Marcos Casanova: el humor
Por Carolina Cordi
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailDe hace unos cuantos años a esta parte, Marcos Casanova se ha instalado en la escena teatral a través de la comedia. Ha ganado seguidores, el respeto y el cariño del público. En esta entrevista cuenta su historia con el teatro y aquello que lo vincula a encontrar la risa en lo cotidiano.
Si bien trabaja hace muchos años en la Usina, cuando le preguntan cuál es su profesión, Marcos Casanova dice “actor”. Y uno podría agregar: director, escritor, referente.
Hace tiempo se ganó el cariño del público y de los compañeros y sigue cosechando los frutos de un trabajo arduo y comprometido que inició con la comedia hace casi quince años.
Marcos cursó la Licenciatura en Juegos Dramáticos en la Facultad de Arte de la Unicén, hizo distintos talleres de teatro, clown e improvisación en el Club de Teatro dirigidos por Marcela Juárez y Alejandra Casanova.
Inquieto y ávido de aprendizaje, cursó el taller de improvisación teatral dictado por la compañía “Sucesos Argentinos”, el taller dictado por representantes de la compañía italiana Darío Fo, el curso de dramaturgia dictado por Natalia Pizzuto en Capital Federal e hizo clown para avanzados a cargo del maestro Claudio Martínez Bel.
Es integrante del grupo de teatro Correveydile como actor, escritor y músico.
Integró el elenco estable de la Comedia Universitaria del Centro al ser convocado para trabajar en “Babilonia” de Discépolo. Con esta obra tuvieron el primer premio en el Certamen Regional de Teatro en la ciudad de Azul, luego ternado en el Certamen Provincial de teatro realizado en Tandil.
En 2012 recibió un premio en “Reconocimiento al carisma, trabajo continuo y conquista del público tandilense” otorgado por la Municipalidad de Tandil en el marco de la inauguración del Mayo Teatral en el Teatro Municipal del Fuerte.
Fue integrante junto a “Pepo” Sanzano del grupo de teatro infantil Laverapasta con el que realizaron giras por el interior de la Provincia de Buenos Aires.
Además, tiene a su cargo grupos de taller de teatro en el Club de Teatro, de adultos y de adolescentes, para los cuales escribe y dirige producciones teatrales.
Los comienzos con Correveydile
-¿Cuándo empezaste a trabajar con tus propios proyectos?
-Empecé con Correveydile, de manera grupal con Nacho Claret y Sergio Saltapé. Luego se nos unió Daniel Mutti. En los comienzos del año 2000 el grupo fue pionero en la comedia.
-¿Cómo caracterizarías lo que hacían?
-Eramos bastante inconscientes, todos alumnos del Club de Teatro que empezamos a conformar este grupo de humor que generó toda una creación colectiva.
Nos juntábamos a escribir, nos dirigíamos, después nos supervisó Pepo Sanzano, luego llegó Christian Roig, un gran director que tuvimos. Finalmente continuó Mario Valiente, que es nuestro actual director.
-¿Cómo definirías a Correveydile?
-Era el absoluto universo teatral. Todo tenía que ver con el teatro; no había nada fuera del teatro que no tuviera que ver con Correveydile. Nadie pensaba siquiera en hacer otra cosa que no fuera con el grupo.
-¿Qué fue pasando?
-Estuvimos con “Adorables perdedores”, “Hacen un descontrol remoto”, “Hacen un son reído”. Luego escribimos un espectáculo entero que se llamaba “Seven art” que no estrenamos. Después hicimos “Come back”, que fue como una vuelta. Finalmente regresamos hace unos años con un espectáculo “Tocata y fuga por el Fondo”. Siempre estamos en contacto con los chicos. Son referentes míos en todo. Nosotros decimos que nunca nos separamos, tenemos asados dos veces por mes.
-¿Qué los hizo llegar a la comedia?
-Es lo que nos salía naturalmente. A la hora de ensayar no surgía un drama. No lo planeamos. Además Correveydile era un humor muy sano, muy abarcativo. Tenía mucho del stand up, la estudiantina, el absurdo, el ridículo. El objeto de ridículo éramos nosotros. No se trasladaba al público ni a un tercer personaje. A veces la gente decía: “no pueden ser tan pavos los comentarios”.
Es el humor que nosotros cultivamos íntimamente, es nuestro código. Somos capaces de estar llorando de la risa. Si alguien nos mirara de afuera, no podría entender.
Otros caminos
-¿Qué pasó luego de Correveydile?
-Nos abrimos y eso fue muy importante para la carrera de cada uno de nosotros. Yo di clase, primero surgieron los proyectos como ”Aguante los redondos”. Pepo me llamó por teléfono, me contó de qué se trataba y me encantó la idea. Yo había hecho otras cosas a la par de Correveydile, como cuando fui convocado por la Comedia Universitaria para hacer “Babilonia”, un clásico de Discépolo. También hicimos “Porteños”, que tuvo un éxito impresionante. Desde ahí el camino se fue abriendo solo.
-Después te llamó Elías El Hage.
