Más testigos huidizos, un careo y nuevas pruebas contra los acusados del homicidio
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailAyer se concretó la cuarta audiencia por el juicio que procura definir la suerte procesal de Matías Concha y Angel Jesús Molina, acusados por el homicidio de Marito Maciel, en la madrugada del 3 de marzo de 2013, en las puertas de Sol Disco.
En medio de la continuidad de los testimonios caracterizados por la ambigüedad y falta de precisiones sobre aquellos que formaron parte directa o indirectamente de la reyerta callejera que terminó con una muerte, la escena saliente de la jornada sucedió cuando las partes peticionaron al Tribunal el careo de dos testigos, ante precisamente sus contradicciones a la hora de describir sus respectivos roles en la escena violenta de aquella madrugada fatal.
Se trató de los dos soldados que integraron el grupo de personas afines a los imputados, que estuvieron antes, durante y después de la pelea, y quienes a la hora de declarar se diferenciaron a la hora de ubicar a Concha y, en especial a Molina, en tiempo y espacio de aquella escena violenta.
Frente a sus contradictorios relatos, se dispuso el careo de ambos testigos (algo poco usual hasta aquí en los juicios locales), y si bien cara a cara ambos se mantuvieron en sus convicciones, dejó margen para que las partes tomaran de cada uno de ellos a la hora de considerarlos o no en pos de sus respectivas hipótesis, a traducirse en venideros alegatos.
Aún resta escuchar a otros tres protagonistas, los cuales será el venidero lunes por la tarde, tiempo que dispuso el juez Guillermo Arecha y compañía como cuarto intermedio. Serán los últimos testimonios que completarán la crónica judicial en la que se ventiló toda la prueba producida para el debate.
Posteriormente, con fecha a confirmar, será el tiempo exclusivo de fiscal y defensas para sus alegatos con sus respectivas pretensiones para, a la postre, aguardar por el veredicto y eventual sentencia, sobre la cual ya se podría especular con algún pronóstico, pero frente a los vaivenes que deparó uno y cada uno de los actores que subieron a escena, incluso con algunos aún dependiendo de eventuales nuevas citaciones ante las dudas que dejaron en el aire, la prudencia resulta la mejor consejera.
El soldado huidizo
Promediando la media mañana y tras escuchar un intrascendente testimonio de una joven que resultó testigo circunstancial de la pelea pero que poco, sino nada, aportó como nuevo, llegó el turno de Lucas Castillo, el soldado del Ejército que esa noche compartió la previa con Leo Romeo, los Molina, Concha y compañía y que por obra y gracia de su voluntad, todos quisieron obviarlo, no nombrarlo en las primeras horas de la pesquisa por el crimen. Empero, con el paso de –aquellas- horas y los testimonios, debió formar parte de los interrogados.
Lejos de sus pares a la hora de contar con algo más de vuelo intelectual, y con mayor sagacidad a la hora de desentenderse o descomprometerse de determinadas preguntas incisivas que lo asechaban por sus contradicciones o vaguedades, el soldado transitaría por varios humores dentro de su mismo relato. Pasó de la claridad y locuacidad a la hora de recordar su participación, a la desmemoria y falta de precisiones para responder sus propias contradicciones por sus dichos anteriores en el expediente, como la diferencias con lo escuchado por otros testigos que esa noche compartieron la velada.
Su verborragia se expandió cuando relató pormenorizadamente las horas previas al arribo a la salida de Sol Disco. Cuando en la casa de Leo Romeo (el compadre y compañero de armas –también soldado-) jugaron a los naipes junto a Jesús Molina y un par más que dijo no recordar sobre sus identidades. Con ellos subieron a su auto Corsa rojo, tres puertas. Precisamente el coche que los anteriores testigos describieron y ubicaron en la vereda de Del Valle pasando la esquina de Lisandro de la Torre.
Según sus recuerdos expuestos ahora en la audiencia (no varió a lo dicho en la instrucción), Castillo en el auto dio la vuelta por la plazoleta frente al boliche y por Del Valle, a la altura de la panchería su “copiloto” Leo Romeo le dijo que parara, que se estaban peleando unos amigos y que se iba a bajar. Cosa que hizo junto a Molina.
Castillo siguió contando (no sin necesidad de que el fiscal le exigiera mayores precisiones ante su huidiza postura para decir lo que había visto) que una vez que sus dos compañeros bajaron del auto “rumbo al tumulto de la pelea”, el siguió la marcha y estacionó el rodado. Que minutos después, una vez despejada la gresca y al ver que ya había arribado a la escena un patrullero con la respectiva policía, fue de “chusma” a ver en el racimo de humanidades qué pasaba y vio al chico (Marito) tendido en el piso, con la respiración entrecortada y evidenciando una herida con sangre en la zona izquierda del torso.
Sin más, continuó relatando, fue hacia su auto y ya habían regresado Romeo, Molina y compañía. Ya subidos al vehículo Castillo recordó que escuchó decir a su amigo Romeo “lo viste a Caqui (Concha) que le dio un puntazo”. La réplica de semejantes dichos sería uno de los tópicos que merecerían el próximo careo con Romeo, siendo que éste aseveró que nunca dijo eso, que no lo recordaba…
En medio de fuertes interrogatorios de parte del fiscal Gustavo Morey, como también del defensor Carlos Kolbl y el doctor Castaño, que apelaba a la jerga y códigos castrenses para bucear en los pensamientos del testigo y hacerlo trastabillar en pos de que diga lo que claramente trataba de esquivar reseñar, el soldado volvería a su crónica estratégicamente armada para la ocasión.
