Madre (hay una) sola
Una buena nota no necesita de mayores recomendaciones. Simplemente, se trata de echarse a leer y que el relato fluya y trasmita sensaciones, colores, gustos. Hay casos, sin embargo, en que las palabras tienden a quedarse a mitad de camino y encallan. Al fin y al cabo, no dejan de ser símbolos; reflejos de una realidad. A veces, indescriptible.
Por eso -y a riesgo de quebrar absolutamente todos los preceptos literarios y varios de los periodísticos- en este caso se aconseja al lector sentarse detrás de una ventana donde dé el sol, procurarse una música tenue de fondo (puede ser la Sinfonía Nro. 9 de Beethoven), apagar el celular y abrir el corazón. De par en par.
Para ponerle un inicio a esta historia, hablemos de una tarde de otoño y de una casa en calle Pozos.
La entrevista ya había sido pactada y, tras el timbrazo a la hora convenida, la voz en el portero eléctrico, franquea un ?pasen, los estaba esperando?.
Hay un enorme parque, un perro de esos lanudos que se sospecha lanudo a pesar de su pelo recién cortado. Hay por lo menos un árbol, varias plantas, una calesita de juguete y otros juguetes. Es entendible, entonces, que irrumpa en escena uno de los protagonistas de esta historia -y digámoslo ahora para develar el misterio: es una historia de amor-. No supera los 80 centímetros si se lo mide dese el piso, camina a las chuequeadas, habla en un idioma extraño; pero sonríe con un lenguaje universal, como sólo se sonríe al año y medio. Como si el mundo hubiera sido creado para él. Para Javier.
Detrás, asoma la otra protagonista. Se llama Cecilia, tiene los ojos como dos cielos despojados y una amabilidad que en principio impacta (luego, cuando la charla se haga profunda, esa amabilidad variará entre la sabiduría y el encanto). También sonríe. Evidentemente, Javier y Cecilia (Yrusalimsky ambos, hijo y madre) comparten esa percepción de que el mundo ha sido creado para ellos.
Algo de eso hay. Ya lo veremos.
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu email
Una señora grande, una gran mujer
A sus 46 años, Cecilia se define como una ?mujer grande? no ?como una vieja?. Es soltera por elección de vida y por elección también, en algún momento de esa vida se dijo que si para los 40 no tenía un hijo lo ?iba a parir de otra manera?.
Llegada esa edad emblemática, pasó a formar parte de un porcentaje cada vez mayor de mujeres solas que deciden adoptar. Hoy, a más de cinco años de aquel día en que se presentó al Juzgado de Menores para iniciar los trámites, se siente ?súper feliz?.
Le sobran los motivos: porque su experiencia fue ?más que positiva?, porque tiene la plena certeza de ?haber hecho las cosas bien?, porque todo se dio ?mejor de lo que esperaba?. Y sobre todo, porque Javier está allí a su lado, como un torbellino de ternura.
Como un torbellino, Javier. Va y viene de la habitación al living, del living a la cocina, ahora con un libro de cuentos, después será un oso con gorro, un teléfono que alguna vez fue útil y toda la galería de personajes de los backyardigans (su preferido, Pablo, un pingüino azul y revoltoso)
Esperar sin desesperar
Cuenta Cecilia que la espera de Javier duró cuatro años y medio: ?cuando me preguntaron por las opciones, dije que quería un bebé recién nacido, hasta cuatro años, que podían ser uno o dos hermanitos. Porque te dan la opción y mi búsqueda no fue tan cerrada. Hay gente que se queja porque tiene que esperar diez años, y a lo mejor es porque la búsqueda es muy cerrada y eso multiplica la espera. Cuando empezás a ver, estadísticamente las probabilidades de tener un bebé, recién nacido, que esté en condiciones de adoptarse, que además sea varón, que además sea sano, el campo se reduce muchísimo?.
?Así y todo -reflexiona Cecilia- esperé cuatro años y medio?. No desesperó, porque sabía que se prestaba a un proceso que podía ser largo. No lo hacía desde la desesperación de no quedar embarazada, ?sino con la idea de un proyecto de familia. Eso me dio un amparo desde el inicio, cierta serenidad para buscarlo. Fui confiada, sin prejuicios, pensando que hay un procedimiento, una serie de pasos a seguir para hacer las cosas bien?.
