Las palomas
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
Por lo general, estoy en contra de los eufemismos. Prefiero decir las cosas por su nombre real, aunque crudo, antes que apelar a cubiertos de edulcorante.
Cuando no se nos ocurre algo más feliz, solemos recurrir a diminutivos. Y aunque viejito no es mucho más piadoso que viejo, insistimos. O caemos en un "integrante de la tercera edad", "octogenario" y otras lindezas.
No obstante, hay términos que traen consigo una carga de destemplanza semejante, que no dejan más remedio que el eufemismo.
Por caso, apareamiento. Me niego a conjugar el verbo aparear. Si es un chiquito el que me pregunta qué están haciendo esos dos animales, prefiero pecar de ingenuo: están poniéndose de novios.
Afortunadamente, los grandes ya no me preguntan esas cosas. Y si en medio de una charla entre gente que no es de mi confianza (entre conocidos suelo ser más bien indecoroso) el tema me lleva para ese lado, tomo algún atajo y evito el asunto. Pero aparear, nunca.
Ayer, mientras caminaba cerca del Hospital vi dos palomas poniéndose de novios. Deberá disculpar el lector por el trato infantil, pero ciertamente la pareja en cuestión transitaba los tramos previos al asunto. Es decir, pleno cortejo.
La paloma, en el alféizar de la ventana, miraba extasiada las proezas del macho, que le volaba cerquita, en un despliegue mezcla acrobacia y galantería que bien valían la aceptación de su dama.
Guardé prudencial distancia y me quedé a ver el desenlace. Pensaba cómo se vería el espectáculo del otro lado de la ventana, en esa sala, habitación o cocina.
Dos palomas poniéndose de novios en nuestra ventana tiene que ser un signo de bienaventuranza, por más que veterinarios o manuales bromatológicos nos alerten sobre pestes y otras calamidades.
Quizás por cansancio, para tomar respiro o sencillamente para conocer la respuesta, el macho detuvo su vuelo y se paró junto a su amada.
Así se quedaron un buen rato, en silencio, uno al lado del otro. Acepté que mi presencia ya no era necesaria, tal vez hasta molesta.
Me fui pensando de dónde nos viene la asociación de las palomas con lo bueno. Recordé mis primeros años de escuela, en el San José, cuando Zacarías o Baltasar nos leían tramos de la Biblia en la hora de religión.
Recordé el diluvio universal y el Arca de Noé. Recordé que por aquel entonces los actos de Dios que me resultaban incomprensibles o disparatados, se solucionaban con un "los caminos del Señor son inescrutables", a manera de respuesta por parte del cura.
Cuando la lluvia cesó, Noé agarró una de las palomas que llevaba en el arca y la echó a volar. A los días, volvió con una rama de olivo en el pico. La tierra era nuevamente habitable.
Luego de cuarenta días y cuarenta noches, el castigo había cesado. Durante ese lapso, Noé y su mujer, sus hijos y sus nueras y los cientos de parejas de animales habían disfrutado de lo lindo, apelando a un eufemismo. Todo fuera por mantener la especie.
De allí quizás me venga la simpatía por las palomas. De allí quizás también, el rechazo al verbo aparear.
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