Más testimonios del horror sentenciaron la suerte del ex militar imputado Roque Italo Pappalardo
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Ayer se celebró la quinta audiencia por el juicio por el secuestro, seguido de tortura y homicidio del abogado Carlos Moreno, en la que prevaleció el testimonio de aquellos vecinos que padecieron lo mismo que aquel aunque con distinto final, ellos lo pudieron contar.
A diferencia de otras jornadas, ayer el debate se esfumó en un par de horas aunque en ellas se contuvo la intensidad a partir de sentidos como cruentos relatos que hacen al horror y la impunidad del circuito represivo de la dictadura.
Para la hipótesis fiscal, poco aportaron al caso específico aquí ventilado y que hace al caso Moreno, pero sí ayudaron a cimentar, fortalecer cómo y dónde funcionaba el sistema represivo, que no tuvo contemplaciones a la hora de secuestrar y torturar a presuntos “subversivos” como aquellos vecinos que por portación de cara o simplemente cuestiones de “polleras” que algún general o comisario despechado necesitaba dirimir.
Así se desprendería de algunos de los relatos de ayer, a partir de confesar que ninguna de estas víctimas que desfilaron encapuchados por las comisaría Primera o Segunda, la quinta de Méndez o la Huerta, profesaba militancia alguna.
Sí hubo más revelaciones sobre el activo rol de efectivos policiales que eran subordinados a las directivas de los jefes militares de aquel entonces, principalmente del jefe de operaciones Roque Italo Pappalardo.
Prácticamente todos hablarían de su intervención en los respectivos secuestros y torturas, quien cruzó miradas con quienes lo sindicaron como un personaje “satánico” y “perverso”, y de tanto en tanto tomaba algunas anotaciones, dejando entrever que tal vez tenga intenciones de hablar una vez que desfilen todos los testigos. De hecho, en la primera de las audiencias a preguntas del Tribunal dijo que frente a lo que había ocurrido –la orden de detención de todos los imputados- “por ahora” no iba a hablar.
A propósito del desarrollo del juicio, ya el Tribunal fijó fecha para escuchar alegatos (ver aparte), por lo que se cree que una vez subsanadas algunas incidencias procesales se estará culminando antes de lo previsto.
Todos contra Pappalardo
Sería la señora Lidia Queiruga, la primera de las testigos que se emplazó frente al Tribunal. La mujer poco pudo aportar por su avanzada edad y con problemas por el mal de Alzheimer, lo que le imposibilitaba recordar.
Bajo su condición, difícil resultó indagar a las partes, aunque sí soltaría el recuerdo de haber conocido a Pappalardo, cuando fue a verlo porque había desaparecido su hijo y ella vivía cerca de los cuarteles. También la mujer esbozaría que también luego resultó víctima de torturas.
Tanto para la testigo como para el resto de los que luego desfilarían el Tribunal concedió la petición de la Defensa, quien entendía que buena parte de lo que se iba a ventilar tenían que ver con causas en plena investigación (por la caso La Huerta) de la cual las personas deponentes habían resultado víctimas y no hacían a lo que en el Aula Magna se estaba debatiendo, léase puntualmente el caso del abogado Moreno.
Así, desde Fiscalía entonces se apelaría a la necesidad que los testimonios, sin explayarse en su caso personal, dieran un marco, un contexto de lo que pasaba en Tandil.
Ignacio Ruppel, fue otro de los testigos que contó que fue detenido junto a Hugo Tornatore por el mayor Pappalardo. Al respecto, detalló que trabajaba en Cretal (servicio eléctrico en la zona rural) y tras ganar un juicio laboral, fue detenido por el imputado.
A preguntas de la fiscalía o el mismísimo Tribunal indicó que la intervención de Pappalardo se dio porque tenía relación con un tal Ríos, que estaba a cargo de la cooperativa eléctrica rural.
También Juan José Prequel, recordó que fue detenido en la comisaría Segunda de Tandil y entrevistado al menos dos veces en esa dependencia por el mayor Pappalardo.
La primera, recordó, luego de la segunda intervención de torturas, en la que le decía que si “colaboraba” con nombres y domicilios iban a ayudarlo para no ser torturado, a él y a su hermana María Cristina, también detenida.
“Yo estuve en Tandil pero conocí otra ciudad, la oculta”, supo graficar el hombre oriundo de Mar del Plata que fue secuestrado en la Seccional de Avenida Colón y luego “blanqueado” para ser alojado en la Unidad Penitenciaria de Azul.
Ya sobre la segunda entrevista, Prequel reseñaría que su estado tras las torturas ya era de semi inconciencia y prácticamente no se acordaba qué preguntaba el mismo Pappalardo.
“Era evidente que Pappalardo era amo y señor”, aseveró el testigo que incluso recordó el apellido Colman –policía- quien obedecía a todo lo que el militar le exponía.
También recordaría que junto a él fue secuestrada su hermana, quien en una de las entrevistas que mantuvo con el militar volvió temblando al calabozo y le dijo que ese sujeto –le reconoció la voz de Pappalardo- era quien la torturaba.
