¡Lo salvó la campana!
Cuando se pusieron en vigencia las reglas del Marqués de Coubertain en las que se determinó que los rounds serían de tres minutos de duración, la campana era la que marcaba la apertura y el cierre de cada capítulo.
Por muchísimos años cuando el tañido marcaba la finalización del asalto y un boxeador estuviera sufriendo una cuenta, aún completamente dormido, sus segundos podían retornarlo a la rastra hasta el rincón para reanimarlo. Según las preferencias se utilizaba para ?despertarlo?, el incruento tirón de pelo, el sorpresivo pinchazo con una aguja de colchonero o los salvajes mordiscones en las orejas hasta sangrarlas. Del nocaut, decían, ?lo salvó la campana?.
Con la humanización del boxeo, se cambiaron las reglas: el tañido salvador solamente sería válido en el último round. Hoy día, llegados a los tres minutos si el boxeador anda por el suelo o en una cuenta, el badajo queda quieto. Aunque sea el último round tiene que volver por sus propios medios al rincón y sin saber que el asalto ha cumplido con el tiempo de reglamento. ¡Ya la campana no salva a nadie!
Pero todas estas sentencias referidas al tañido salvador, como se cree equivocadamente, no nacieron con las reglas modernas y mucho menos con el resurgimiento del boxeo en Inglaterra alrededor de 1710 impulsado desde su gimnasio por James Figg, cuando se peleaba a puño limpio y a finish.
Por el siglo XV lo más común era que la gente tuviera platos de estaño. Ciertas combinaciones químicas con determinados alimentos (el más común fue el tomate), más la falta de higiene, hacía que estas ligas fueran tóxicas, produciendo en muchos casos la muerte y en otras un estado llamado actualmente narcolepsia, en donde el individuo a los ojos de esa época, estaba en el otro mundo. Lo mismo sucedía con los vasos, que también eran del mismo metal que donde se servía la comida y al combinarse con cerveza o whisky, producían un efecto similar al de los platos combinados con el tomate.
Los cementerios eran muy pequeños y se tenía la costumbre de desenterrar a los más antiguos, mandar sus restos al osario común y ocuparlo con el nuevo cadáver. Con esta práctica se descubrió que muchos de estos ataúdes tenían señas de arañazos y otras marcas, que indicaban que el pobre individuo había sido enterrado vivo.
Para salvar esta situación, que se repetía con singular frecuencia, surgió la idea de atar un hilo a la muñeca del difunto, pasarla por un agujero del ataúd y anudarla a una campana cercana a la sepultura. Si el enterrado ?despertaba? no tenía más que tirar del hilo y al sonar la campana sería devuelto al mundo de los vivos, gracias al tañido de la campanilla. De allí nace el dicho ?lo salvó la campana? y no como muchos creen por las reglas del boxeo.
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