Martín Gascón, una mente brillante
A los 14 años supo que quería ser físico. Por entonces le sobraban las preguntas, los porqués y los cómos. El consejo de un profesor y la sabiduría de un libro terminaron por definir esa vocación.
Hoy Martín Gascón es doctor en Física Nuclear, recibido hace poco menos de un mes en Santiago de Compostela, España. En febrero lo espera un trabajo como investigador en la Universidad Stanford (California, EE.UU.) una de las mecas para los físicos de todo el mundo.
De paso por Tandil, desde donde partió hace 15 años y donde mantiene familiares y los “amigos de toda la vida”, habló con La Vidriera sobre su pasión, sus estudios, las expectativas y el futuro, aún por construirse. Martín Gascón es una de las tantas mentes brillantes tandilenses en el mundo.
-¿Dónde hiciste la escuela primaria?
-Empecé en la Escuela 5, donde hice hasta sexto grado. Después entré en el San José, donde terminé la primaria y e hice todo el secundario. Luego comencé a estudiar Física en la Unicén. Estaba en tercer año, cuando decidí irme a España, donde tenía familiares. Quería seguir estudiando y probar suerte. Pero la jugada me salió mal ya que me quedé sin plata enseguida y me tuve que poner a trabajar. Estuve cuatro años trabajando de cualquier cosa: cortador de fierros, repartidor de café, de todo. Al cuarto año de estar trabajando allá conseguí el sueldo de desempleo y así pude retomar los estudios.
-Tu idea original era esa: continuar con tus estudios en España.
-Claro, siempre quise volver a la física. Me había quedado con la espina clavada. Y me había ido con esa idea. Hice un pase de mi expediente universitario, pero de los tres años que había hecho acá en Tandil sólo me reconocieron dos materias. Así que a los 26 años comencé prácticamente de cero con los estudios, en la Universidad de Zaragoza. Allí hice los cinco años, y en el último año me fui a Alemania. Me recibí de licenciado en Física.
-¿Y después?
-Después de recibido me ofrecieron una beca en Santiago de Compostela para hacer el doctorado y la acepté. Fueron cinco años y terminé la tesis del doctorado el 10 de diciembre pasado.
-¿Costó mucho?
-Sí, mucho.
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-¿Cómo encontraste a Tandil en este regreso?
-Más grande, se nota el crecimiento exponencial que tiene. Hace 15 años que me fui y esta es la tercera vez que vengo. La primera fue hace nueve años y la última, hace cuatro, en abril del 2007. Tandil está grande y lindo. No así Buenos Aires, que no me dio una buena impresión.
-¿Cómo sigue ahora tu futuro?
-El doctorado que tengo es europeo. Hace dos meses fui a una conferencia a Estados Unidos y conseguí trabajo en la Universidad de Stanford, como investigador. Stanford es la segunda universidad del mundo, después de Oxford y en física es una de las mejores; hay 20 premios Nobel que salieron de ahí o trabajaron ahí. Es un sitio ideal para un físico, te da muchísimo currículum.
Ahora, el 16 regreso a España y el 16 de febrero comienza mi contrato en Stanford. Voy a irme antes, a principios de febrero para conseguir departamento y conocer un poco más. Yo ya había estado en la Universidad de Berkeley dando una conferencia y también me gustó mucho.
-Significa todo un cambio, nuevamente.
-Sí, pero me fui acostumbrando, ahora me cuesta menos. La gente de España, por ejemplo, no se va muy lejos. Pero yo lo he hecho tantas veces, empezar de cero en un nuevo sitio, que no me resulta tan complicado. Ya soy como un ciudadano del mundo. Ya uno no sabe ni de dónde es. Si estoy acá soy gallego, cuando estoy allá soy argentino.
Cerebros latinoamericanos
-¿Sos ciudadano español?
-Sí, porque mis viejos son españoles, así que conseguí los papeles. Intenté hacerlos acá, pero estuve dos años y no me los dieron, así que tuve que empezar todo de nuevo allá, hasta que los conseguí.
