La suerte de Juan
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
"Venía durmiendo. Me despertaron los gritos de los chicos. Y dos segundos más tarde estaba dando vueltas… Zafamos".
En su cama del Sanatorio, Juan (Juanchi) no se lamenta de su suerte, al contrario, celebra. Y está bien bueno que un pibe de 19 años (una edad en la que hay vida de sobra) celebre estar vivo.
Tiene tres costillas quebradas, un párpado cortado y golpes por todos lados. Esta mañana se descubrió uno nuevo, en el brazo.
Ayer venía con amigos de Junín, del recital del Indio Solari, y cerca de Tapalqué el auto tuvo un desperfecto (una rueda que se trabó o la dirección o algún fierro) y dio varios tumbos.
Los amigos no se hicieron nada; él absorbió todos los golpes que andaban dando vueltas por el habitáculo.
Juanchi se ríe y le duele todo. No maldice su suerte. Está contento porque sus amigos están todos bien.
Lo que pasa es que Juan es bueno. Es buenazo. Tanto que él ni siquiera fue a ver al Indio.
La historia fue así: tres de sus amigos tenían entradas para el show del sábado en Junín. Querían alquilar un auto, para no ir en colectivo. Pero ninguno de los tres tiene carnet; le pidieron a un cuarto. Y como éste no iba a entrar al recital, Juanchi se ofreció para hacerle el aguante.
"Estuvimos dando vueltas por Junín -cuenta Juanchi-. Después dimos unas vueltas más en la ruta". Intenta reírse de su propia ocurrencia (la de las vueltas y los vuelcos), pero le duele todo.
Cuando terminó el show, los cinco volvieron a encontrarse. Obviamente, el que manejaba no tomó nada de alcohol y tampoco lo hicieron los otros, en solidaridad. Códigos, que le dicen.
Hasta tuvieron la precaución de tirarse a dormir un rato en el auto para descansar y de paso, esperar que la ruta se despejara.
-Hicimos todo bien -cuenta Juanchi.
Venía en el asiento de atrás, con el cinturón puesto. Cuando el auto por fin frenó su loco rock de tumbos y piruetas (el pogo más grande del universo), los amigos pudieron salir por sus propios medios. Mareados, asustados, confundidos, golpeados, se preguntaban cómo estaban, se miraban.
Detrás de ellos venía un auto que pasó de largo. Por suerte, por cada ruin hay un solidario (sino, este mundo ya no existiría) y el auto siguiente paró. Y otra vez el destino hizo lo suyo. Porque si bien Juanchi no tenía que estar en ese lugar y en ese momento, en el auto que paró venía un paramédico que le dio los primeros auxilios y lo tranquilizó.
Después, la ambulancia, la internación en Tapalqué, los primeros estudios, el traslado a Tandil y los magullones que se va descubriendo de a poco.
Juanchi sabe que le esperan varias semanas de reposo, aburrido y estricto, hasta que las costillas vuelvan a unirse como estaban.
Lo dejo descansar en su cama del Sanatorio. A su lado, la mamá, ya recuperada del susto, piensa que todo pudo ser peor.
De fondo, creo escuchar una canción del Indio, “Un ángel para tu soledad”.
"Atado con doble cordel
(el de simular),
no querés girar maniatado,
querés faulear…
y arremolinar.
Medís tu acrobacia y saltás.
Tu secreto es:
La suerte del principiante
no puede fallar…".
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