.
Hay revelaciones que sólo se manifiestan ante la mirada de unos pocos, justamente, cuando la ciudad duerme.
A esta edad, he de confesar que mis días de feriados ya no estiran el sueño hasta el mediodía. A determinada hora, y muy a mi pesar, el cuerpo me pide levantarme.
Algo parecido me pasa con la siesta. Termino de comer y algo comienza a desconectarse; me siento en el sillón a mirar viejos capítulos de “Friends” hasta que un fundido negro me transporta vaya a saber dónde. Recobro el conocimiento veinte minutos o media hora más tarde.
Así y todo, por una cuestión de lealtad hacia mi infancia, me resisto a ir a dormir la siesta.
He leído que por estos días, en Buenos Aires, se realizan unas jornadas de promoción de la siesta, fundamentada en cuestiones de salud.
A mí me da en creer que es una confabulación de padres. En una época donde los duendes les temen a los chicos y los viejos de la bolsa se jubilaron, ya no saben a qué artimañas apelar.
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