Mala palabra
Por Marcos Gonzalez (marcosggonza@gmail.com)
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailHay palabras que nacen feas. No importa lo que signifiquen. Tampoco si son demasiado modernas o pasaron de moda. Son feas; suenan feo.
Lógicamente, en cuestiones de estética, la subjetividad juega un papel importante. Dicho esto, debo aclarar entonces que hay palabras que a mí me suenan feo.
Por caso, cacofonía me resulta una palabra poco agraciada. Justamente ella, que pretende definir el sonido desagradable de dos sílabas parecidas que se chocan.
Parafernalia, sonsacar, peristilo, tarifario también me parecen horribles. Afortunadamente, algunas pasaron de moda y ya no se utilizan (miriñaque), otras, en tanto deberían ser rescatadas por alegres y musicales (saltimbanqui).
A la luz de las nuevas tecnologías y la españolización de determinados conceptos, nos topamos con espantos como mercadeo o escanear.
Creo que mi antipatía hacia los edificios me viene del día que me enseñaron en la escuela que se llamaban rascacielos. Antipatía que encontró con los años razones menos caprichosas que el sonido de unas cuantas letras juntas.
Estoy grande, pero ya en mis años de infancia había palabras antiguas. El cura Baltasar nos decía "vamos a ver unas filminas" (diapositivas quizás o embriones de power points). Filmina me hacía reír, por antigua y por fea; pero era inofensiva. Ninguna palabra que tenga tantas ies puede hacerle mal a nadie (salvo filicidio y otros tantos cidios).
¡Pero rascacielos! Nada bueno puede depararnos un rascacielos.
Hasta no hace mucho, Tandil era una ciudad achatada. Alcanzaban los dedos de una mano para contar los edificios que había en el pueblo. Desde la cima del Parque, se identificaban claramente: el de La Tandilense, el de Relojería Ceccón (Rodríguez y Sarmiento), el de España y 9 de Julio, un par más y sanseacabó (otra palabrita que se las trae).
De un tiempo a esta parte han crecido como yuyos en primavera. Y si Nueva York no fuera lo que es, iríamos en camino a convertirnos en la ciudad de los rascacielos.
Afortunadamente, desde hace cinco años rige una ordenanza de Plan de Ordenamiento Territorial que limita la altura y proliferación de estas torres (cri cri..: ejército de grillos saludando al piadoso manto de silencio que cae sobre excepciones, multas y otros artilugios).
Entre otros sinsabores, los rascacielos traen consigo el certificado de defunción de los patios. Los propios, lo que ya es un problema; pero también los ajenos, y acá sí que hay una injusticia.
El patio, el fondo de casa, es un ambiente tan íntimamente sagrado como la habitación o el baño. No importa si es un parque con piscina o un cuadrado donde apenas cabe la pelopincho. El patio es el territorio donde rigen las leyes propias y familiares; es la comarca del asadito al aire libre, de los mates a la tardecita, de los malvones que esperan el riego, del picnic improvisado en las noches de enero, es el territorio donde reina a su antojo el perro que encontramos en la calle.
El patio es también el paraíso de los tímidos, el único lugar en el mundo donde el sol y la luna (y las lluvias y las noches y las caprichosas formas de las nubes y los cantos del benteveo) son sólo nuestros
De un tiempo a esta parte, esos pequeños paraísos han quedado expuestos a la mirada de los otros. Nuestra preciada intimidad, a merced de pícaros y aburridos, de curiosos o desentendidos, de respetuosos e insolentes.
Como una muerte trágica y violenta (como cuerpos sin cubrir tirados sobre el pavimento), nuestros patios van desapareciendo. Rápida e inexorablemente. Y a la vista de todos.
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