Las últimas horas del victimario, entre la desesperación, la locura y un desenlace incomprensible
Familia a la que paradójicamente quiso proteger ocultando lo que le estaba ocurriendo (deudas económicas y amenazas) ahora expuesta a un dolor que no encuentra razón y la cual tuvieron que explicitar frente a extraños en una sala de debate, delante de un tribunal criminal que resolverá la suerte procesal de aquel “buen tipo, amigo de sus amigos”, el “mejor de los hijos” y “el papá ideal”, que por motivos que la razón ensayará entender, comenzó a vivir días de locura, de semejante desequilibrio emocional que lo llevó a cometer uno de los hechos sangrientos más resonantes de las crónicas policiales que se recuerden del pago, con el aditamento de conocer luego de quién se trataba la víctima y su esposa.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailCon esa congoja se viviría ayer el segundo capítulo del juicio contra Martín De Agostini, acusado del doble homicidio en 14 de Julio 134, donde resultaron víctimas Santo Antonio Bravata y Franchesca Croce.
Sentado en el banquillo de los acusados, De Agostini acusaría el impacto emocional de tener que ver y escuchar a su padre, madre y una de sus hijas, además de otros amigos, tapándose su rostro con una mano, avergonzado de la situación que le estaba -está- haciendo pasar a sus seres queridos, y secándose el mar de lágrimas que acompañarían a los conmovedores relatos de amor e incomprensión por lo que pasó.
En el público, dos de sus tres hermanos otra vez estaban allí estoicos, con la misma conmoción, el mismo dolor. Si aún hoy no logran entender cómo ese hombre (el hermano más grande) que los acompañó toda la vida hizo lo que hizo. Porqué no pidió ayuda para resolver algo tan “sencillo” como una cuestión de plata.
Las horas
Se trató ayer del desfile de testigos aportados por la defensa a cargo de Diego Araujo, quienes de alguna manera además de verter sobre el buen concepto para con el acusado, brindaron detalles de las horas previas como posteriores al cruento doble homicidio. Aporte que serviría para contextualizar las circunstancias que rodeaban al homicida.
Específicamente la defensa alegará con aporte científico lo que en psiquiatría se alude al recorte bibliográfico de la vida, en referencia a una amnesia temporal que hizo que la persona cambie abruptamente su estado psicológico en referencia a su historia de vida, en este caso ilustrada acabadamente por los distintos testimonios escuchados en estas dos audiencias de debate.
Todos los que hablaron ayer coincidieron en la transformación psíquica como física de De Agostini, especulando sobre apremios económicos y demandas laborales que luego se transformaron en presuntas amenazas de aquellos que trabajaban con él en las piletas. Ninguno sabía sobre su asidua concurrencia al
Casino y mucho menos su relación con Bravata.
Aporte importante fue el de Gustavo Giacomelli, quien mantenía una relación comercial con De Agostini, respecto a la construcción y mantenimiento de piletas.
Reconoció que el imputado mantenía una deuda importante con él (cinco mil dólares), y que días y horas previas a lo que luego se iba a enterar de lo que De Agostini cometió, mantuvo conversaciones personales como telefónicas y supo -al decir del imputado y su mujer- que estaba acechado ya no sólo por las deudas sino por las amenazas de los empleados, por lo que le sugirió irse de la ciudad por unos días hasta que las aguas se calmaran, sin tener conocimiento alguno que a quien aconsejaba había cometido semejante hecho (el miércoles 14).
A pesar de la deuda que mantenía con él, el testigo dijo tener el mejor de los conceptos, que se trataba de una deuda por inconvenientes laborales pero que era de fácil resolución.
En el nombre del padre
Profunda consternación se vivió en la sala al turno de la exposición del padre del acusado, Pedro Domingo De Agostini, la madre María Teresa y una de sus hijas, Manuela.
Entre llantos, impotencia, bucearon en su memoria aquellos días donde Martín se encontraba “ido”, en “otra cosa”, por lo cual despertó la inquietud, preocupación de sus seres queridos, pero que jamás supieron de boca de él -a pesar de que le preguntaban- hasta qué punto era la difícil situación, mucho menos imaginaban semejante desenlace.
Redundando en el buen carácter que tenía que lo llevó a nunca tener un conflicto, pelea alguna con alguien, los padres sí recordaron sobre una deuda que su hijo reconoció con la firma Moneta (unos 50 mil pesos), por el cual ellos salieron de garantía.
A medida de explicaban, contaban aquellos días de difícil convivencia porque lo veían mal pero no sabían porqué y muchos menos qué hacer. Pensaban en voz alta alguna hipótesis e incluso autocrítica al no poder haber “entrado” en su cabeza para que contara lo que le pasaba y a partir de allí poder hallar una salida entre todos, como siempre fue en la familia.
“No me decía nada, le preguntaba y era como que estaba en otro mundo, en otro plano”, supo graficar el padre, a la vez que luego señalaba que la única respuesta que encontraba ante tanta insistencia de su parte era que tenía problemas con el trabajo.
“Me puse mal, ni siquiera tenía intenciones de ir a la entrega de las medallas de su hija. Ahí nos miramos con mi mujer y nos preocupamos mucho, pensamos lo peor…que se iba a matar”, con la palabra entrecortada recordó el padre sobre el viernes, el día previo a la detención.
Cabe consignar que por aquellos días, antes del macabro hallazgo en la noche del viernes y consiguiente detención el sábado al mediodía, De Agostini participó del baile de egresados de su hija Manuela, como así la entrega de medallas, que fue ese mismo viernes.
Allí De Agostini seguía con esa actitud esquiva, distraída, sobre lo cual su hija relataría con precisión y angustia, incluso contó su enojo porque su padre estaba como distraído en un acto tan importante para ella como era el egreso.
Sobre el viaje a Necochea que realizó aquel miércoles junto a su madre, reseñó que el motivo fue por las amenazas que habría recibido de parte de aquellos empleados, que en el trayecto manejaba como ido, llorando e incluso una vez en la ciudad balnearia yendo a la casa de sus padres tomó varias cuadras en contramano.
Todos los testimonios y referencias de su entorno aportaron a la estrategia defensista a la hora de demostrar el estado de conmoción que padecía el pupilo por aquellos días de desesperación, locura y la muerte inesperada. Ya no quedaba más por ventilarse en la sala, el Tribunal dispuso un cuarto intermedio hasta el martes, donde más testigos aportarán a esta singular historia policial donde hasta aquí se han derramado más lágrimas por el victimario que por las víctimas.
Otros testigos
También desfilaron por la sala de acuerdos testigos como Gino Enrique Pizzorno, Walter Adamoli, Mario Gustavo Basso y Sebastián Espada, quienes a sus modos, sus formas y las circunstancias, dieron cuenta de su relación con el imputado.
Todos redundaron el buen carácter, la bonhomía y que nunca lo vieron con una conducta disvaliosa, menos de violencia. Ellos de una manera u otra lo conocían de muchos años, con algunos por la actividad deportiva, otros por lo laboral, y todos refirieron sobre lo mismo a la hora del buen concepto y la sorpresa de semejante suceso.
El golpe cuando chico
También el defensor Araujo husmeó sobre la lesión que sufrió De Agostini cuando joven, por aquellos días de jugador de fútbol en Orense, donde en un partido chocó violentamente con otro compañero en una jugada y padeció un severo golpe en la cabeza que le valió un estado de inconciencia por unas horas. La historia también aportaría para ese posible estado psicológico en que busca acreditar la defensa.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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