-Fue un quiebre. Y voy a estar siempre agradecido. Me llamó para hacer dos de sus obras “El monólogo del cornu…” y “Lo que mata es el viejazo”. El me convocó como autor, yo elegí la dirección.
-Contame de las experiencias con cada obra.
-El monólogo ya lo había hecho Jorge Bruno. Yo había tenido monólogos de esa extensión, era de una hora y media. Mi referente de dirección era Mario Valiente. Así que cuando empecé con el monólogo lo llamé a él. Comenzamos con la letra, con las pautas pero, faltando un mes y medio, él tuvo un inconveniente personal y se tuvo que ir. No sabíamos cómo seguir y, de un día para el otro, me quedé con un monólogo y sin dirección. La llamé a mi hermana para que me diera una idea de qué hacer y en esa charla telefónica nació la dupla con Alejandra.
-¿Qué te cautivó del monólogo?
-Que era todo un desafío. Fue la primera obra que comercialmente resultó un “boom”. Elías quería todo y estaba bien. En ese momento hizo un gran esfuerzo y me parecía que era algo distinto.
La publicidad es muy importante, es “la campana” que llama a la gente. Él hacía sonar muy bien “esa campana” por sus ideas. La obra se estrenó y fue un furor. Hicimos cien funciones.
-Siguió “Lo que mata es el viejazo”.
-Fue una obra muy linda, dimos unas veinte funciones a sala llena. Yo llegaba al Teatro del Fuerte y había puestos de pochoclo en la puerta, lo que era una imagen muy grande para mí. Eso me llamaba la atención.
Además, al ser un monólogo, yo quedaba solo en el camarín y sabía que había 500 personas en la sala y mi hermana, en la cabina, del otro lado.
Era un placer muy enorme, la obra era muy divertida y la gente realmente se reía a carcajadas.
-¿Qué te parece que destacó a estas obras de otras?
-Esas obras tuvieron la popularidad con la que Elías escribe y la impronta que le dimos desde el escenario. Eso trajo al público que no tenía nada que ver con el teatro y, para el cual, una salida a ver una obra no formaba parte de una opción en Tandil. Estábamos solitos con la gente que, por primera vez, iba a ver teatro.
Hoy día el teatro está dentro de las opciones, antes “la campana” tenía que ser dirigida a la gente que venía. Gracias a ese esfuerzo, ahora vas a la despensa o al mecánico, te saludan y te dicen que fueron a verte. Se amplió el universo de gente que nos va a ver.
-¿Cuál pensás que es la fórmula que dio tanto resultado?
-Tiene mucho que ver con el costumbrismo, el objeto de la risa, de la observación que no pasa al personaje, sino al mismo espectador. Vos te sentás ahí y te ves a vos mismo, o a miembros de tu familia caricaturizados. Hace que te mires a vos mismo, descontractures todas esas cosas que te hacen renegar todos los días y que puedas transformarlas en risa.
Que un tipo no pueda levantarse de la cama porque le duele la cintura, y que se encuentre de repente separado y que la ex mujer lo moleste, que se sucedan todas esas cosas, en la vida cotidiana te molestan, pero cuando lo ves en el escenario, es maravilloso.
Cuando empezás a notar que el personaje recuerda las mismas cosas que vos, que a todos nos pasa lo mismo, se produce una empatía. Hay relatos y anécdotas que nos pasan a todos y trascienden horizontal y verticalmente a toda la gente. La risa es una de las necesidades más evidentes que tenemos.
Imaginate que, con Correveydile, el momento en que más llenamos fue 2001, cuando De la Rúa estaba yéndose en helicóptero. El teatro reventaba porque no hablábamos de De la Rúa, ni de ningún político, éramos un grupo riendo de pavadas.
En cartel
-¿Fue el inicio de los éxitos comerciales?
-Con Correveydile tuvimos un gran éxito, a teatro lleno. Hemos hecho cientos de funciones con el grupo, entonces ese fue el comienzo. En ese momento Javier Pianta hacía lo comercial. Eso se dio desde el principio.
-A veces se hace la distinción entre obras que tienen suceso comercial y otras que no. ¿Qué pensás de eso?
-A mí me encanta que la gente vaya al teatro y que elija lo que yo hago. Esa pelea que hay entre lo comercial y cultural me parece de una banalidad inmensa. Creo que tiene mucho que ver con la falta de compromiso de hacer sonar esa “campana”. El teatro está hecho para la gente y yo quiero que me vengan a ver.
-¿Decís que hay prejuicios cuando una obra recibe mucho público?
-Creo que hay un prejuicio generalizado -y no es local- que cuando a una obra va mucha gente, ésta se tiñe de un barniz comercial. No creo que eso sea cosa del público, está en nosotros mismos el prejuicio. Con el grupo que formo, cultivamos las comedias, es un género maravilloso.
Empezar a escribir
-¿Cómo llegaron los textos de tu autoría?
-En 2008 empecé. Escribí “Calzonudo y punto”, “Putanesca” y este año, “Mi madre es una gloria”.
