Los inmortales
No debe haber circunstancia que nos defina tan bien como el tránsito. Como individuos, como sociedad, como Estado. Somos como conducimos, como caminamos, como nos comportamos, como controlamos, como nos dejamos controlar. Y hay más: nos insultamos, nos engañamos, nos autoconvencemos, nos justificamos, les echamos la culpa al otro. Nos lastimamos. Tanto, que hasta nos morimos.
Y a diferencia de otras actitudes reprobables que también nos definen (como individuos, como sociedad, como Estado) pero las escondemos o disimulamos, en este caso no las podemos (¿ni queremos?) ocultar: las hacemos a la luz del día y de la noche, en plena calle. Exponemos nuestras miserias, nuestras vivezas de cotillón, nuestros desatinos ante la vista de todos. Sin la más mínima vergüenza.
Sinvergüenzas.
Cierta vez, el profesor Ricardo Pasolini me decía que no había nada más impúdico que la trágica escena de un accidente de tránsito. Tiene razón: un cuerpo tirado en plena calle, descalzo, informe, ante la mirada morbosa de los curiosos, es impúdico. Me animo a agregarle al razonamiento del Tano que también es impúdico un tipo asomando medio cuerpo por la ventanilla insultando a otro que no lo deja pasar, ante la mirada estremecida de su hijo (en el asiento del acompañante, sin cinturón).
Víctimas y victimarios, heridos e ilesos, inspectores e inspeccionados suben a escena para la actuación cotidiana del grotesco diario en nuestras calles.
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Accedé a las últimas noticias desde tu email¿Y el Estado qué culpa tiene?
Me gustaría decir primero que la pregunta tiene como sujeto al Estado y no al gobierno. Muchas veces solemos confundir uno con otro. Un ejemplo bastante grosero señalaría que si el Estado es un edificio, desde sus cimientos hasta la terraza, el gobierno es el portero. ¿Nosotros? el consorcio, con suerte; meros inquilinos, en la mayoría de los casos.
Aclarado este tema se puede decir que si a este y a otros gobiernos se les pueden achacar algunas culpas, al Estado le caben muchas responsabilidades.
Al igual que en tantos otros temas, caemos en la cuenta de que la raíz del problema está en la (falta de) educación. Pertenecemos a un Estado que en las mejores épocas se limitó a instruir y se olvidó de educar. Las reglas de tránsito se instruyen; el respeto al otro y a uno mismo se educa.
Pero hablamos del Estado de nuestros mejores días; el raquítico Estado actual apenas se limita a albergar pibes en las escuelas, prácticamente no instruye, imposibilitadamente no educa.
Un Estado que a golpes de porteros inescrupulosos y consorcios complacientes no hizo nada para mejorar la infraestructura vial. Por el contrario, rifó los trenes (el medio de transporte más económico y seguro), regaló las rutas más rentables y abandonó las que no eran negocio. Un Estado que ?a nivel local- mantiene las mismas calles que antaño transitaban cuatro sulkys, diez carretas y una docena caballos. Y hoy recorren 70 mil vehículos.
Un Estado que no tiene plata para pagar el sueldo de más inspectores que ordenen nuestro tránsito, pero que en una semana de internación de un accidentado gasta el equivalente a diez salarios dignos.
En definitiva, un Estado de ascensores atados con alambres, de escaleras sin pasamanos y pasillos oscuros; un edificio de paredes ruinosas, cortocircuitos y olor a cloaca.
¿Y la comunidad qué culpa tiene?
Aquí también, definamos. La comunidad es ese conjunto de personas que comparten costumbres y lugares; anhelos y desvelos. Que se junta en los bares para arreglar el mundo y en las peluquerías para la catarsis doméstica. Un conjunto de hombres y mujeres que hace de la crítica al otro su credo diario y colectivo y que expía sus culpas en la soledad del confesionario dominical.