-¿En ámbitos académicos existe también esa mirada recelosa hacia el extracomunitario o hacia el sudamericano?
-No. De hecho lo que está pasando en España es que muchos de los estudiantes de doctorado y de posgrados son en su mayoría extranjeros y fundamentalmente latinoamericanos. Es algo que se dio en los últimos siete u ocho años. Cuando yo empecé era muy raro ver a un estudiante latinoamericano, pero cuando volví a Zaragoza la situación había cambiado. Casi la mitad de la gente que está estudiando el doctorado es de Chile, México, Paraguay, hay latinoamericanos en todos lados. Los españoles no quieren estudiar. Tal vez porque el nivel de vida es muy alto y los chicos quieren estudiar cada vez menos. Es un fenómeno que se da a nivel mundial, también pasa en Estados Unidos. Entonces van tomando cerebros de cualquier parte del mundo. La gente no quiere estudiar carreras que sean difíciles. El 40 por ciento de los doctores en Estados Unidos son extranjeros, y el número va en aumento.
-¿Con un título de grado alcanza para tener un buen vivir?
-Depende dónde. En Estados Unidos sí. En España si conseguís una beca, podés vivir y hacer el doctorado. Son unos mil euros que significa un sueldo promedio en España. Parece poco, pero alcanza. En otros países se paga más.
-¿Son muy estrictos para conceder una beca?
-Hay que cumplir con ciertos requisitos. En principio, buenas notas. A partir de 7 la gente puede optar para una beca, pero se otorgan 60 becas para toda España.
Campo de acción
-¿Cuál es el campo de acción de tu especialidad?
-Lo que hicimos fue un detector de 5 mil cristales para estudiar reacciones nucleares a energías relativistas. La idea es estudiar reacciones que se producen en las estrellas, en el sol. Esas reacciones aportan información para los astrofísicos, para hacer modelos en computadoras para saber cómo se formaron las estrellas. Lo que hacen con esos datos es calcular por ejemplo la abundancia relativa de los elementos en el universo. Nosotros sabemos que hay tanto hierro, tanto plomo, etc. Con estos datos podemos saber qué ocurrió en las explosiones de las estrellas en un principio y con qué probabilidad se crearon ciertos elementos y poder fijar por qué hay concentración de esos elementos.
Esa es una de las aplicaciones, básicamente estudios de reacciones nucleares con interés en astrofísica. Pero estos datos también sirven para mejorar el rendimiento de los reactores nucleares. Se estudia la posibilidad de hacer reactores para reducir la vida de los elementos radiactivos que se crean en las centrales nucleares que son de muy largo tiempo. Con esto se podría acortar la vida, para que al cabo de unos años esos residuos sean inofensivos.
También tiene aplicaciones médicas. Los mismos cristales que nosotros estudiamos en las reacciones nucleares, son los que se utilizan para hacer tomografías con positrones para la detección de cánceres. También los aceleradores que se utilizan para estudiar estas reacciones son los elementos radiactivos que toma el paciente para hacer la tomografía positrónica.
O sea, los campos de acción son la física médica, la astrofísica y la física de reactores
En Estados Unidos también se aplican estos estudios a la seguridad nacional. Entre otras cosas, permite detectar qué cantidad de uranio o plutonio transportan los barcos que llegan a los puertos estadounidenses. Hay una especie de paranoia de detectar la mínima cantidad de reactivos por el tema de la seguridad nacional. Se dedica muchísima cantidad de dinero para esos fines.
La edad de los porqués
-Recién hablabas de que ahora los jóvenes no quieren estudiar algo difícil. ¿Por qué lo quisiste hacer vos?
-Desde que tenía 14 años que quería ser físico. Siempre tuve curiosidad por saber cómo funcionaban las cosas: un televisor, un teléfono, etc. Eso te da la pauta de que tenés que estudiar una carrera científica, algo que te dé respuestas a esas preguntas. El impulso me lo dio el profesor Caselli, del San José, que me hizo leer “La historia del tiempo”, de Stephen Hawking. Es un libro muy sencillo y muy explicativo, que me terminó de despertar el interés que ya traía.