“Calzonudo…” es una obra muy sencilla, casi un domingo a la mañana de cualquier casa. El tipo quiere estar tranquilo, ver la carrera. Trabaja todo el día y no quiere hablar con nadie y la mujer está todo el día adentro y sí tiene ganas de charlar. Fue una sorpresa, porque la gente se volvió a reír. Hicimos casi cien funciones con temporada en el teatro auditórium de Necochea.
Después vino “Putanesca”, cuando el mismo matrimonio de “Calzonudo” se va de viaje a Buenos Aires para celebrar sus treinta años de casados. Ahí llamamos a Piero. Y Claudia Gayo continuó conmigo. Su personaje quiere hacer en dos días todo lo que se te pueda ocurrir y el tipo ya no quiere saber nada. Ahí van a una canina de la Boca y ella, acostumbrada al marido que es una bestia, se encuentra con el cantinero que le coquetea y se copa. No es que lo siga, pero se siente halagada.
Estas obras tuvieron la característica de una escenografía muy desarrollada. En “Putanesca” había una cantina de La Boca, se apagaba la luz y, a los segundos, estabas en una habitación. Luciano Enríquez fue el responsable en las dos primeras obras de hacer la escenografía.
-¡Continúas en el camino de escribir tus propias historias?, ¿qué se viene?
-Tengo una obra escrita que se estrena en Capital, ahora también estoy escribiendo otra obra. El trabajo de creación es, para mí, un proceso continuo y extemporáneo a las presentaciones. Me costó mucho conseguir esa regularidad pero ahora estoy en eso.
“El Flete”, que se verá en noviembre, es para tres personajes, una comedia dramática con toques de policial. Se estrenará en el teatro Bambalinas de la calle Corrientes, en Buenos Aires. Actuarán Cristian Majolo, Juan Martín Novas y Juan Martiotti. Fue tomar otro camino.
Buenas opciones
-Desde que comenzaste a escribir las obras te acompañó Claudia Gayo, ¿qué te hace convocarla?
-Es un hallazgo importantísimo en mi carrera. Es de las mejores actrices que yo he visto, y no a nivel local. Tiene una ductilidad impresionante. Eso está relacionado con muchas cuestiones: con la persona que es, con la responsabilidad que pone y su compromiso. Los toma como propios a los proyectos. Llega primera, se va última. Es una divina y trabajar con ella es un placer, entonces nos cuesta terminar los procesos, porque es un disfrute trabajar juntos.
-Se volvieron a encontrar en “Mi madre es una gloria”, ya con una historia más conmovedora.
-Cuando estaba escribiendo la obra ya me daba cuenta que tenía otra visión. Pero me encantó el proceso, porque es una historia con mucha carga y sensibilidad. La obra es muy divertida también. Enseguida de la risa está la emoción que subyace a la historia, porque cuenta la relación entre una madre y su hijo. Es una señora que se puso grande y el hijo intenta cuidar de ella porque, a su manera de ver, no responde a su ideal de mujer independiente. La madre actúa con rebeldía, discute todo por discutir. En eso todo se mezcla muchísimo amor.
-¿Qué te hace elegir a tu hermana a la hora de buscar una dirección?
-Confío mucho en ella y descanso en su dirección. Uno, como actor, tiene que estar plenamente seguro del proceso, tener total libertad de poder apuntar a aquellas cuestiones que son de la dirección sin ocupar ese rol. Yo creo que con Alejandra no tuve la necesidad de hacerlo, pero sí algunas sugerencias.
Yo me ocupo de mi rol de actor, estudio y hago. Sé que es una persona que no toma decisiones apresuradas. Va haciendo su trabajo de tal manera que vas cambiando sin querer y, al final del proceso, uno se da cuenta que el personaje se fue esculpiendo.
Además tiene una versión del teatro muy particular y abierta, global. Dirige al actor pero, más que nada a la obra, a la relación entre actores y de los actores con el mundo al que se dirigen y del cual se nutren. Eso para mí es muy importante. Yo la elijo como directora. Ella es mi referente a la hora de sentarme a escribir. Más allá de la visión estrictamente técnica, ella te da una devolución global del texto y la obra.
-¿Qué sentís que te brinda la comedia?
-Yo vivo en paso de comedia, he cruzado por tragedias y miserias humanas y he sufrido, también he estado muy feliz, pero mi catarsis tiene mucho que ver con la comedia. Esa es mi condición natural. Cuando uno tiene un mal de amores, generalmente, ponés un lento y escribís un poema. Bueno, yo no, sino que escribo un sketch, que seguramente será de lo más cómico que he escrito. Yo me río mucho de todo. Todo lo trasmuto como ejercicio de vida, sin siquiera planearlo.
Estoy muy agradecido con el público. Antes se decía que era muy difícil e inaccesible y eso es mentira: la gente de Tandil va a cualquier espectáculo que le gusta y te recomienda; todos son cálidos y gentiles. En la ciudad ha explotado el teatro, es impresionante la cantidad de espectáculos que hay, de todo y para todos.
Generar una carrera en Tandil, donde la gente viene a verme, me hace muy feliz. Tener eso acá es impagable.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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