Los dos Hércules argentinos arribaron a la isla
Los dos Hércules que envió el gobierno argentino con ayuda humanitaria para el pueblo haitiano llegaron casi al mismo momento al aeropuerto Toussaint Louverture, convertido ahora en un enjambre de aviones, voluntarios y militares de decenas de países.
Cargados con insumos médicos, equipamiento y expertos en catástrofes, las delegaciones argentinas fueron recibidas por el embajador argentino, José María Vázquez Ocampo, que no daba abasto para atender la situación.
El aeropuerto es a la vez el escenario donde todos los días a las 14 horas, se reúne el presidente haitiano, René Preval, con titulares de organismos multilaterales y el cuerpo diplomático.
Se trata de un Centro de Operaciones “que busca ordenar el arribo de la cooperación”, explicó “Chito” Vázquez, el nombre con el que todos conocen al embajador.
Mientras, el titular de Cascos Blancos, recién arribado a la capital haitiana, Gabriel Fuks, daba instrucciones al equipo de médicos argentinos y buscaba coordinar la entrega del cuerpo del gendarme Gustavo Gómez, el único argentino fallecido durante el devastador terremoto, asunto que también presentaba dificultades para su traslado, por lo que se postergó su repatriación probablemente hasta el lunes.
La descarga de los dos Hércules se hizo en tiempo récord porque el ingreso de aviones provenientes de todo el mundo es incesante.
De hecho cuando llegó la nave en la que viajaba el equipo periodístico de Télam, hubo una espera de 40 minutos en simultáneo con otros cinco aviones que sobrevolaban en círculos el aeropuerto haitiano, mientras otros diez pugnaban por sumarse a la espiral.
En este enjambre que es el aeropuerto, el embajador hizo un intento por describir la situación: “El problema de Haití es la falta de liderazgo. El terremoto barrió con la Casa de Gobierno y el edificio de la MINUSTAH, justamente el espacio que las Naciones Unidas habían creado para buscar una salida político-institucional al castigado país”.
“Ha caído el Estado, todos los ministerios y los edificios”, dijo el embajador, alzando la voz que el permanente ruido de los aviones ahogaba.
Con este escenario, Vázquez explicó que ayer Preval firmó un convenio con el embajador estadounidense en Haití, Kenneth Merten, para que efectivos militares de ese país controlen “transitoriamente” el perímetro del aeropuerto, donde los técnicos están construyendo una nueva torre de control para facilitar la entrada y salida de aviones.
El “Aéroport International Toussaint Louverture” está ubicado al noreste de la capital de Haití, Puerto Príncipe, y desde 2003 lleva el nombre del héroe nacional, que en 1791 lideró el levantamiento de los esclavos contra las autoridades blancas.
Hasta ayer, la pista de despegue y aterrizaje de unos tres kilómetros de largo es el único campo de aviación asfaltado en Haití, a través del cual se desarrolla la mayor parte del tráfico aéreo internacional.
En ese lugar, donde sólo operan vuelos militares y de ayuda humanitaria, una decena de haitianos ricos hace malogrados esfuerzos por abandonar el país. Afuera, algunos taxis ofrecen traslados a precios exorbitantes: un viaje de 30 cuadras cuesta 200 dólares y tal vez más, sobre todo si el pasajero es extranjero y blanco.
Lo mismo ocurre con una botella de agua mineral que se vende a 35 dólares o el acceso a una clave para usar wi-fi que cuesta 150. Con su guayabera color crema y los 34 grados de calor que caen sobre esta ciudad, Vázquez dice que está admirado del pueblo haitiano.
“Tienen una calma extraordinaria. No me consta lo de los robos y está sobredimensionado lo de los saqueos”, opinó, mientras atendía el arribo de la ayuda argentina.
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