Hablaría entonces sobre la ida de la esquina de la muerte hasta la casa de Romeo, donde una vez adentro les dijo a todos los presentes (también con disidencias sobre los que allí estaban) -“Qué cag…se mandaron (…) no me metan en quilombos a mí eh…”.
Sus dichos merecerían el pedido de aclaraciones de uno y otro abogado. Puntualmente el interrogante era por qué soltó esa frase y a quién se dirigió. Si supuestamente él no había visto ninguna pelea ni tampoco vio las agresiones, ¿de qué quilombo aludía? El soldado otra vez mostraría sus virtudes para eludir precisiones. No encontraría (no supo o no quiso) hallar argumentos a una pregunta tan simple como clave para las partes.
Frente a las ambigüedades, fiscal y defensores coincidirían en pedir el careo con el otro soldado Romeo, un acontecimiento inusual en los juicios desarrollados en la sede local.
Los militares
cara a cara
Las respuestas “muy pensadas” de Castillo se repetirían frente a su ex amigo Romeo. Ambos replicaron sus versiones y hablaron de las mentiras del otro, casi sin mutarse.
Ante el pedido de explicaciones de las partes, ambos sostendrían sus respectivas posturas (por momentos mirándose a los ojos), dejando margen a que las partes y el propio Tribunal analicen cuál versión resulta la más verosímil.
Las contradicciones eran varias. Una versaba sobre cuándo Romeo y Molina se bajaron del coche. Mientras Castillo refirió a que a la altura de la panchería, Romeo aludió que estacionó el auto metros más adelante.
La diferencia no era caprichosa ni nimia para fiscal como defensores. Era certificar si Molina fue a participar de la pelea o no.
También hubo disparidad de recuerdos sobre los dichos que ambos profirieron durante y después del incidente a puños, puntazos y sangre. Castillo mantuvo que Romeo dijo en el auto que Caqui había apuñalado al pibe. Romeo lo negaría. Este reseñó que Castillo le dijo que porqué se bajaron a pelear si habían ido a divertirse. El otro lo negó también.
También discreparían sobre lo que sucedió una vez en la casa. Mientras Castillo sostuvo que había un grupo de personas además de ellos que volvieron en el auto, a los cuales les dijo que “no lo metieran en quilombos”, Romeo no recordaría esa frase y descartaría que habían más personas que ellos, su mujer, el Peli Molina y Matías Concha.
Cabe consignar que el interés de Castillo por no aparecer en la escena y la “famosa” frase de “no me metan en quilombos” respondía a una necesidad de no ser sancionado en el Ejército, siendo que ya estaba atravesando otra causa judicial por un presunto intento de violación denunciado por una joven. Asunto que, al decir de él, finalmente la causa se archivó.
El fiscal Morey como el abogado del particular damnificado Claudio Castaño buscaron hurgar sobre su situación personal y los conceptos que tenían para con él sus superiores uniformados, búsqueda que fue sistemáticamente abortada por el defensor Diego Araujo, espetando que nada hacía el objeto del proceso.
Igualmente Castaño buscó asestarle varias estocadas acerca de su rol como soldado y decoro que debía tener para con la embestidura. Provocaciones que igualmente no modificaron el ánimo del militar más allá de admitir su falta de profesionalismo frente al suceso registrado y su accionar.
Sin más por escuchar, a no ser el próximo testigo que iba a proseguir con el correlato de vaguedades y balbuceos para no decir más allá de lo que debía en pos de no comprometer ni comprometerse, pasado el mediodía se cerró el cuarto capítulo que no hizo más que, paradójicamente, a pesar de las incertidumbres testimoniales se acumularon certezas sobre la participación de los acusados en la pelea mortal, solo resta saber qué grado de responsabilidad le caben a los señalados. u
La versión del entorno
Para culminar la jornada judicial, entonces, se escuchó a Alegre Marengo, amigo de Kevin Cuadra y conocido del resto, quienes propiciaron el inicio de la pelea que luego desencadenaría la batalla campal y mortífera.
Frente a los jueces Arecha, Galli y Echeverría, el joven optaría por cumplir el mismo papel que aquellos actores de reparto que desfilaron durante el juicio. Con el mismo tono inocente y confuso, ensayando respuestas poco convincentes y por momentos fantasiosas a la hora de presentar cómo se propició la pelea, Marengo destilaría la misma versión que su amigo y el entorno de Molina. Que ellos se defendieron de un grupo no precisado de personas que por la sinrazón emprendieron a golpes contra ellos dos. Que dentro de ese grupo de violentos estaba el “chico que luego murió”, y que vio al papá de ese pibe, revoleando el cinto cual poncho de Soledad Pastorutti, con clara intención de agredirlos a la vez que a grito pelado le decía a aquel ´pibe´ “andá a buscar el cuchillo al auto”.
Al igual que el hábil y desafiante declarante Cuadra, con serias dificultades para presentarse como espontáneo, buscó posicionarse como víctima de las agresiones de Marito y sus secuaces, reconociendo que nunca vio cuchillo alguno como tampoco pudo identificar a la horda de sujetos que luego se sumaron a la pelea.
A preguntas de las partes y los propios jueces (que evidenciaron creerle poco sus dichos), dijo haber sido testigo de la lesión del corte en la mano que había sufrido Cuadra; empero, con el paso de las repreguntas terminó divagando hacia un naufragio de un relato sin retorno, impreciso e incrédulo.
También dejó entrever sobre un encuentro posterior con los Molina y Concha, aunque allí utilizó el artilugio de su falta de memoria para no recordar nada que lo colocaran en una situación incómoda, ni a él ni a los que tenía a metros observándolo con suma atención, Concha y Molina.
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