Por sí o por no
Antes de la llegada de Javier, y a poco más de un año de haber iniciado el trámite, el Juzgado llamó a Cecilia porque había dos nenas en adopción. No fue fácil decidir, ?tuve que hacer así -dice, mientras cierra con fuerza los ojos azules-. Fue necesaria cierta entereza, cerrar los ojos -otra vez- y el estómago. Decir que no, en el momento en que te dicen que son divinas. Pero yo sé que soy soltera, las posibilidades de afrontar una historia previa de las nenas no debía ser fácil. Tal vez necesitaban una familia donde hubiera un hombre presente, otro respaldo. Una de ellas ya era grandecita, tenía seis años?.
Dijo que no.
Ella estaba al tanto de que esa posibilidad podía surgir de un momento a otro, porque ?desde el día en que te notifican que estás apto para integrar el registro de adoptantes, sabés que te pueden llamar. Y lo hace, por más que vos estés anotado para un bebé hasta cuatro años y aparece uno de siete. Te dicen que está fuera de tu rango, pero igual te preguntan si estás interesado. Porque hay gente que de todas maneras dice que sí?.
En tal sentido, explica que una de las primeras cosas que le aconsejaron desde el propio Juzgado es que se tomara su tiempo para responder. ?Nunca te apures a tomar una decisión -dice, repitiendo aquel consejo-. Tomate tu tiempo, de un día para el otro; andá a tu casa y mañana nos respondés por sí o por no. Porque hay gente que se apuró a tomar la decisión porque parecía que se le terminaba el mundo ese día y después… Es difícil. Porque estás hablando de un hijo, de una persona, de una vida, que a lo mejor puede resultar una carga, para vos. Pero sobre todo, para él. Hay realidades durísimas detrás de cada chiquito?.
Una habitación y varios ajuares
Su condición de mujer sola le permitió, entre otras cosas, no tener que ?pedir permiso? a nadie cuando tomó la decisión de adoptar. Sin embargo, fue trasmitiendo su idea, paso a paso. De menor a mayor. ?Lo que hice fue compartir el proyecto con mi familia -recuerda-. Conté que había tomado la decisión de anotarme y mi familia estuvo encantada. Después abrí el juego a mi círculo muy íntimo de amigos y estuvieron felices. Posteriormente fue el turno de mis compañeros de trabajo. Ellos festejaron conmigo. Y la verdad, todas esas respuestas significaron un respaldo?.
La espera, que duró cuatro años y medio, abrió un amplio abanico de posibilidades. O sea, de incertidumbre. Cecilia razona que ?cuando estás embarazada, vos sabés que en más/menos ocho o nueve meses vas a tener un chico de más/menos tres kilos, más/menos de este tamaño. Tal vez la única incertidumbre es si es nena o es varón. Pero cuando vos no sabés ni cuándo ni qué ni si son uno o si dos, es una gran ansiedad la que se genera. La embarazada tiene una manera de manejar esa ansiedad comprando algunas cositas para el bebé; a mí eso se me hacía más difícil, porque no tenía en claro a quién esperaba. Entonces me imaginé una habitación infantil y empecé a trabajar en ello?.
Así fue cobrando forma la habitación del futuro habitante de la casa de Cecilia. Un cuarto sin señales de sexo ni de edad; pero con todo el cariño, para esperar al ser más esperado.
Paralelamente, la futura mamá fue cerrando otros proyectos personales: ?terminé la carrera, me recibí, acomodé mis cosas en el trabajo. Mis amigos me decían, ahora despreocupate. Ellos tienen un rango de hijos que van desde recién nacidos hasta los 6 ó 7 años. Si es chiquito, bajo el moisés, me decían unos; otros me daban la sillita de viaje…?.
En ese contexto, Cecilia fue preparando un ajuar un tanto particular ya que incluía ropa para recién nacidos, para nenes de un año, de dos, de tres…
Salir sola, volver con familia
Aquella mañana se iniciaba como cualquier otra. Con la ceremonia del desayuno, los preparativos para el trabajo, la agenda del día. El ring tempranero del teléfono a las 8 de la mañana cambió esa rutina. Para siempre.