Me permitió ir encontrando respuestas a esos porqués de cómo se creó el universo o de dónde venimos.
-¿En algún momento de tu carrera te sentiste con ganas de dejar?
-Sí, durante la carrera hubo algunos de esos momentos. Empecé de 26 años con compañeros de 18 ó 20 años. Como ventaja tenía que era más maduro; sabía que me iba a costar más que a ellos, pero estaba más seguro de lo que quería. Siempre hay alguna materia que cuesta mucho. Durante el doctorado también llega el momento de crisis, cuando tenés que dar alguna conferencia, una charla en inglés, y aunque sea lo tuyo, tenés que tenerlo muy claro porque sentís el miedo escénico.
Pero el doctorado para mí fue un lujo. En los últimos cinco años debo haber tomado 25 aviones por año, no paraba. Crecí mucho, más allá de lo académico. Haber estado en el Instituto Físico Nuclear de París durante tres meses, en Alemania, en Suecia, en muchos lados; todas esas estancias, conferencias, charlas en Alemania, Italia, Francia, Corea y tuve la suerte de que lo bancaba la Universidad. Acá me hubiera sido muy difícil. Allá lo pagan las becas, que en parte las otorga el Ministerio de Educación, Investigación y Ciencia de España. Cada viaje cuesta entre dos mil y tres mil euros. Eso también te ayuda a publicar mucho, que es fundamental para un científico. En Stanford me dijeron que tuve mucha suerte, porque no hay muchos estudiantes de doctorado que hayan tenido la posibilidad de publicar tanto como lo hice yo.
El sueño de volver
-Más allá de lo estrictamente académico, ¿te queda tiempo para poder disfrutar desde otro aspecto los lugares que conocés?
-Cada viaje que hacía aprovechaba tres o cuatro días antes o después para hacer un poco de turismo. Lo hice varias veces en Estados Unidos. En 2007 fui a Carolina de Norte y aproveché para conocer Virginia. Cuando fui a San Francisco e hice escala en Miami, también me quedé para conocer. La última vez que fui a Tennessee, aproveché para ir a Nueva York, que era mi sueño conocer esa ciudad. Estás conviviendo un poco de vacaciones y un poco de trabajo. Al final, trabajás todo el año. Pero se disfruta.
-¿Dónde te ves asentado?
-Es muy difícil. Uno siempre sueña con volver al sitio donde nació. Pero se hace muy difícil.
-¿Volverías bajo determinadas condiciones?
-Y sí. Supongamos que estás en Estados Unidos o en Europa y te venís a Tandil, evidentemente, las condiciones no van a ser las mismas. Pero lo que no podés hacer es cortar tu carrera. Tenés que ver que podés seguir haciendo algo que te permita estar en contacto con el mundo, porque si no sería deshacerte de todo lo que hiciste. Sería descabellado que Argentina destine el mismo porcentaje del PBI a la investigación, porque evidentemente hay otras necesidades, otras prioridades.
-Diferencias entre el primer mundo y el resto.
-Sí, se nota. Son muchos millones los que se destinan. Pero también hay diferencias entre el primer mundo. Europa está dedicando el 3 por ciento del PBI. Cuando yo llegué a España, le estaba dedicando el 0,7, luego se lo hicieron subir a 1,2 y ahora está en el orden del 2 por ciento.
En épocas de crisis, Europa recorta dineros de la investigación, en cambio Estados Unidos lo aumenta, porque sabe que a la larga eso lo va a sacar de la crisis, la innovación.
-¿Con los afectos como te manejás?
-Mi familia está repartida. Mi viejo sigue teniendo la gomería en la Ruta 226 desde que yo era chiquito. Uno de mis hermanos está acá, se casó con una española. Tengo a mi vieja y a mi otro hermano en España. Ellos siempre están con la idea de venirse. Así estamos.