Una comunidad de cuatro por cuatro para dar la vuelta al perro, de comerciantes con su auto en la puerta del local y clientes que estacionan en la rampa para discapacitados, total es un ratito. Una comunidad que en poco menos de un siglo se resiste a estirar el centro más allá de Mitre, Pinto, 9 de Julio y Rodríguez.
Y en la jungla de seis o siete manzanas a la redonda, convivimos todos. La señora que usa el cero kilómetro para ir al supermercado, el pibe de los mandados que quiere subsistir y paga la motito por día, con la gran parte de las monedas que gana. Que le pide al cielo que llueva así tiene más trabajo, y le pide al piso que no le juegue una mala pasada con el adoquín resbaloso.
Convivimos los que cruzamos a mitad de cuadra, el remisero que labura catorce horas para hacer diferencia, el padre de familia que se cansó de pagar el boleto de colectivo más caro de la Argentina y se compró la Zanelita en cuotas. Y lleva los pibes aferrados a su espalda a la escuela, ante la mirada fiscal de la mujer que le abre la puerta y casi los revolea y encima se enoja.
Como en toda jungla, acá también gana el más fuerte.
En nuestra jungla de falcon destartalados, de adolescentes sin casco, de camionero que sale en el Scania a tomarse un heladito con la familia, gana el más rápido y furioso. A falta de código de tránsito, rige el código de la selva. Y diariamente se reedita en las calles una lucha desigual ante la mirada estrábica de los inspectores, que un ojo controlan las tarjetas de estacionamiento y con el otro al que estaciona a la izquierda. Inspectores que son olímpicamente ignorados, en el mejor de los casos o floridamente insultados cuando se les ocurre advertir al que paró en doble fila.
En esta comunidad de pueblo chico, el hecho de conocernos todos nos viene fenómeno para desconocer cualquier tipo de autoridad: ¿qué me vas a hacer la boleta vos si vivís a la vuelta de casa? ¿que se calle Montani y vuelva a las medialunas? ¿me parás a mí y a mi vecino que habla por celular mientras maneja no le decís nada?
¿Y nosotros, los individuos, qué culpa tenemos?
Los delirios de inmortalidad.
En su cuento El Inmortal, Borges cuenta la historia de un soldado romano que sale en busca de un río, cuyas aguas confieren el don de la inmortalidad a quien las bebe. De casualidad da con el río y tras saciar su sed se descubre en la Ciudad de los Inmortales, un lugar asimétrico, caótico, con construcciones sin sentido (¿les suena?). Tarde descubre que aquella supuesta bendición de la existencia eterna no era otra cosa que una condena: la muerte le da sentido a cada acto de nuestra vida; la inmortalidad se la quita.
Imbuidos por una suerte de alucinación, creemos que por haber mojado nuestros pies en el Dique en alguna tarde de domingo, se nos ha dispensado la vida eterna. Sólo de esta manera se comprende que salgamos a la calle con la mística convicción de que somos inmunes a las tragedias.
Atravesamos semáforos en rojo, circulamos sin casco, manejamos sin el cinturón, pasamos las esquinas como venimos, cruzamos la calle por donde nos pinta…
Tarde, mal y periódicamente comprobamos que el Lago no es la fuente de la vida perdurable. Somos tan mortales como cualquier hijo de vecino. Al igual que aquel soldado romano, caemos en la cuenta que es la muerte la que da sentido a nuestros actos.
Sin embargo, seguimos actuando en el sinsentido de la inmortalidad. A pesar de las crónicas que nos devuelven las páginas de los diarios, a pesar de que hoy ?mientras escribo estas palabras- tres o cuatro tandilenses se debaten entre la vida y la muerte producto de estas inconductas.
Así estamos, así somos. El tránsito nos define. Revertir este estado de cosas posiblemente lleve años, pero también decisiones. Cuando el Estado vuelva a ser el que nos cuide, nos ordene, nos eduque y nos preserve. Cuando nuestra comunidad se sacuda los atavíos de pueblo siestero. Cuando cada uno de nosotros volvamos al Lago a revertir el conjuro y recuperemos el sentido de la vida. Que es finita. Pero vale la pena.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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