Luis Ojeda pidió a la familia Moreno que siga luchando para encontrar al verdadero culpable
Ayer se cerró la etapa de prueba en el debate oral y público por la privación ilegal de la libertad, tortura y homicidio calificado del abogado laboralista olavarriense Carlos Moreno. Una audiencia que dio lugar a los últimos testigos citados y la incorporación por lectura de distinta probatoria para dictaminar un nuevo cuarto intermedio hasta el próximo jueves, tiempo del alegato del ministerio público fiscal. El 15 será el tiempo de las defensas y al día siguiente el Tribunal Federal dará a conocer el adelanto de su veredicto.
Como sucedió a lo largo del juicio, la audiencia de ayer volvió a quedar signada por sensaciones bien definidas. La tensión, expectativa frente a la voluntad de uno de los imputados -Luis Ojeda- de prestar su declaración; a la conmoción, la emoción al escuchar el relato del ex juez Carlos Pagliere, el magistrado que en aquellos tiempos de violencia y muerte se involucró decididamente en la búsqueda de Moreno.
Puntualmente a las 8.30 el juicio se reanudó con el comparendo de testimonios que acreditaron la situación de los obreros de Loma Negra y los padecimientos por la silicosis. Hablarían precisamente aquellos hijos de los trabajadores que enrolados en el gremio AOMA fueron representados por Moreno en el litigio con la firma.
Embargados en emoción al evocar cómo trabajaban aquellos hombres, envueltos en polvo, darían cuenta del diagnóstico de la enfermedad pulmonar.
Pasaría también el doctor Carlos Alberto Burle, el médico que justamente diagnosticó aquellos cuadros de enfermedad, que se reflejaban en fatiga, deficiencias respiratorias por falta de oxigenación y el luctuoso desenlace.
También aportaría al debate los dichos del doctor en historia y docente de la Unicén, Daniel Dicósimo, quien precisamente realizó la tesis de su doctorado frente a lo que fue la relación de las empresas de la zona con los gremios y la dictadura.
A modo de conclusión, el historiador afirmaría que las empresas tenían estrecha relación con las fuerzas militares, quienes neutralizaban cualquier accionar de los sindicatos. De hecho, comenzaron a desligarse de delegados.
Según sus informes recogidos incluso desde documentos de inteligencia de la policía bonaerense, dichos obreros agremiados eran considerados “elementos perturbadores” para las firmas. No dejaría de señalar también que a través de su investigación quedó más que claro que las empresas se vieron muy favorecidas económicamente por las políticas implementadas por el gobierno militar, a partir de la obra pública.
Ya sin más testigos que aguardaban (minutos más tarde arribaría a la ciudad el juez Pagliere –ver aparte), el juez Falcone convocaría al acusado Luis Ojeda para que preste su declaración, tal lo había adelantado su defensor, doctor Varela al inicio de la jornada.
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Unos 40 minutos se tomaría el acusado para decir su verdad, empezando por un repaso de su vida, desde su actividad social como laboral en Tandil, para luego detallar sobre su carrera dentro de la milicia hasta llegar al grado de suboficial mayor.
Dicho repaso le sirvió para definirse como una persona muy conocida y querida en la ciudad.
Reseñó que en 2006 se jubiló y comenzó a trabajar como remisero, tiempo en que comienza a recibir notificaciones que lo involucraban dentro de una causa. Primero desde el Comando y desde la Policía Federal, desde donde finalmente se anoticia que estaba en una causa por privación ilegítima de la libertad por la muerte de Moreno.
Reseñó que voluntariamente fue al Juzgado de Azul para interiorizarse de lo que estaba pasando, de qué se lo estaba imputando, sin dejar de reprochar que desde su detención el Estado le cambió entre 8 y 9 veces los abogados que debían defenderlo.
En medio de su incertidumbre de lo que pasaba, dijo haber sufrido problemas de salud que motivaron su intervención en el Sanatorio por problemas cardíacos.
En 2008, ya de vuelta al trabajo y cuando regresaba a su casa -recordó- una comitiva policial le informaría que tenía una orden de allanamiento y detención de su persona.
Así sería luego trasladado a Azul e interrogado por el juez Comparato, cuando a consejo de su defensor se negó a prestar declaración. Tras la audiencia, se ordenaría su traslado a la unidad penal de Marcos Paz, donde permanecería alojado junto a Tomasi y Pappalardo (los otros dos jefes militares sindicados como responsables del hecho).
En esos días de convivencia con los superiores, recordó que Pappalardo era el más activo, inquieto a la hora de recopilar información sobre el caso por el cual quedaron detenidos. Una vez beneficiado por la prisión domiciliaria, Pappalardo le dejó documentación que hacía al expediente. Allí, Ojeda dijo que comenzó a interiorizarse y advertir algo extraño con lo que hacía a su acusación. Más precisamente sobre la descripción que hacían los testigos acerca de quien había matado a Moreno, léase él.
Así recordaría que en los años ‘74 al ‘80 conoció una persona que trabajaba en Tandil con las mismas señas particulares que describían los testigos, que trabajaba en otra área del Ejército en Tandil.
Sumaría como elemento de su hipótesis que en una oportunidad dejaron en su casa un sobre con una hoja de cuaderno en la que estaban escrito distintos datos puntuales de aquella persona. Con esos datos en su poder lo comentó con el abogado en turno para que lo llevara a Azul a declarar y así presentar la prueba, pero su letrado oficial desestimó la iniciativa.
