La vía de la alternancia
No han sido pocas las voces que últimamente se oyeron pretendiendo la mejora en la calidad de las instituciones de nuestra República. Mucho se pidió en lo que pasó del año, acerca de la necesidad de que aquéllas sean no sólo más eficientes sino también más representativas de nuestra composición común, voluntades e intereses.
Antes de alistarnos en la vía de ?la siempre propuesta, anunciada y nunca perpetrada reforma política?, que nuestro régimen requiere, es axiomática la aclaración de ciertas falsas verdades que sobrevienen en limitantes del normal desarrollo de la dinámica democrática.
En este último tiempo y ante las circunstancias por todos conocidas, no han faltado quienes, desde diversos sectores, reclamaron alternancia en el ejercicio formal del poder como garantía de participación. Sabemos ya cómo se tiñó el debate con adjetivaciones y cuáles fueron los calificativos que en consecuencia emergieron, de una y otra parte. Pero al margen de esas valoraciones vertidas sobre juicios y comportamientos ?del otro?, vale preguntarnos acerca de la validez democrática del concepto de alternancia.
Al referirse Giovanni Sartori, en su clásico Partidos y sistemas de partidos, a las condiciones de un esquema bipartidista (que sea esto citado aquí no significa necesariamente que adjudiquemos a la Argentina de hoy un sistema tal), habla entre otras, de una en especial: la necesidad de que exista expectativa en que la oposición pueda ser gobierno en un futuro próximo (más allá de si en ese futuro logra constituirse como tal).
Para este politólogo italiano es primordial la factibilidad real de que la oposición tenga la oportunidad; queda en ella, desde luego, saber aprovechar esa apertura. Es decir, basta con que exista la expectativa, no pierde un régimen su propiedad democrática necesariamente si en él con altas frecuencias se elige al mismo partido para que sea gobierno.
El distintivo primario de la democracia no es la alternancia ni la rotación en el poder, sino las elecciones libres y limpias. Si hay alternancia y oxigenación con nuevas ideas, personas y proyectos, quizá mejor. Pero lo importante es la expresión y consagración de la voluntad popular a través del voto. La historia muestra que ocurrieron alternancias en el poder y que no por ello hicieron democracia.
Obviamente que la permanencia de un mismo color partidario puede afectar la calidad democrática al facilitar que se generen condiciones de ciertos privilegios y faltas a la transparencia. No olvidemos historias lamentables que son ejemplo de ello: La Democracia Cristiana italiana, que finalmente estalló en 1993, el PRI que gobernó México durante casi un siglo o el Partido Colorado que perduró seis décadas en el Paraguay, hasta el pasado viernes.
Es elemental que los partidos de la oposición accedan a condiciones equitativas de competencia a fin de que sus posibilidades de asirse del gobierno en un futuro cercano sean reales; y así, con esa posibilidad y expectativa, asegurar que un sistema garantice libre acceso y participación en las decisiones que tocan a todos.
Donde no podemos descuidar hoy la reconstrucción de los mecanismos democráticos es dentro de los partidos políticos: sin distinción, comenzando por aquellos que son gobierno, al tanto de que su vida interna replica consecuencias en la sociedad toda.
Si habrá alternancia o no en las gestiones gubernativas, lo dirán las urnas que se abrirán de acuerdo a los tiempos y procesos determinados por nuestro ordenamiento: a los partidos con grandes responsabilidades políticas en el presente, sin miramientos de la latitud política en que se ubican, y respecto de su profunda responsabilidad social, les toca avanzar en la disposición de participación para ofrecer genuinas alternativas de progreso.*
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