?Me encantaría ser intendente?, dijo Rogelio Iparraguirre al pasar por el diván
Por Guillermo Gentile
-¿Primero kirchnerista o primero peronista?
-¿En orden cronológico? Primero zurdo, seguro. Después kirchnerista. Y mucho más recientemente -hacia 2007/2008- abracé con fervor al peronismo. La verdad es que recién transitada una buena parte del kirchnerismo entendí al peronismo como la raíz popular de la Argentina, a través del Martín Fierro de José Hernández.
-¿Qué encontró?
-La esencia de los sectores populares en Argentina; descubrí que la liberación de la patria, la justicia, la búsqueda de igualdad, libertad, no se trata de una fórmula científica sino que, muy por el contrario, se trata de una cuestión profundamente humana.
-¿Se aburrirá mucho en el Concejo Deliberante?
-Yo estoy feliz, absolutamente feliz, pleno. Recién llevo cinco, seis días, pero estoy realmente sorprendido. Todo el mundo dice que el Concejo es un embole, que no se puede hacer nada y mucho menos cuando está en minoría, pero yo estoy convencido de que sí, que se puede.
-¿Cómo?
-Para mí el modelo es, humildemente, la forma en que se trabajó la Ley de Medios. Primero se sale a la calle a buscar los sectores interesados en determinadas ideas; se los hace partícipes -que ellos escriban, junto al concejal, la propuesta-, o sea, una participación activa de modo que la instancia de presentar el proyecto sea nada más que el último momento, para luego ya avanzar en la concreción.
-Ser un Iparraguirre en Tandil es un buen antecedente social. ¿Vio cómo hace las listas la UCR? Si fuera radical seguramente usted sería uno de los candidatos a suceder a Lunghi.
-No podría imaginarme radical. Así que no puedo hacer esa vuelta carnero en la imaginación que me propone.
-Se dice que usted mucho La Cámpora pero se crió entre la nobleza local.
-¡Es un error!
-¿Va a negar todo? Además, todo el mundo lo sabe.
-Es un error. Mi familia no responde a los más mínimos cánones de ‘nobleza’ local. Mire, allá por los ’90, cuando los médicos empezaban a hacer guita, mi viejo empezó a hacer el proceso contrario (y no por mal profesional porque a cada rato me cruzo con gente en la calle que lo recuerda como un gran médico) y mientras todos cambiaban los coches, nosotros andábamos en una Renault Break sin una puerta.
-Sin embargo, buena parte de su vida usted fue militante, pero de Los Cardos Rugby Club.
-Me crié ahí, sí, mi viejo fue fundador, pasé una infancia totalmente feliz y tengo muchísimos amigos. Pero, ¿sabe qué cosas me llenaron de orgullo el día del velorio de mi viejo? Una fue la corona del Partido Justicialista que llevó Raúl Escudero, a quien le voy a estar eternamente agradecido, porque sé que mi viejo lo estaría disfrutando a eso, porque él tuvo un paso por el peronismo desde lo popular y el sentimiento.
-¿Y la otra?
-Que no solamente fue gente de Los Cardos sino una montón de gente humilde que llegó en bicicleta o en remís y a nosotros ni nos saludaba porque no nos conocían: le daban un beso en la frente a mi viejo y se quedaban un ratito al lado del cajón. Esa es la familia de la que vengo.
-Ser funcionario implica tener un buen sueldo y otras comodidades. ¿No tiene miedo de volverse burgués?
-Es a lo que más le escapo. Por suerte encontré una compañera con quien compartir esta cuestión que es fundamental: escaparle a eso. Para mí el dinero es un problema serio en la vida de las personas.
-¿Algo malo?
-Algo malo. Hay una frase que me contiene: ‘Los mejores son lo que menos tienen y los que menos quieren’. Yo intento ser de esos, de los que menos tienen y de los que menos quieren. No tengo auto, no tengo casa, ni tarjetas de crédito. No asocio la función pública con el dinero ni el usufructo personal. Y no soy funcionario, soy un concejal del pueblo de Tandil. Tuve la suerte de ser elegido por el voto de la gente.
-Discúlpeme: fue funcionario hasta hace muy poco.
