Lealtades
La semana que culminó con el Día de la Lealtad dejó sobrados ejemplos, a todo nivel, de que el término resulta ya una mueca grotesca entre los argentinos.
Apuntemos algunos. El abrazo de Maradona y Bilardo en el Centenario de Montevideo, epílogo de una penosa clasificación y preludio de lo que sería otro disparate verbal del entrenador, respondió a una unión casi enfermiza, basada lógicamente en el espanto y no en el amor. Basta con repasar las recientes declaraciones cruzadas entre ambos para caer en esa cuenta.
Las oscilantes posiciones de diputados y senadores, que ya habían dado sobradas muestras de ejercer una borocotización ferviente y el consecuente desprecio por sus representados, se reforzó ahora con la media sanción del presupuesto. Sea por presión oficial, chequera poderosa de por medio, o por lo que fuere, en cuestión de horas se cruza la línea sin mayor remordimiento. Pasa en todos los partidos. Y en las mejores familias.
Y para bajar directamente al plano local, y al peronismo, en particular, porque precisamente de ese movimiento nació el día tan mentado, su realidad volvió a quedar al desnudo, con nuevos pases de facturas y solicitudes de pactos que nunca se cumplen. Basta con ver las fotos del encuentro y con poner atención a las declaraciones periodísticas.
Mientras tanto, las necesidades ciudadanas aumentan en sentido inversamente proporcional a la capacidad dirigencial de brindar soluciones. La lealtad, está visto, también brilla por su ausencia.
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