Maquillajes
En un hecho político inédito en la era K, la presidenta Cristina Fernández se colocó ayer cara a cara ante los periodistas para, en rueda de prensa, ventilar los principales lineamientos de su Gobierno.
Ejercicio saludable, si los hay, sobre todo si viene de parte de una gestión que ha hecho del ensimismamiento una de las razones de su ser. De la soberbia y la descalificación constante, su marca registrada.
Pero apenas se encendieron cámaras y micrófonos, la sociedad volvió a asistir a un montaje que, a contrapelo de Carlos Indio Solari y su hit más logrado, no fue curioso ni entretenido.
Inmediatamente, quedó confirmado, en vivo y en directo, y por si hacía falta, que el estilo gobernante está intacto. Primera señal negativa. No sería el problema mayor, apenas uno de formas, sino por lo que ellas connotan para una gestión que se ha movido más sobre la base de lo gestual que efectivamente sobre las cuestiones concretas. Muestras, sobran.
Ahora bien, la suposición oficial de que un tenue viraje en la faz comunicacional alcanza para recuperar el espacio, la iniciativa y las adhesiones perdidos, es poco menos que una falta de respeto, un insulto a la inteligencia de los ciudadanos. Sin medias tintas.
Horas antes, el operativo maquillaje había comenzado con el desembarco de Sergio Massa, obligado a posar y convivir ?y a ¿obedecer?- con los ultrapingüinos más piantavotos de la era kirchnerista.
De no ser así, no se explica cómo la Presidenta volvió a pasar revista, coqueta y altiva, a los actos de un Gobierno que considera más bien impoluto. Irreprochable. De forma y de fondo. A no admitir yerro alguno, a ratificar rumbos, políticas y funcionarios cuales artículos de fe K. De autocrítica, nada. De persistencia en el error, casi todo.
Está más que claro que no ha hecho una lectura adecuada de la realidad que la circunda, seguramente porque su alter ego confrontativo se empecina en proseguir la batalla contra los medios de comunicación, entre otros múltiples enemigos inventados. Ergo, no lee los diarios. Construye, como gusta decir, su propio relato de una realidad sólo concebida por una mesa cada vez más chica. Y una brecha con lo cotidiano, cada vez más grande.
Y las oportunidades se le siguen escurriendo, como arena entre los dedos.
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