Lágrimas
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El pibe levanta la mirada y lo que tiene enfrente parece superarlo. Como cuando era chico, más chico, y conoció el mar.
Todos alguna vez vimos el mar por primera vez. No digo la orilla, ni las olas, ni la espuma que se arremolina y desaparece. Digo todo el mar. O mejor, digo el océano.
Aquel relato del Libro de los Abrazos, de Eduardo Galeano es bien descriptivo. Cuenta el uruguayo que un día Santiago Kovadloff llevó a su hijo Diego a conocer el mar. Cuando llegaron a la playa, se podía sentir el ruido de las olas, el aroma de la sal, pero el mar estaba detrás de los médanos. Por fin, padre e hijo llegaron a la cima y al chico apenas le salieron un par de palabras temblorosas. Lo miró al papá y le dijo: "Ayúdame a mirar".
Todos alguna vez sentimos esa sensación de inmensidad, ese quedarse sin palabras y a pesar de eso, buscar a alguien al lado para balbucear nuestro asombro.
Ayer, el pibe no tenía a nadie para decírselo. Tenía sí, pero no era tal vez quien tenía que ser. Quizás deseó que a su lado, en ese instante, estuviera su papá o su mamá o quién sabe quién.
Alguien a quien decirle `ayudame a mirar`, `ayudame a escuchar`, `ayudame a vivir este momento que a mí no me dan los ojos ni los oídos ni el alma`.
Frente a sí había un océano creciendo, un mar que se apresta a ser tsunami y estallar. Y estalló. En miles de voces, en gritos que llegaban desde lo profundo, en lágrimas y puños apretados. Un mar ruidoso y ese ruido era su nombre.
Fue mucho, casi demasiado. Tanto que ese océano de ilusiones lo cubrió todo. Y como no había a quién pedir ayuda, las palabras que no fueron se hicieron lágrimas, que es la mejor manera de decir algunas cosas.
Lloró sus lágrimas de chico grande, de nene grandulón de patas largas y cuerpo que le sobra por todos lados. Un pibe al que le da vergüenza llorar. Por eso se tapa la cara con la toalla. Para taparse los ojos. Para que no lo vean los miles que lo ven ahí y los millones que lo vemos acá.
Y esa vergüenza que le nubla la vista es la misma que lo hace saltar del banco y salir para adelante. A jugar, como cuando era chico. A jugarse, como un grande.
Lo que vino después importa, claro. Pero lo que había que hacer ya estaba hecho: esa retribución, esa deuda de honor y de amor, estaba saldada.
Hay insultos que duelen por su agresividad, por la violencia que denotan los conceptos. Hay otros que parecen más sutiles. Pero duelen igual o peor. Porque suelen ser injustos y porque no se borran de un día para el otro.
Hay uno, particularmente, que durante los últimos años se ha puesto de moda: pecho frío. Es uno de esos tantos insultos surgidos de la falsa cultura del aguante, de la irracionalidad violenta y tribunera. Nadie está exento de que le cuelguen el cartel de pecho frío y no se lo borre nadie.
Ayer, por si quedaban algunas dudas, hay un pibe que borró ese cartel para siempre. Lo borró con lágrimas de dolor y de amor propio y de vergüenza, que es lo mejor que se puede hacer cuando no salen las palabras.
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