Los profesionales y las hermanas del imputado lo dejaron muy complicado en su situación procesal
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Ayer se reanudó el juicio oral y público que busca dilucidar la responsabilidad penal de Zóximo Sanz, acusado de matar a golpes a su padre, Jorge Sanz, en su casa, en diciembre de 2009.
Se trató de una jornada que se extendió por unas ocho horas, en la que bien podría dividirse en dos esferas, casi dos mundos. Por la mañana, los profesionales (psiquiatras, peritos y forenses) que intervinieron de alguna u otra manera en el caso, y por la tarde, los lazos sanguíneos y afectivos de la víctima y victimario. Todos, a sus modos y sus formas, dejaron en una situación muy complicada al imputado, debilitando las hipótesis de defensa que con esfuerzo esgrimió el doctor Diego Araujo rumbo a lo que será su alegato, a concretarse el próximo miércoles al mediodía, después de escuchar la acusación del fiscal Marcos Egusquiza.
En el plano profesional, los psiquiatras que antes del hecho trataron al acusado, como el perito en rastros de la escena del homicidio y el médico que practicó la autopsia, en sus respectivas alocuciones dejaron sentadas sus apreciaciones frente a lo que tocó emprender en el caso, y sus aportes dejaron endeble la hipótesis de una pelea entre padre e hijo, como así también que la gravedad de las lesiones, principalmente la fractura de costillas que derivó en la perforación del pulmón y su consecuente deceso, fueran producto de agentes externos (masajes cardíacos) que se le pudieron practicar a la víctima cuando se la halló tendida en el piso en su propio dormitorio.
Ya en horas de la tarde sería el turno de las hijas y hermanas de víctima y victimario, respectivamente, quienes con su dolor a cuestas sobre un drama familiar que ellas también padecieron, afrontaron la tensa situación de tener que relatar sus vidas, sus sufrimientos, padecimientos en un hogar signado por la violencia. También ellas, a través de sus vivencias, no harían más que despejar dudas sobre la personalidad de víctima y victimario, aunque todos, en definitiva, formaron parte de una historia común, presos de un hogar violento en el que algunos -ellas- lograron escapar por sus propios medios, otros, no, y por eso este final luctuoso que ahora se ventila en la esfera penal.
TESTIMONIOS DEL DOLOR
Tras la declaración de los profesionales (ver aparte) ya había pasado el mediodía de audiencia, y así llegó el turno de escuchar el relato de las hijas de la víctima y hermanas del victimario.
Previo a la instancia, el fiscal pidió que el acusado se alejara de la visión de las próximas testigos -sus hermanas- porque al verlo se ponían muy nerviosas, incluso una de ellas sufrió una descompensación mientras aguardaba en el pasillo de la sede judicial.
Pero fue el propio Zóximo el que pidió la palabra al Tribunal y dijo que por el bien de sus hermanas, por la salud de ellas, él no tenía problemas en retirarse de la sala y que el juicio continuara sin su presencia, gesto que los jueces aceptaron.
Antes de las hermanas Sanz, una amiga de una de las chicas sería contundente en su relato sobre lo que ella sabía por haberlo vivido en la casa, como por lo contado por su amiga.
Reconoció la joven que frente a su presencia Zóximo se mostraba muy amable, pero luego sabía de sus acciones violentas porque su amiga le contaba. Detalles sobre la rotura de vidrios de ventanales, paredes, vajilla, formarían parte de los daños que la testigo indicaría y que luego las hermanas Sanz ratificarían, acerca de las reacciones irascibles que por momentos protagonizaba el joven acusado, cargado de un cóctel peligroso que consumía de pastillas y alcohol a discreción.
“Llegó un momento en que todos estaban sometidos a él”, supo describir con total nitidez la amiga despojada de cualquier encono para con el imputado, acerca del estado de situación que reinaba en la casa.
Un padre casi postrado y con resabios de violencia para con su mujer, un hijo con problemas psiquiátricos con un diagnóstico poco claro, y menos aún tratado, y una madre sobreprotectora e impotente frente a lo que la vida le tocó en suerte.
A tal punto llegó el grado de virulencia que supieron describir, que todas citaron la misma reseña: compraron vajilla de plástico porque estaban cansados de que Zóximo rompiera todo.
Sería Lucía, la más chica de los Sanz, quien fuera la primera que vio la escena del hecho, cuando su padre ya estaba internado y su hermano detenido. En su casa, todo era desorden y manchas de sangre.
Habló del escaso, si no nulo, diálogo que había entre su padre (ya con la enfermedad) y su hermano, a quien lo describe como alguien que estaba todo el tiempo drogado y alcoholizado.
Afirmó que era Zóximo el que mandaba en la casa, incluso con malos tratos a su madre bajo los efectos de la droga.
Se quebró en llanto cuando recordó a pedido del fiscal la escena del crimen -su casa- para que diera cuenta sobre la ubicación de los elementos, los rastros de sangre y así despejar dudas de donde ocurrió el incidente (como oportunamente lo hicieran los peritos también frente al Tribunal).
LA VIOLENCIA EN CASA
También la ex pareja de Zóximo, con quien tuvo un hijo, atestiguaría su experiencia. Visiblemente consternada por tener que afrontar la situación, hablaría del estado depresivo y de adicción que tenía el imputado y reseñó que cuando vivieron todos juntos en la misma casa nunca tuvo mayores inconvenientes con la víctima, aunque sí algunas peleas normales con quien era su suegra.
