Los ritos
Nobleza obliga: No soy ricotero ni de la primera ni de la última hora, aunque tengo para mí que suelo disfrutar de la música en cualquiera de sus géneros sin anteponer prejuicios.
No tenía previsto ir al Hipódromo el sábado a la noche, y agradezco el gesto de un amigo de invitarme a compartir del recital del Indio Solari desde las gradas o esa suerte de sector VIP que dispuso la organización.
Seguramente, de no haber ido, hoy me estaría arrepintiendo. No sólo hoy, ese mismo sábado, ya que según tengo entendido, desde toda la ciudad se pudo escuchar no sólo la música, sino el acompañamiento de la gente.
Y es en este punto en el que quiero centrarme en esta nota que me han encomendado. Analizar un recital del Indio Solari (o incluso de los Redondos) desde una óptica estrictamente musical es estrechar los márgenes de las consideraciones.
Por tal razón, remarco lo de fenomenal que tuvo este evento. Difícilmente Tandil vuelva a nuclear a cien mil personas en un espectáculo. Pero más allá de los números, el fenómeno en sí se erige en lo ritual, magnificado sí por la cantidad.
Como si fuera una Polaroid, conservo decenas de imágenes del sábado a la noche: un océano de gente moviéndose al mismo ritmo, miles de manos ofrendando sus bengalas, sus trapos y su alma misma al hombre que encontró la manera de decir cosas de una manera artística (menuda cosa, en una época de versos fáciles y rimas arjonas).
Me quedo con la imagen de un pibe de nueve años abrazado a una mujer de no más de treinta. Un abrazo a los saltos y a los gritos; un baile tan armónico como si no fuesen dos cuerpos sino uno solo. Dos seres, madre e hijo, compartiendo un rito ancestral e inexplicable. Como todo rito.
Durante estos últimos días he escuchado y repetido una frase que me ha servido en este oficio de periodista: ?La misa india?.
A partir del sábado, esa frase ya tiene en mí una imagen que la define.*
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