Por lo demás, los amigos siguen siendo los de siempre, están acá. Sigo en contacto con ellos. Es esa gente que te conoce de la escuela. En España hacés amigos nuevos, en la carrera, te llegan a conocer, pero ninguno al grado que te conoce la gente de acá, con los que hiciste la primaria, la secundaria, con los que viviste las experiencias más importante de tu vida, en tu etapa de formación, de crecimiento. Eso no se consigue en ningún lado. Lo revivo cada vez que vengo. La vida te cambia, algunos se casan, tienen hijos, pero cuando nos encontramos es como retomar la relación en donde la habíamos dejado. Por suerte, internet ayuda mucho para poder seguir en contacto.
El milagro alemán
-¿En caso de volver a la Argentina, te ves como docente?
-Todos los investigadores tendrían que ser docentes. De hecho en España es un requisito. Porque en cierta forma ayuda a que los conocimientos que estás adquiriendo lo vuelques a la comunidad, te ayuda a sentirte seguro, a poner claras tus ideas, te ayuda a formarte como persona y te ayuda en el sentido que estás haciendo una devolución a la sociedad por lo que te dio.
-¿Tenés conocidos en el Conicet?
-Tengo un compañero de mi carrera de física que trabaja en la Unicén, con el que mantengo una amistad de muchos años. Pero el Conicet no sé si sabe que yo existo. Creo que no.
En Italia conocí a una profesora argentina que hizo el doctorado en la UBA y hace 20 años que está dando clases en la Universidad de Verona. Está en el mismo campo que yo, el de las reacciones nucleares. Ella me explicó que el Conicet la contactó para volver. Tiene su marido que es también doctor en física nuclear y es argentino. Me contaba que uno de los estudiantes de su promoción es director de Los Alamos, uno de los centros de investigación más importantes del mundo (en Nuevo México, EE.UU.), un centro de referencia, y el director es argentino. El Conicet le propuso volver al Instituto Balseiro, que también hace física nuclear. Le dijeron `te pagamos el viaje, la mudanza, te damos un crédito de interés cero para que comprés la casa y que te vengas con tu familia y te damos la plaza fija en el Instituto Balseiro\’. Lo hicieron, le pagaron el viaje, la mudanza, le dieron el crédito para que se compre la casa y una vez que se la había comprado, la plaza en el Instituto Balseiro no salió. Estuvo parado un tiempo hasta que llamó a Los Alamos preguntando si se podía reincorporar, obviamente le dijeron que sí. Y ese hombre tiene un montón de contactos, entre ellos, esta profesora que me lo contó. Eso se expande como el fuego. Ella me decía, si le hicieron eso al director de Los Alamos, qué se puede esperar. Me parece bien que el país quiera recuperar los cerebros argentinos que hay en el mundo, pero lo tiene que hacer bien.
-Si no fuera Argentina, ¿dónde te gustaría vivir?
-España es un buen sitio. Alemania también, siempre me gustó mucho. Para mí Alemania era el desafío de ir a la cuna de los físicos, Einstein, Planck, Heisenberg… Mi duda era por qué salen todos de ahí
-¿Y pudiste resolver esa duda?
-En cierta medida sí. Aprendí que los alemanes son más bien prácticos. Comparando las carreras de física de Alemania con la de Tandil, puedo decir que la de acá es más difícil. A nivel teórico es mucho más difícil. A nivel práctica nos llevan años. Por el dinero que le dedican y por lo que les exigen a los estudiantes, más independencia. Son menos inductivos. En un laboratorio de acá, le preguntás al profesor qué tenés que hacer, y te va dando los pasos uno por uno. Se lo preguntás allá y te responde: `vos sabrás…\’. Tenés que investigar; ahí están los aparatos te dicen, y la práctica no dura cuatro horas, dura lo que tiene que durar: dos, tres días una semana, lo que te lleve. Crecen como investigadores porque tienen que sacar las papas del fuego. Lo tienen que hacer por sí mismo. Y eso es mucho más fácil.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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