Lecciones de Wall Street

Al abordar la semana pasada el sin dudas polémico tema del ?socialismo del siglo XXI?, alguien me advertía sobre lo inoportuno de sostener algunas tesis en contra del estatismo dados los cimbronazos financieros de estos días. Claro, lo estaba diciendo en plena crisis de Wall Street y en tiempos donde el mayor símbolo del capitalismo estaba interviniendo como nunca antes en el bendito mercado con un paquete de salvataje calculado en 700 mil millones de dólares. 
Ciertamente el actual estado de las cosas ha estimulado a quienes detestan al capitalismo, porque los hace sentir que están en su hora, convenciéndolos de que por fin se cumple la profecía añorada de que todo ese mal algún día perecerá. 
Esta crisis del capitalismo nos servirá como punto de partida para poder hacer algunas reflexiones sobre su relación con el Estado y el bien común, y con ello desenmascarar determinados sofismas que en momentos como éste adquieren una relevancia extraordinaria.

Exclusión, absorción y complementación

Se ha instalado la idea de que el capitalismo quiere destruir al Estado y sustituirlo con el mercado. Sin embargo, la lección mayor que ha dado la crisis actual es que justamente el capitalismo no funciona sin un adecuado orden que en más o en menos está dado por la autoridad pública.
Es verdad que algunos autores han presentado una radicalización tan grande del capitalismo que llegaron a sostener que no existe otro interés que el individual (Ayn Rand) o bien que el mercado llegaría a su equilibrio máximo cuando toda regulación desaparezca absolutamente, evolucionándose así hacia el denominado anarco-capitalismo (Nozick). Pero la afirmación de que el mercado no puede sustituir al Estado encuentra un lógico fundamento en que entre ellos no existe una relación de oposición sino de complemento: uno buscará la maximización de un interés individual, mientras que el otro tiene como fin principal organizar una comunidad en aras al bien común equilibrando las múltiples colisiones de intereses de sus integrantes.
Lo dicho recién habilita a una conclusión tan válida como al anterior: si el mercado no puede sustituir al Estado, tampoco el Estado puede sustituir al mercado. A pesar de ello, los adversarios del capitalismo proponen una relación de absorción al entender que si el bien común debe ser afianzado por lo público, ello justifica entonces que el Estado asuma la mayor cantidad de roles posibles, ya que es necesario evitar los desastres que esta crisis ha mostrado y eso sucedió porque todo se dejó librado a los operadores privados.

 ¿Ganancias privadas y
pérdidas socializadas?

El anterior razonamiento esconde un problema emparentado directamente con la resolución de la crisis de Wall Street: la cuestión de quién debe asumir el costo de ?las fallas del mercado?. ¿Quién debe pagar el costo del fracaso privado?
Para entender el fondo del problema pongamos un ejemplo concreto de nuestro país. Aerolíneas Argentinas fue privatizada a comienzos de la década pasada y ya por dos veces el Estado argentino tuvo que socorrerla para que no quiebre. La última vez fue hace pocas semanas atrás y aunque no quedó muy clara la operación, lo cierto es que se reestatizó una compañía sin valor positivo y con 900 millones de dólares de deuda. Se adquirió una compañía en bancarrota y eso significa ni más ni menos que socializar el riesgo: los argentinos estamos pagando los costos de los errores de los dueños de Aerolíneas.
Esto hoy se discute en Estados Unidos con el salvataje propuesto por Bush. Los que vitorearon el mercado libre de la intervención del Estado, ahora quieren que éste intervenga en su auxilio. Esta mirada es tan estatista como la de los que apoyaron la compra de Aerolíneas.
O sea que en algo coinciden quienes están (supuestamente) en las antípodas ideológicas: el Estado tiene que pagar por los fracasos privados. La contradicción de unos es que cuando ganan pretenden tener exclusividad en el beneficio, pero si pierden, otros deberán asumírselas, haciendo del Estado un socio sólo para las pérdidas. La de los otros es que, mientras se la pasan señalando la necesidad de la justicia social, al fin están asintiendo que el Estado destine dinero público a cubrir los errores privados, subsidiando, en definitiva, a sectores de altos recursos que se benefician transfiriéndole el riesgo a terceros. 
Ambas posturas distorsionan la ?relación de complementación? que debe haber entre el Estado y el mercado, pues en los dos casos se desfiguran las finalidades que antes habíamos demarcado: así el interés individual (o sectorial) se sobrepone al bien común, pues le carga a toda una comunidad sus pérdidas pero reservándose los beneficios.
El capitalismo bien entendido, por vía de principio, tiene que asumir que el riesgo es propio del sistema; que en el riesgo, la pérdida aparece como posible; y que de esa pérdida, bien puede terminarse en una quiebra. Por eso, a pesar de quienes creen que el sueño se les cumple, aquello no muestra un sistema en decadencia, sino que, por el contrario, lo muestra en uno de sus estadios de desarrollo, que es cíclico, porque el capitalismo es en definitiva una ?destrucción creativa? (Schumpeter) y en  ese dinamismo está el secreto de su supervivencia.

Nota proporcionada por :

Deja tu comentario