Ladrón libre y testigo preso
Un hombre recién salido de su trabajo, mientras circulaba en su bicicleta por la calle San Martín observó a lo lejos cómo tres personas de alrededor de 30 años empujaban una impecable camioneta Chevrolet.
Al llegar casi a Alberdi, los vio doblar por Rivadavia. Y cuando estaba por arribar a la avenida, los tres aparecieron en dirección contraria corriendo desesperadamente.
La razón del por qué llegó en segundos, con la aparición de un móvil policial: lo vieron acercarse y huyeron.
Como buen ciudadano, el hombre paró al patrullero, se apeó del rodado y les dijo: “Esa camioneta la estaban robando tres que salieron corriendo por esa calle”.
Hasta ahí, hubiese quedado en una buena acción. Pero la cuestión no terminó en ese momento porque el hombre quiso quedarse para ver si lograban detener a los cacos, lo que efectivamente sucedió.
Lo que nunca tuvo en cuenta fue que iba a aparecer una camioneta de la Seccional cuyo personal le pediría que lo acompañara a la comisaría a ratificar su denuncia.
Sin otra opción, lo ayudaron a cargar la bicicleta y lo condujeron hasta la Primera.
Por supuesto, entre espera, trámite y viaje de regreso a casa (en la misma camioneta policial) se hizo de día.
Y ya había vecinas barriendo.
Entre que explicó a su esposa lo ocurrido, se acostó bien tarde (¿o demasiado temprano?). Dormido como estaba tras las escasas horas de sueño, a eso de las 13 saltó con el timbre: era otro móvil de la seccional que venía a buscarlo para seguir con el trámite.
Las vecinas ya no barrían. Pero las adivinaba tras las persianas imaginando lo que podían suponer con tanto ir y venir de patrulleros.
A las 48 horas su pesadilla no tuvo pausas: vinieron a buscarlo para una rueda de reconocimiento. “Por lo menos, apaguen las balizas” les dijo a los policías. Seguramente habrá pensado, con lógica: “Una cosa es que me vean los que están en la vereda, y otra, que encima llamen la atención para que me vean…”.
No terminó allí su odisea.
Ahora está citado a la Fiscalía. Justo cuando tenía que viajar a Cataratas (que no conoce) en una excursión pagada en cuotas mensuales y soñada desde siempre.
O sea: no puede viajar.
“Estoy viviendo un drama. Los “chorros” andan por la calle y yo estoy preso por una actitud que intentó ser noble; por colaborar pierdo tiempo, no puedo hacer el viaje que tanto quería, ayudo a que mis vecinos piensen mal de mí…”.
No quiere dar a conocer su identidad.
“Ahora entiendo por qué la gente no denuncia”, dijo al irse, como si cargara con una pesada e incómoda mochila.
Lo entendemos, por supuesto. u
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