?Era del Juzgado. Me plantearon una situación posible, con todas las reservas habidas y por haber: era un caso que tenía una guarda en proceso. Me dijeron esto es así: si vos aceptás la guarda, te tenés que someter a un régimen de visita. El bebé estaba en un pequeño hogar. Yo me tenía que comprometer a llevarlo todos los días para que la familia a la cual le habían establecido un régimen de visita también pudiera ir en ese horario?.
En esta ocasión no lo dudó. El sí sonó rotundo de este lado de la línea.
Casi sin saber cómo, minutos más tarde estaba en el Juzgado. Confirmó la aceptación y le dijeron ?andate a comprar leche y pañales de segunda medida y vení a las once de la mañana a buscarlo?.
Era un miércoles de noviembre: ?salí de mi casa sola, a las ocho y pico; volví a las once de la mañana con Javi en un moisés?, se emociona todavía. Y ahora sus ojos de cielo abierto se vuelven a llenar de mares, como aquella mañana.
?A esa hora, Javier, de tres meses, estaba sentado acá -señala la mesa- en su huevito…?. Y nuevamente, el mar de la alegría le inunda la mirada.
Los pasos legales
La situación no era sencilla. Diariamente, debía ir hasta el pequeño hogar, dejar al bebé para que estuviera con su familia. ?Existía la posibilidad de que me llamaran por teléfono y me dijeran, esto evolucionó así, tenés que traer el bebé -reconoce hoy-. Así me lo plantearon. Yo sabía que ese tiempo formaba parte del proceso. Aún en una situación muy fácil, hay seis meses de guarda en los que la familia directa tiene derecho a algún tipo de reclamo sobre la situación, más allá de que el reclamo prospere. Pero existe esa posibilidad?.
Pero Cecilia, madre ya, estaba ?entregada a la situación?. Tenía (por ese entonces y también hoy) la convicción que por sobre todas las cosas estaba la felicidad del bebé. ?El planteo era: si le puedo dar tres meses de felicidad que sean tres meses y si lo tengo que traer otra vez lo traeré. Con todo el dolor del alma, pero estaba preparada para eso?, afirma.
El proceso duró desde noviembre hasta febrero, con una feria judicial en medio. Durante ese lapso, contó con la ayuda y la colaboración de todos sus conocidos. También en el trabajo le facilitaron las cosas, ya que por ley no se podía tomar la licencia por maternidad, porque era una guarda de proceso. Sin embargo, se pudo tomar los días que fueron necesarios y luego su licencia anual.
Recuerda Cecilia que tenía que volver a trabajar el 6 de febrero ?y el 5 me llamaron del Juzgado para notificarme que tenía la guarda definitiva, así que ese mismo día tomé la licencia de maternidad?.
Fue así de mágico.
Tanto que superados todos los pasos legales (incluido un juicio, trámite imprescindible), en la semana en que Javi cumplía su primer añito, salió la sentencia?.
Nobleza obliga
Desde la alegría que significan sus días a partir de la llegada de Javier, Cecilia asegura que tiene ?todo para agradecer. Me despojo de las experiencias de otras personas. Es como hablar del éxito o el fracaso del matrimonio, cada uno sabe cómo fue, o si un médico es bueno o malo. Cada quien habla por la experiencia que ha tenido. Y nobleza obliga: tengo que decir que mi experiencia con el Juzgado de Menores fue excelente. Si debo dar testimonio de eso no me voy a cansar de hacerlo. Porque en definitiva yo soy una `NN` dentro del sistema, y fui recibida como tal desde el momento en que inicié el trámite y todas las veces que fui al Juzgado (que fueron mil) a preguntar qué noticias había, qué posibilidades, me atendieron, me informaron, me contuvieron. Pasé por todas las situaciones y me tenían al tanto: esto avanza bien, estás subiendo de lugares, hay un cambio de ley, esto se complica, entró en una etapa de meseta, no sabemos cómo nos va a ir, todas… Siempre me atendieron de maravilla?.