La joven fue una de las últimas que vio a Zóximo antes de que ocurriera el hecho, cuando él fuera a la casa a pedirle que volviera, que los extrañaba, pero que ella se negó, porque él seguía bajo los mismos síntomas, bajo los efectos del alcohol.
No dejó de describirlo como un hombre depresivo, que nunca los agredió a ellos, pero que se sentía mal, angustiado por la vida que estaba transitando.
Más luego devendrían los relatos de Celina, la mayor de las hermanas, y Anahí, quien sería la que más vivencias y voluntad de recordar tendría sobre la relación con su hermano y su padre.
Para con Celina se mostró casi distante de los hechos, reseñando que a los 22 años decidió irse de su casa frente a lo que allí se vivía. Cuando el fiscal le pedió más precisiones sobre lo que pasaba en el hogar, habló de la violencia de su hermano, con quien no cruzaba palabra alguna, también ubicándolo en un cuadro de violencia insostenible.
Su relato también se haría emotivo, cuando su destino hizo que recibiera a su padre en terapia intensiva de la Clínica Chacabuco. Ella, como enfermera terapista, debió recordar no sin consternación aquellos segundos, minutos, cuando se enteró de que el paciente que ingresaba era su padre, con su rostro deformado y bañado en sangre.
Anahí sería más explícita en las situaciones que se vivían en la casa, recordando que el padre estaba en un estado prácticamente senil, que apenas caminaba y ante cualquier momento de zozobra tambaleaba y temblaba. Lo tenían que higienizar y hasta ayudarlo a abrir alguna caja de alfajores. Ella también, cuando pudo, se fue a vivir sola, lejos de esa casa donde vivía y “reinaba” Zóximo, quien tenía casi a diario arranques de ira que generaban una situación insoportable para la convivencia.
Recordó incluso que ella también fue víctima de algunas agresiones de su hermano y que la madre siempre intermediaba, pidiéndole a ella que se retirara para que su hermano no se pusiera peor de lo que estaba: “Me tenía que ir, porque sino Zóximo me iba a pegar”, dijo que su madre le decía.
Arribando a las 19 se agotaría la lista de testigos citados por las partes, por lo que el Tribunal dio por cerrada la etapa de incorporación de prueba y definió que el miércoles próximo, al mediodía, fiscal y defensor esgrimirán sus alegatos. Después será el turno de los magistrados a la hora de resolver sobre la situación procesal del acusado, que a estas alturas y tras escuchar a quienes vivieron de cerca esta historia, como aquellos que intervinieron por sus roles en la Instrucción Penal Preparatoria, quedó muy comprometida.
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Los rastros de sangre
El debate comenzó con el aporte técnico del perito policial Matías Prado, quien levantó los rastros de la escena del crimen. Recordó los rastros de sangre en la cama donde dormitaba la víctima, algo en el suelo y también la pared salpicada con la misma sangre.
Mucha atención tuvieron las partes como el propio Tribunal a la hora de escuchar las impresiones del experto, quien consideró que, según su mirada, el incidente ocurrió en la cama, que no hubo mayores desplazamientos. Así, se desvanecería la propia declaración del imputado en la instrucción, que habló de un forcejeo con su padre por la casa.
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La intervención médica
El testimonio del doctor Leitao, quien practicó la autopsia de la víctima, fue un aporte sustancial para despejar las dudas de los actores. Principalmente, a partir de la hipótesis sostenida por la defensa sobre la posibilidad de que las fracturas de las costillas y consecuente perforación pulmonar hayan sido las causales del deceso.
Para el reconocido médico (unas 1500 autopsias practicadas en su historial) la causa de la muerte devino de una falla multiorgánica, a raíz de los traumatismos como los trastornos previos que padecía el paciente.
Reconoció que a la hora de jerarquizar las lesiones, la más grave era el trauma toráxico, pero consideró -con relativa certeza- que difícilmente dichas lesiones se hayan producido por un masaje cardíaco como pretendía instalar el defensor.
En la misma sintonía se explayó la doctora Ricardo, quien socorrió a la víctima una vez arribada al Hospital y le realizó la primera reanimación y le practicó un entubamiento traqueal. La médica puso en duda que por un masaje cardíaco se fracturasen nueve costillas, como así tampoco que dejaran hematomas, como el paciente evidenciaba.
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El aporte de los psiquiatras
Al turno de los psiquiatras traídos al debate por la defensa, se buscó dilucidar si el cuadro psicótico que presentaba el imputado podía hacer creer en un estado de inconciencia a la hora de cometer el hecho.
Tanto la doctora Cristina Romero como el doctor Benavente, que cumplieran funciones en Salud Mental del Santamarina, dijeron haber tenido como paciente a Zóximo, años antes del hecho que aquí se ventilaba.
Lo describieron como un hombre que padecía un trastorno de personalidad evitativo, léase que le costaba asumir responsabilidades, emprender cosas por sí solo, que se aislaba y le costaba mantener vínculos. También evidenciaba síntomas esquizoides y emociones extremas. Había una ideación suicida y marcada despersonalización que lo llevaban a tener malas relaciones.
El combo también hablaría de una personalidad bipolar, con brotes psicóticos, peligroso para sí y para terceros.
Puntualmente, los profesionales lo definieron en un cuadro que dieron en llamar trastorno de límites de personalidad, y reconocieron cierta frustración profesional porque resulta difícil de diagnosticar, y no hay un tratamiento efectivo.
Ambos agregaron que más allá de sus antecedentes, su cuadro no hace a definirlo como alguien que perdiera la conciencia de sus actos. Sí era posible que pudiera tener reacciones impulsivas, pero no que llegara a estar en una inconciencia tal que no se diera cuenta de sus actos.
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