Los caminos que conducen a Roma
Todos los caminos conducen a Roma. Así lo descubría la ?tabula peutingeriana?, una red de destinos que organizaba las calzadas del Imperio y guiaba los itinerarios de viaje en la época de la antigua Roma.
Esa misma imagen conserva actualidad. El próximo 28 de junio miles de argentinos concurrirán a las urnas para elegir el recambio legislativo, y en consecuencia, revalidar su adhesión o manifestar su oposición al gobierno de Cristina Kirchner. Hoy, como con aquellos caminos antiguos, todos coinciden en que el Gobierno se encamina por un sendero peligroso frente a las elecciones de junio. Encuestadores y analistas pronostican que ?el Gobierno puede perder?, mientras ?la calle? se hace eco también de ese coro de cálculos.
Ante una eventual derrota del oficialismo en junio, surge un interrogante acerca del proceso que resta y conduzca al Gobierno a perder las elecciones, tarea en la que el accionar opositor ocupa mayor protagonismo. Se predice un fin, mientras se duda respecto al método: así comienza la alquimia.
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu emailConfusión de tiempos
Con el adelantamiento de las elecciones cambiaron los tiempos electorales. Se apuntó a desarticular a una oposición que se vio en apuros y que por ello necesitó agilizar su ritmo para ?coalicionar?. Sin embargo, quien tiene mayores urgencias es el propio Gobierno, que en junio pondrá en juego su destino de vida.
Habiendo transcurrido sus mejores épocas de relación con el electorado, cuando Cristina Kirchner logró la presidencia en octubre 2007, se inició naturalmente una etapa donde el oficialismo podía o bien mantener sus niveles de adhesión popular, o bien comenzar a declinar.
Son bien conocidas tanto la historia que siguió a la asunción de Fernández de Kirchner, así como muchas consecuencias de las decisiones que adoptó: aquel techo de adhesión alcanzado en 2007 junto al largo conflicto estimulado frente al sector agropecuario redujeron en el kirchnerismo el margen de maniobra para la construcción política, dando lugar a una ineludible tendencia a caer.
Consciente de su caída y a fin de aminorar ese margen negativo, el Gobierno recurre a la manipulación de recursos políticos, al manejo de las condiciones eleccionarias, al clientelismo. Con todo, sus ventajas electoralistas hoy no le devuelven ya la valiosa ganancia que perdió como recurso preciado: desde el conflicto con el campo se quebró el lazo que unía el oficialismo con los sectores medios, que vapuleados o no, en otra época le brindaron un apoyo sustancial.
No obstante el manejo que el kirchnerismo hace de las condiciones electorales, la oposición cuenta con otras ventajas, de otro tiempo. Así como en el pasado el oficialismo frente a sus contundentes niveles de adhesión popular podía mantenerse o comenzar a caer, hoy los partidos de oposición tienen margen para maniobrar un potencial camino de crecimiento, reverso del oficialista.
Aprovechar ese potencial y formular un medio práctico, concreto, como propuesta ganadora depende de los gestos que la oposición revele, generando coaliciones y sobreponiéndose al manejo de las condiciones electorales, manejo que tiene por fin socavar cualquier capacidad de armado de propuesta política alternativa.
Que nadie gane
Por los números de las encuestas o por su experiencia de vida política, Kirchner sabe de la situación, y frente a la posibilidad de perder, busca que tampoco ganen los demás. La actitud de salvarse a sí mismo boicoteando las posibilidades de los demás, atacando las normas por cumplir para regular y asegurar la sana la competencia, siempre se ha consignado como llana deslealtad. Manipular las reglas de la competencia con el objeto de afectar a los otros que compiten, supone cierto boicot al sistema político y a la ciudadanía en general.
Los partidos políticos no oficialistas no son condición suficiente del sistema democrático: pero sí son condición necesaria. Al menoscabar así las posibilidades reales de la oposición, se perjudican al mismo tiempo las bases de la democracia. Por ello, el paso de la competencia (contienda leal entre quienes aspiran a obtener la misma cosa) a la agresión de las reglas de juego, sometiendo las posibilidades de las minorías, termina por sesgar la calidad democrática.
Se corre el riesgo de que tales actitudes acaben por conducir al electorado a cierto callejón sin salida con el vacío objeto de que ?nadie gane?. Y si nadie gana, claramente, pierden todos.
Frente a tales actitudes, emerge la natural duda sobre cómo este Gobierno afrontaría una derrota electoral: si hasta ahora manipuló así las reglas del sistema en su beneficio, es legítimo preguntarse sobre su actuación en un día de hipotéticos resultados adversos.
Con seguridad, sí sabemos que son las ?actitudes de Estado? el remedio a situaciones como las descriptas. Actitudes de Estado que respeten los caminos y los tiempos orgánicos de la historia, que esperen la gradual evolución de los cambios y que consideren con respeto la tradición de los pueblos. Actitudes de Estado que impliquen gestos de conciliación y sana competencia, donde sea posible elevarse por encima de las facciones para servir al pueblo.*
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
Este contenido no está abierto a comentarios