A propósito, cuenta que ?el primer día, la persona que me atendió, que era secretaria del Juzgado en ese momento me avisó que toda vez que hiciera un trámite de adopción y tuviera que pagar un centavo, estaba frente a un trámite ilegal. Sabé que podés venir acá todas las veces que quieras, preguntá, esperá, volvé, no te apures a decir que sí, pero no pagues un centavo. Siempre tuve la sensación de contención por parte del Juzgado?.
Para ese entonces, Cecilia se había hecho una erudita en ley de adopción, puesto que se la había estudiado de adelante para atrás. Y al revés, también. En medio, hubo un cambio en la legislación y también la aprendió. La aprehendió. ?En realidad -subraya- todo se fue cumpliendo como estaba previsto?.
Con nombre, apellido e historia
Otro aspecto que considera fundamental es el compromiso que asumió con el Juzgado: ?tenía que comprometerme a hacerle conocer a Javier su realidad biológica cuando fuera grande. Además, mientras tuve la guardia provisoria asumí el compromiso de mantener el vínculo con los hermanos, si la familia de ellos se acercaba?.
No sólo asumió y cumplió ese compromiso, sino que lo considera algo ?maravilloso. Acepté esta responsabilidad de adoptar un hijo con la intención de algún día decirle la absoluta verdad. Pero ganarle tiempo en su vida, acercándolo a sus hermanos ahora, sé que son años ganados en un tiempo futuro?.
Por esas vicisitudes del destino, que algunos llaman casualidades pero bien pueden ser otra cosa, ?una de las hermanitas de Javier había sido adoptada algunos años atrás por un compañero de trabajo. En cuanto me vieron, me dijeron no será hermanito de.. y empezamos a ver y a chequear. Y sí?.
Fue así que Javier conoció a una de sus hermanas. Y esa familia fue aportando datos de otros hermanos y los fueron conociendo. Los hermanitos de Javier; como él, están todos dados en adopción.
Entonces, cuando su primer año, de la fiesta participaron sus hermanos. ?Después empezamos nosotros a ir a algunos cumples de ellos?, celebra Cecilia orgullosa y consciente de que en este año y pico pasaron ?cosas muy fuertes?.
Y agradece el apoyo familiar, de los amigos, de los conocidos. Todo un mundo brindando su colaboración. Pero también sabe que a la noche ?cuando cerramos la puerta somos él y yo. Esta es la familia. Una familia construida para siempre. Más allá de lo que es la gracia de un bebé, de festejar y todo; saber poner límites, hábitos, todas esas cosas que son en realidad para él. Ese es un fundamento. No es un juguete, es un hijo?.
La palabra hijo -y esta vez sí, la palabra deja de ser un símbolo- suena de una manera especial. ?Es mi hijo -repite-, tengo un papel que lo dice. Tenemos una partida de nacimiento con su nombre y su apellido?.
Orgullosa pronuncia su apellido: Yrusalimsky. Orgullosa, también, el nombre: ?Javier. Un nombre de peso, que es un homenaje a su tío?.
Uno solo, que no está solo
-¿Pensás quedarte sólo con Javier?
-Primero dije que no; no me quería quedar con un hijo solo. Con los meses fui diciendo que sí. Me quedo con uno porque yo soy grande, de alguna manera; tengo 46 años, no soy una vieja, pero soy una señora grande, que tiene que pensar en darle lo mejor a mi hijo. No sé si lo más caro, pero sí lo mejor que esté a mi alcance, por muchos años por delante. Entonces yo sé cuáles son mis límites y cuáles mis posibilidades. Yo le puedo dar muchas cosas a un bebé, a un hijo, pero no sé si soy solvente como para hacerlo con dos.
La otra parte era no dejarlo ser hijo único. Y no lo dejo, porque ya tomé el compromiso de vincularlo con sus hermanos y él ya se encuentra con sus hermanos. Una de las hermanitas viene acá, pasan la tarde juntos, viene a las fiestitas del jardín con nosotros. También están los otros, a los que vamos a sus cumpleaños. No es hijo único, él tiene hermanitos. Entonces ya está: me quedo con uno.
-¿Es el benjamín de tu familia?
-Es todo único en la familia; primer y único nieto, primer y único sobrino. Es todo único por ahora. Es muy malcriado pero muy bien educado. No le están admitidos los caprichos, sí los de bebé, pero tiene sus límites. Ser único y haber llegado no por la panza sino por el corazón no lo hace diferente a la hora de los respetos ni el respeto a los valores. Para mí es fundamental.