Finalmente, pasado el tiempo, ya con otra abogada, lograría la audiencia en el juzgado donde volvió a declarar frente al juez Comparato y aportó datos y pruebas, dijo. Sobre todo fotografías de su persona donde a su entender quedaba demostrado que siempre usó bigote, por lo que no habría coincidencia con la descripción de los testigos.
“Yo en ningún momento estuve ni conocí sobre los hechos que ahora aquí en este juicio se están ventilando”, enfatizó en medio de su reseña.
Retomó sobre sus sensaciones indicando que desde conocer la fecha del juicio hasta el inicio de esta audiencia lo vivió con nervios por la situación, especialmente cuando escuchó las acusaciones del fiscal. Pese a todo, aclaró, fue recobrando la tranquilidad y se dijo anímicamente distinto, a partir de lo que se ventiló en el juicio y que -a su entender- en nada lo relacionan con el hecho.
Sobre el hecho, expresó que las personas que vieron corriendo a Moreno, que le apuntó, que esa misma persona tomó una pala y fue detenida por la policía haciéndose reconocer como Luis Ojeda no se corresponde con las características físicas suyas.
Dijo no entender porqué esa persona invocó su nombre, para luego insistir en dirigirse a la viuda de Moreno y sus hijos para pedirles que “no se queden con lo que tienen hasta el momento. Les pido que sigan luchando, peleando, que sigan buscando al verdadero culpable”.
Insistió en que “la persona que tienen aquí enfrente es inocente y quien les hizo esto o se encuentra en algún lugar del país o en el exterior, y si se fue del país, por algo será”.
Con la mirada atenta de la propia Lofeudo a su diestra, siguiendo sus dichos, Ojeda les pidió mirando al Tribunal que “sigan luchando por una verdadera justicia, yo estoy haciendo lo mismo para mí, para mi familia, mis amigos”.
Cerró pidiendo justicia para todos. Para la señora de Moreno y su familia y amigos, pero que “la única forma de honrar la memoria del señor Moreno es llegando al verdadero culpable”.
“Para mí significó un antes y un después en mi carrera, por el impacto emocional que me causó”, confió el magistrado, que se jubiló como camarista y que por esos años comenzaba su carrera, cargado de ideales que en algún momento, cuando vio la reacción de sus superiores en la Corte Suprema, vio tambalear, al punto de pensar en renunciar, pero que, finalmente, por consejo de una autoridad superior, resolvió desistir y continuar para “cambiar las cosas desde adentro”.
Con sensibilidad y puntillosa reseña relataría cómo intervino por la desaparición de Moreno y trabajó en el caso con mucho sigilo y discreción frente a los tiempos que se vivían. De hecho, recordó la tensión que se vivía entre los empleados de su juzgado, con empleados que no querían intervenir por la peligrosidad del caso, a lo que tajantemente él les respondía que estaban adentro o afuera.
Recordaría que tras la denuncia de la Asociación de Abogados vendría a Tandil a allanar la comisaría Primera y las demás también en busca de Moreno.
La infructuosa búsqueda derivó en el traslado hacia el lugar donde había sido visto Moreno (en la zona de la Chacra de los Méndez) y tomó declaración al testigo que había recibido a un hombre en la puerta de su casa pidiendo auxilio, vistiendo un saco, desalineado y como golpeado, descalzo. Contando con la foto de Moreno luego harían un reconocimiento fotográfico y el testigo lo reconocería. A las horas, el jefe del Ejército Oliva lo llamaría telefónicamente y le entregaría un saco, precisamente el que llevaba Moreno aquel día de persecución.
Con copia del sumario iría en soledad hacia La Plata, a la Corte, para decirle sobre lo que estaba investigando y ante cualquier eventualidad supieran de qué se trataba, a lo que recibió una respuesta inesperada: uno de los jueces le diría que no tenía que investigar esas cosas, que no se metiera, a lo que Pagliere pensó en renunciar a su carrera frente a semejante postura. Sin embargo, horas más tarde se entrevistaría con el presidente del cuerpo, Peña Guzmán, quien le sugeriría que no lo hiciera, que las cosas se cambiaban mejor de adentro que desde afuera, consejo que le devolvió el ánimo a la hora de seguir.
En ese preciso momento, el juez recibiría un llamado del Ministerio de Justicia, donde notificaban sobre la muerte de Moreno. “Sentí que había fracasado, aún hoy tengo el remordimiento de pensar que por mi intervención se precipitó la muerte de Moreno”, confesión que generó una profunda emoción en el auditorio.
También recordaría cuando tuvo que informarle a la viuda de Moreno sobre el deceso, recordando la imagen de la mujer embarazada atravesando el pasillo hacia su oficina, semblanza que generó también la congoja en el público, sobre todo en la señora Lofeudo, que se quebró en llanto.
Su sentido relato fue interrumpido por un ensordecedor, largo y sentido aplauso de la gente que escuchó y logró comprender lo que vivió aquel juez, que mostraba su costado más sensible, humano.
Su partida de la sala sería acompañada por un halo de nuevos aplausos que duraron minutos, dejando en la sala una especie de reconocimiento, homenaje a ese hombre que conforme a derecho hizo lo que pudo y más, a pesar del luctuoso final.
Así se lo reconocería la propia viuda de Moreno, quien también se retiró de la sala seguramente para reiterar el agradecimiento de lo que fue su labor que, a pesar de la confesa frustración del juez, sirvió como prueba fundamental, clave, para que este caso llegue a juicio y se haga justicia.
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