Libros liberados
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
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No tengo facebook. Al principio tuve que dar muchas explicaciones entre mis conocidos. Incluso me inventé algunas argumentaciones bastante interesantes, con las que me creí importante.
En realidad no tengo facebook porque no encuentro la necesidad de tenerlo. Tampoco tengo un equipo de radioaficionado ni un turbante ni una selladora de bolsas de polietileno.
Además me da un poco de pereza; conozco gente que pierde un buen tiempo actualizando la cuenta, respondiendo, aceptando, rechazando y todas esas operatorias que desconozco.
Hace un par de años dije que me bajaba de la carrera de la tecnología. Y más o menos lo vengo cumpliendo. Llegué hasta manejar decentemente el DVD, mandar y recibir mensajes de texto, chatear, mandar mails, navegar en internet y escuchar música en mi celular. Stop.
Reconozco, no obstante, que de algo me estoy perdiendo. Por suerte, está mi mujer -que sí tiene facebook- que de tanto en tanto me avisa sobre cosas que pueden llegar a interesarme.
Ayer me dijo que le llegó un aviso (¿aviso? ¿mensaje?) de que este 21 de septiembre se va a implementar nuevamente la jornada de "liberación de libros".
Hay toda una movida al respecto, que consiste en dejar abandonado en un lugar público (un bar, una plaza, un colectivo) un libro. La condición tácita es que quien lo encuentre, lo siga haciendo circular una vez que lo leyó.
Enseguida se me vino a la memoria algo sobre comprar y prestar libros que leí en algún lado. Frente a mi modestísima biblioteca fui señalando uno a uno los lomos en busca del posible autor de aquel pensamiento que ni siquiera recordaba cabalmente.
Por fin apareció el bueno de Abelardo Castillo y su "Ser escritor", que habla sobre literatura y otras cuestiones.
En la página 207 (sobre 209, y empecé a hojear por adelante) estaban las dos ideas que recordaba vagamente:
– Nunca pidas que te presten un buen libro. Los buenos libros se compran o se roban.
– Si un libro te gustó mucho podrás regalarlo. Pero nunca lo prestes: vas a necesitar desesperadamente releerlo esa misma noche.
Ahí estaban, en boca de uno de los escritores que admiro, un par de consideraciones asociadas a esta iniciativa que me llegó indirectamente vía facebook ajeno.
Una y otra no se contradicen con la "liberación de libros". Casi por el contrario. Para quien lo deja no es prestarlo, es regalarlo. O mejor aún: es un acto de grandeza. Algo así como hacer el bien sin mirar a quien.
Quien lo recibe estará exento de la incomodidad de la culpa o el castigo, ya que no está robando ni pidiendo prestado.
Será cuestión entonces, este 21 de septiembre, de buscar en nuestra biblioteca un buen libro, repasar sus páginas como quien mira fotos de la infancia, y dejarlo ir. Con la certeza de que los buenos recuerdos no necesitan de presencias.
En lo personal, tengo un par de libros de los cuales no podría desprenderme por más noble que sea el motivo.
Porque como bien dice Castillo -justamente, Castillo-, podría necesitar desesperadamente releerlo una de estas noches.
En realidad no tengo facebook porque no encuentro la necesidad de tenerlo. Tampoco tengo un equipo de radioaficionado ni un turbante ni una selladora de bolsas de polietileno.
Además me da un poco de pereza; conozco gente que pierde un buen tiempo actualizando la cuenta, respondiendo, aceptando, rechazando y todas esas operatorias que desconozco.
Hace un par de años dije que me bajaba de la carrera de la tecnología. Y más o menos lo vengo cumpliendo. Llegué hasta manejar decentemente el DVD, mandar y recibir mensajes de texto, chatear, mandar mails, navegar en internet y escuchar música en mi celular. Stop.
Reconozco, no obstante, que de algo me estoy perdiendo. Por suerte, está mi mujer -que sí tiene facebook- que de tanto en tanto me avisa sobre cosas que pueden llegar a interesarme.
Ayer me dijo que le llegó un aviso (¿aviso? ¿mensaje?) de que este 21 de septiembre se va a implementar nuevamente la jornada de "liberación de libros".
Hay toda una movida al respecto, que consiste en dejar abandonado en un lugar público (un bar, una plaza, un colectivo) un libro. La condición tácita es que quien lo encuentre, lo siga haciendo circular una vez que lo leyó.
Enseguida se me vino a la memoria algo sobre comprar y prestar libros que leí en algún lado. Frente a mi modestísima biblioteca fui señalando uno a uno los lomos en busca del posible autor de aquel pensamiento que ni siquiera recordaba cabalmente.
Por fin apareció el bueno de Abelardo Castillo y su "Ser escritor", que habla sobre literatura y otras cuestiones.
En la página 207 (sobre 209, y empecé a hojear por adelante) estaban las dos ideas que recordaba vagamente:
– Nunca pidas que te presten un buen libro. Los buenos libros se compran o se roban.
– Si un libro te gustó mucho podrás regalarlo. Pero nunca lo prestes: vas a necesitar desesperadamente releerlo esa misma noche.
Ahí estaban, en boca de uno de los escritores que admiro, un par de consideraciones asociadas a esta iniciativa que me llegó indirectamente vía facebook ajeno.
Una y otra no se contradicen con la "liberación de libros". Casi por el contrario. Para quien lo deja no es prestarlo, es regalarlo. O mejor aún: es un acto de grandeza. Algo así como hacer el bien sin mirar a quien.
Quien lo recibe estará exento de la incomodidad de la culpa o el castigo, ya que no está robando ni pidiendo prestado.
Será cuestión entonces, este 21 de septiembre, de buscar en nuestra biblioteca un buen libro, repasar sus páginas como quien mira fotos de la infancia, y dejarlo ir. Con la certeza de que los buenos recuerdos no necesitan de presencias.
En lo personal, tengo un par de libros de los cuales no podría desprenderme por más noble que sea el motivo.
Porque como bien dice Castillo -justamente, Castillo-, podría necesitar desesperadamente releerlo una de estas noches.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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