-Si tuvieras que darle un consejo a una mujer que como vos pensó en adoptar siendo sola o ?mayor?, como te definís…
-Les recomiendo y les sugiero fuertemente de corazón que no lo duden. La duda por el prejuicio social existe. Hay gente que dice que antes lo hubiera hecho y si no lo hice en su momento ahora es tarde. Es preferible hacerlo, a lamentarse de no haberlo hecho. Realmente entendido, desde la filosofía que tiene que ser, es un hijo. No existe un tarde para eso. Hay otras posibilidades, no solamente un bebé chiquito para una mujer sola, sino un chico un poquito más grande. Porque hay que tener ganas de tener un bebé y levantarse a las tres o a las cinco de la mañana, siendo ya una persona grande. Pero hay chiquitos que no son bebés y están esperando por una madre.
Mi consejo es no se queden con las ganas de tener un hijo.
Yo entiendo situaciones y no juzgo a nadie, pero otro consejo es que traten de hacer las cosas por la vía que les asegure a los chicos que tengan un documento, un respaldo, que puedan conocer realmente su identidad. No juzgo otras situaciones. Yo elegí esta y me tentaron muchas veces a otras opciones. Cada uno sabe qué es lo que hace y qué es lo mejor que le sale. Y a mí me salió un hijo hermoso.
Doy testimonio de una experiencia muy positiva.
-Cuando hablás de prejuicios sociales, ¿a qué te referís?
-Prejuicios como `yo tengo un chico adoptado pero no quiero que sepa o le quiero borrar la historia anterior` si es un chico más grande. A lo mejor lo hacés desde la mejor intención, pero uno no tiene derecho a borrarle la historia previa a nadie. Mi hijo vivió tres meses en un pequeño hogar que tiene supervisión del Juzgado, donde hay un equipo técnico sólido y yo no quiero desconocer que los primeros tres meses de vida de Javi fueron ahí. Yo los respeto, pero hay gente que se lleva el chico y cuando termina el proceso no quiere ni pasar por la cuadra.
A nosotros nos invitan cada vez que hay un cumpleaños en el hogar. Todavía hay nenes más grandes que vivían ahí cuando estaba Javi. Y vamos, obviamente. Llegará el día que no vaya más porque ya no habrá nenes con los que convivieron, pero mientras tanto no quiero dejar de reconocer ese trabajo de esas chicas con quienes tuvo el primer baño, la primera salida a la plaza.
-Mientras esperabas por Javier o incluso después, ¿tuviste contacto con otros padres que adoptaron?
-Tengo gente muy cercana que tiene hijos adoptados; compañeros de trabajo. En Tandil hay tantas familias con hijos adoptados que no se dan una idea. Das vuelta a la esquina y te encontrás con alguien que adoptó un chiquito o conoce a alguien que adoptó. Cuando te querés acordar, estás indefectiblemente relacionado. Cada uno cuenta desde la experiencia que le tocó: acá, en el norte o donde sea. Cada uno eligió su camino.
La gracia de la felicidad
La noche temprana de abril comienza a caer despacio sobre el parque de la casa de calle Pozos. Javier arremete con lo que podría definirse como una corrida; presenta el perro que supo ser lanudo.
A su manera, nos despide (con una sonrisa), mientras Cecilia lo alza, le mete la remera en el pantalón para tapar la panza que había quedado al aire.
Faltaba un solo gesto. Uno que tornara innecesarias todas las palabras que se dijeron a lo largo de casi una hora de entrevista (y las que se conjugaron en esta nota).
La mujer le pregunta al hijo en brazos ?¿de dónde saliste vos??.
Javi la mira a los ojos y apoya las dos manitos en el corazón de su mamá. ?De acá?, dice y los dos se ríen y se abrazan y uno sospecha que hay un mar de lágrimas que de un momento a otro inunda todo el parque, la casa, la calle Pozos…
Pero Cecilia simplemente agradece. Y la palabra gracias parece sonar amable pronunciada por ella. Vuelve a repetirla y no es amabilidad, es felicidad. Pura.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
Este contenido no está abierto a comentarios