Lo quiero conocer
Horacio Saldaño fue uno de esos boxeadores que hicieron explotar el Luna Park desde el momento mismo en que un miércoles hizo su aparición por el recordado programa ?Entre las sogas? con Ulises Barrera, Norberto Longo y Washington Rivera.
El muchachito tucumano al que en su barrio llamaban ?Sabandija? por la habilidad que tenía para meterse en las quintas, tomar frutas de sus árboles y escapar con increíble habilidad de la furia de sus dueños, se transformó en la temible ?Pantera Tucumana?. Sus zarpazos prontamente atraparon al público del Luna Park que no se conformó con verlo por televisión, sino que en más de una oportunidad las taquillas de los miércoles donde peleaba Saldaño y por la pantalla chica, superaban en recaudación a las estelares de los sábados.
De Tucumán venía invicto en 20 peleas, con un nocaut sobre Miguel ?Yeye? Sagrera, victorias frente a Enrique Jana, Valentín Brown, Rodolfo y Julio Catalina y dos empates no menores: Jaime Giné y Everaldo Costa Acevedo.
Por lo general, los políticos y las personalidades se hacían ver los sábados en el Luna Park. Allí tuve oportunidad de conocer a muchos de ellos. Lorenzo Miguel no solamente fue un entusiasta de este deporte sino que lo practicó en su juventud y entre sus custodios estaban Rafael Merentino y Ricardo Caliccio. Otro dato de su afición por el boxeo fue que en el año 1974 resucitó aquellos campeonatos de fines del ?40 y principios del ?50 que el gobierno del general Perón realizó durante cuatro años consecutivos, con el nombre de Campeonato Argentino de los Trabajadores. Para esa tarea de orden nacional tuvo como asesor a Don Julio Capella, que llevó a cabo exitosamente esa tarea.
Pero curiosamente, no era Miguel un concurrente a los espectáculos de box. Al menos, nunca lo vi en ninguno de los estadios donde yo concurría, a pesar de que varios boxeadores profesionales eran bancados por ese entonces poderoso gremio.
El atractivo de Saldaño no era solamente de taquilla por esos tres nocauts de los días miércoles, en que sobre 30 rounds le sobraron siete para poner en la lona a sus rivales. Su carisma interesó a Lorenzo Miguel a tal punto de que quería conocerlo.
Una mañana, alrededor del medio día, me convoca Hernán Santos Nicolini en la esquina de Lavalle y Bouchard. Me estaba esperando y cuando me vio llegar entró al bar ring side y salió con Horacio Agustín Saldaño.
-Acompañanos, me dijo.
-¿Adónde?
-A presentárselo a Lorenzo Miguel. Llamó que lo quiere conocer.
Fuimos a un restaurante por la zona de Constitución carente de lujos pero con esa sensación de que tenía una clientela selecta. Espiando por la ventana, de repente vimos que prácticamente por el medio de la calle venía una especie de mini manifestación con Lorenzo Miguel en el centro y esa corte rodeándolo. Contrariamente a lo que se puede pensar, venían distendidos y sin tomar ninguna precaución.
Ya sentados a la mesa quedaron Saldaño y Nicolini al lado de Miguel, yo enfrente del metalúrgico. Unica conversación: boxeo. Lorenzo Miguel había seguido la campaña de muchos boxeadores y su gremio tenía una partida especial para apoyar a este deporte. El almuerzo se extendió más allá de lo que regularmente lo hacía con sus colaboradores y la despedida fue con abrazos y agradecimientos.
Esta es una anécdota que prácticamente la he tenido olvidada. Ahora que la recuerdo me doy cuenta de que he sido uno de los que al entonces poderoso Lorenzo Miguel le presentó a Horacio Agustín Saldaño. Son esos hechos que toman dimensión en el tiempo y que si para muchos pueden ser intrascendentes, son hechos acariciados por el protagonista.
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