-Sí, durante un año y ocho meses estuve al frente de la oficina local de Anses. Le voy a confesar algo: durante todo ese lapso una muy buena parte de mi salario iba, religiosamente, mes a mes, al funcionamiento de la organización en la que milito. La comodidad no es mi horizonte ni mi objetivo de vida. Yo quiero una vida digna al lado de los más dignos. Realmente, este planteo suyo toca lo más profundo de mi búsqueda personal y colectiva.
-¿Qué pasó con la poesía? ¿Nunca más?
-¿Con qué?
-La poesía. Si hasta ganó un premio. La condición de poeta no se pierde.
-Gané un premio en la Facultad de Sociales, sí, pero eso fue hace mucho. Debe hacer más de diez años que no escribo nada. Es una veta que dejé de lado pero no por el sentido de dejar algo atrás sino porque ese sentimiento, esa búsqueda, la reconvertí abrazando con más fervor la política, la militancia.
-¡Y déle con la militancia!
-Ese es mi problema: varios me han dicho ‘como político sos muy buen militante’ (risas).
-Y a usted le encanta.
-Sí. Es que la política como lugar de transformación de la realidad de las personas por sí sola no alcanza.
-¿Le gustaría ser intendente?
-Me encantaría.
-A esta altura, ¿no cree que el peronismo debería aprender de los que les ganan en las elecciones?
-Para mí hay que aprender de la gente. Y cuando uno pierde, las explicaciones buscarlas en la incapacidad propia para interpretar correctamente a la sociedad.
-Charly García cantaba allá por los ’70 ‘para quién canto yo entonces si los humildes nunca me entienden’. ¿Los estarán entendiendo a ustedes?
-Los pobres no tienen que entendernos. Lo nuestro es a la inversa: nosotros estamos entendiéndolos a ellos. Nosotros -que tenemos muchas más posibilidades de haber vivido equivocados por contar con la posibilidad de ir a una universidad, crecer en familias con trabajo, estar dentro del sistema- hacemos el esfuerzo de tratar de entenderlos a ellos. De eso se trata.
Un digno y fugaz instante sobre la tierra
A diferencia de otros invitados al diván, Iparraguirre pareció disfrutar de las preguntas incisivas, complicadas. Casi como que las estaba esperando, sin temor, para despachar su declaración de principios y al mismo tiempo honrar a sus mentores en eso de quemar las naves: sus propios padres.
A lo largo de la entrevista mencionó muchísimas veces a su padre -el traumatólogo Martín Iparraguirre- y remarcó el ejemplo que dejó al momento de jubilarse, cuando en lugar de acurrucarse en la vida apacible optó por irse a trabajar, ah honorem, a La Quiaca y de ahí a prestar servicios médicos a la montaña. O el portazo que su madre, Sara Zumárraga, militante orgánica del peronismo local, hizo estallar en su partido cuando el modelo menemista arrasaba con todas las ideologías, allá por 1995.
El desafío y la rebeldía parecen ser una cuestión de fe en el flamante concejal y el kirchnerismo –al que defiende a ultranza y no ve en decadencia ni mucho menos- su religión.
Pero… ¿y si la lógica revela que las cosas no son tan así? ¿Y si ante un hombre de lectura, admirador del filósofo maldito argentino Günte Rodolfo Kusch, ante un tipo que gusta de ser apurado por las inquietudes despiadadas se le planteara que todo puede ser una mentira? ¿Y si Néstor, Cristina, y el proyecto nacional y popular tampoco fueran tan ciertos? ¿No le da miedo que pueda suceder eso? “Sí, me da miedo”, reconoció.
-¿Y? ¿Cómo sale de esa?
-Tratando de separarme de la idea de autotrascendencia. Cuando uno como militante, empresario, artista, trabajador, lo que sea, ubica el eje de su vida en su propia trascendencia está corriendo todo el tiempo al borde del precipicio. Y un día puede descubrir que todo es mentira. Yo trato de correr el eje de ese lugar. ¿Cómo? Asumiendo que hay factores que nos trascienden: no somos nosotros los que estamos trascendiendo, hay una naturaleza, una sociedad, un mundo en el cual convivimos.
Y sacándome de encima eso de la autotrascendencia puedo vivir en paz con la idea de que todo sea mentira. Porque al final del camino no es tan importante para nosotros -como individuos- si todo es mentira: lo importante es haber pasado por acá, en un instante absolutamente fugaz, con dignidad, compartiendo cosas con los otros. Ahí está lo importante, aunque todo sea una mentira.
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