Tras escuchar todos los testimonios citados y evacuar algunos incidentes que habían quedado pendientes en el debate, por caso el comparendo de Petronila Posal (testigo clave sobre el secuestro y muerte de Moreno), los jueces dispusieron un cuarto intermedio hasta hoy a las 8,30, tiempo en que seguirán desfilando nuevos testigos, en este caso vinculados a lo que ocurría en Loma Negra.
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“Un satánico y cínico”
Omar Roberto Iturraldes, oriundo de Ayacucho, quien también dijo que podía conocerse por varios alias como “el bataráz” o el “caudillo de Ayacucho”, fue quien evidenció mayor enjundia a la hora de recordar lo sufrido por Pappalardo.
Ni bien se sentó se dirigió al Tribunal y pidió ver a la cara al militar que describió como “satánico” y “cínico”, antes de señalar que fue “picaneado”, mostrando a todo el que quería ver en la audiencia las marcas que aún permanecen en su cuerpo por aquellas torturas sufridas.
Se trató de un testimonio desgarrador que vincularon al ex jefe militar con la participación directa en los interrogatorios en los que se aplicaban métodos de tortura.
“Fue el que me hizo esto en el cuerpo”, enfatizó el hombre de campo que incluso señaló que lo acusaban de subversivo, cuando lo único que hizo -según confió- fue ir a la comisaría a preguntar por un par de conocidos que habían desparecido.
“El 18 de marzo me fue a buscar Pappalardo y estuve 17 meses y 17 días secuestrado”, dijo el hombre que debió callar muchas más cosas a pedido del Tribunal que, factiblemente, intervenga en su caso cuando llegue a juicio la cruenta historia de La Huerta.
El hombre se retiraría de la sala no sin decir que no sólo lo afectaron física y psíquicamente sino que también económicamente, habida cuenta que luego de regreso del cautiverio le habían sacado todas sus pertenencias de su casa.
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La quinta de Méndez
En la misma línea del resto de los testimonios, Jorge Guillermo Andreassen indicó que fue detenido en abril del ’76, en la comisaría Primera.
Narró que la primera noche le pusieron “una capucha” y lo llevaron en un baúl de un coche a “dar una vuelta”, terminando en la quinta de Méndez, junto a dos detenidos más, donde fue picaneado, tras ser atado con gomas, mientras le hacían preguntas.
Andreassen, reiteró que todo sucedió mientras lo mantenían acostado sobre un elástico, lo mojaban y los picaneaban.
El testigo dejaría entrever que nada lo vinculaba a militancia alguna y que su caso devenía de algún problema de polleras con algún militar o policía, y por eso la situación que sufrió.
Reseñó que fue detenido y lo obligaron a ir a buscar una encomienda a su nombre al correo donde presuntamente había dos granadas, sobre las cuales él nada sabía.
A preguntas del defensor Arla, acerca sobre cómo le constaba que se trataba de la quinta de Méndez cuando estaba encapuchado, respondió que esa idea la sacaron años después con el resto de los detenidos, al tomar nota que conocían la zona y cuando iban en el auto escucharon que pasaron por dos vías.
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Julio Méndez y las
responsabilidades
Como se vino detallando, en la causa hay cinco imputados: José Luis Ojeda (57), presunto autor material del crimen, Julio Alberto Tommasi (80) –nuevamente ausente en la audiencia- y Roque Italo Pappalardo (73), los tres castrenses, más los civiles Julio (67) y Emilio Méndez (71).
A esta altura del juicio y si bien habrá que aguardar el veredicto del Tribunal, parece que la suerte estaría echada para los ex militares, en tanto que para los civiles persisten las dudas sobre el rol, la eventual calificación que les cabrá en esta historia “emblemática” del horror de los años de plomo.
Hasta ayer, quien sí ha sido vinculado a la hora de no sólo ser propietario sino también mantener estrechas relaciones con los jefes militares fue Emilio Méndez, de quien hasta aquí –según consta en el expediente- dijo desconocer lo que pasaba en su quinta.
Su hermano Julio parece mucho más desligado del caso. Apenas ayer uno de los testigos lo nombró al recordar una charla casual e informal mantenida por los años 80 donde la víctima le habló sobre lo que le había pasado y que Julio Méndez le dijo que por esos tiempos ellos habían alquilado la quinta a la familia Mónaco.
Sacando dicho testimonio, nada más surge sobre la intervención y/o participación del acusado Julio Méndez, más que su firma como dueño, junto a su hermano, de la quinta donde ya quedó más que claro que se torturó a personas hasta que terminaron asesinando a Moreno.
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Cómo sigue el juicio
Según lo anticipó ayer el Tribunal, se prevé que para el jueves y viernes de la semana que viene culminar con todos los testigos que restan pasar por la audiencia, mientras que se fijó que el 8 y 9 será el turno de los alegatos. El ministerio público y la querella primero y las defensas al día siguiente.
Antes de ello, la expectativa estaría centrada en si los imputados, bajo el derecho que se les asiste, querrán declarar por todo lo expuesto en el juicio, un acertijo que sólo en próximas audiencias se develará.
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