Márgenes de tolerancia
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
Hace algunos días recibí un mail, a propósito de alguna columna que seguramente intentaba describir esa particular forma de ser que tenemos los tandilenses. Uno dice particular forma, y la descripción quizás suene desmesurada, como si realmente fuésemos seres distintos a los tresarroyenses, azuleños o a los nacidos en Balcarce.
Quienes vivimos en una misma región somos más o menos parecidos: nos soplan los mismos vientos, nos mojan las mismas lluvias, nos cantan los mismos pájaros. Tal vez tomando un poco de distancia alcanzamos a dimensionar lo parecidos que somos. Por caso, para los cordobeses somos todos porteños. Y por más que uno se esmere en explicar las diferencias entre nosotros y los que viven en Capital, y el cordobés admita con cara de comprensivo, a poco de irnos va a seguir pensando que somos todos porteños. Con mayores argumentos, incluso.
Hay, no obstante -y aquí lo del inicio de esta columna-, alguna particularidad que hilando bien finito nos identifica, nos distingue o nos iguala. Como se lo quiera ver.
El autor de ese mail ponía el acento en un par de esas características que seguro no son de nuestra exclusividad, o sea que no nos hacen únicos, pero que tampoco nos son ajenas: la prepotencia y la intolerancia.
Hay actitudes prepotentes que se manifiestan a la hora de andar en auto o de hacerse una casa; a la hora de pedir un turno al médico o de comprar un par de zapatos. La prepotencia es esa manifestación de superioridad y dominio, fundamentada generalmente en el abuso del poder. ¿Hay que ser poderoso para ser prepotente? No: hay que creerse poderoso.
La intolerancia, en tanto, es la falta de respeto a lo diferente, el rechazo a lo distinto, la rigidez irracional de las ideas propias.
Por estas horas, en el contexto de la presencia del Indio Solari en Tandil, he escuchado, leído y visto las más abarcativas manifestaciones de intolerancia y prepotencia.
Y por aquello de la paja en el ojo ajeno, me di el margen suficiente como para analizarme yo mismo frente a este fenómeno. La primera reacción fue complaciente. Me bastó un ejemplo para redimirme: al lado de mi casa viven unos pibes que recibieron la visita de otros pibes que seguramente vinieron al recital. La cuestión es que durante la noche del viernes y la madrugada del sábado un desentonado coro ricotero interpretó a capela y a viva voz el repertorio completo de Los Redondos más los tres discos solistas del Indio, con algunos bises. Todita la noche. De tanto en tanto me despertaban los gritos y pensaba qué hacer. Concluí que al fin y al cabo era una sola noche y el mal no era tan grave.
Por lo demás, no me hicieron pis en el jardín ni me pintaron las paredes ni cosas mayores. Tres o cuatro botellas tiradas en la vereda y nada más.
Ahora bien: ¿puedo permitirme la intolerancia para con el tipo que debió padecer algo parecido o peor? Y en este caso, no salí bien parado del autoexamen. Lo primero que me surgió es criticarlo, acusarlo de intolerante.
Pero una cosa es quejarse de que la juventud está perdida porque fuma y se emborracha a plena luz del día, y otra protestar porque le usaron el zaguán de baño público.
Sí creo, entonces, que hay cosas que se pueden prever, contemplar, como para que la fiesta sea más o menos en paz para todos: los `del palo` y los que no lo son; los que vienen y los que están. No es el primer recital de esta magnitud (de hecho, el tercero o el cuarto), o sea, a nadie debió tomar por sorpresa el aluvión de gente. Menos aún a los que no se deben dejar sorprender.
Una cuadrilla de 15 obreros al otro día para comenzar a limpiar una ciudad que recibió a otra ciudad, es poco menos que ineficiente.
La distribución de contenedores para basura y baños públicos en distintos puntos de la ciudad durante el fin de semana es, a esta altura, una obligación por parte del Municipio. Lo que no quiere decir que los gastos corran por cuenta del Municipio, o sea de todos.
Lo reconoció el Intendente: la gente que vino al recital dejó 45 millones de pesos en la ciudad. No debe ser tan complicado llegar a un acuerdo con quienes se ven beneficiados con semejante cifra, como para hacerse cargo de los costos mínimos de operatividad.
La mayoría de los tandilenses no vio ni un solo centavo de esos 45 millones. Es justo que no sea esa mayoría la que tenga que pagar los platos rotos, o mejor dicho, lavar los platos.
Por otra parte, se supo -aunque no a través de un parte oficial- que se produjeron incidentes en la entrada al Hipódromo entre la policía y quienes intentaban pugnar por entrar gratis una vez iniciado el recital. Hay tres preguntas por hacerse: ¿cuántas entradas se vendieron a un valor de 180 pesos cada una: 60 mil, 70 mil, más? ¿Cuántas personas quisieron entrar gratis: 500, 600, 1.000? ¿Era necesario llegar a estos enfrentamientos en los que varios resultaron heridos con balas de goma o piedrazos?
Es cierto, tenemos una innata tendencia a la intolerancia y a la prepotencia.
No es necesario potenciarlas.
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu emailMás de 143 años escribiendo la historia de Tandil
Este contenido no está abierto a comentarios