Monstruos
De tanto en tanto, algún grupo de investigadores profesionales decide iniciar estudios en el lago Ness, en Escocia, para determinar qué hay de cierto en las leyendas que hablan de la presencia de un monstruo.
Los resultados son siempre más o menos los mismos y quedan registrados en documentales que se venden a la televisión: dos o tres declaraciones de paisanos escoceses de nariz colorada, alguna foto borrosa y una música de fondo que se acelera a medida que la cámara se acerca al lago y luego se diluye en tandas comerciales.
En definitiva, del monstruo ni noticias.
Se sabe que algo parecido ocurre con el Lago de Tandil, donde tampoco hay un monstruo, pero bien podría haberlo. Aquí también, científicos y eternos estudiantes cazabecas de vez en cuando inician trabajos de campo para dar por tierra con el mito. A poco de meter la pata en el Dique se dan cuenta de que allí no podría vivir ni la más asquerosa de las criaturas.
No obstante, desde su propia génesis, el tandilense tiene una marcada tendencia al delirio de grandeza fantástico. Y así como el nombre mismo del pueblo (Piedra que late) da cuenta de cierta fanfarronería cosmogónica, la creencia de un monstruo en el Lago continuará vigente por la eternidad.
‘Si en Bariloche tienen al Nahuelito, nosotros también podemos tener nuestro propio monstruo’ es la hipótesis de mayor rigor científico a la que se puede acceder.
Como bien se sabe, la idea de crear un dique surgió luego de aquel tremendo aluvión del `51, que se cobró unas cuantas vidas. Diez años más tarde, la obra estaba lista.
Pero como todo en este pueblo, las cosas se hicieron más o menos a las apuradas, de manera tal que los habitantes del predio hoy cubierto por las aguas, debieron salir rajando de las casas. Justamente, en el fondo de uno de esos ranchos se dejaron olvidado a un lechón, que ante tanto revuelo se había escondido entre unas chapas.
La leyenda cuenta que el pobre animalito lejos de morir ahogado se adaptó a su nuevo hábitat, convirtiéndose en anfibio.
Se sabe que la especie porcina no es muy delicada a la hora de establecer su dieta, de manera que nuestro chancho se alimenta básicamente de bagres y gallaretas, además de yerba, restos de sánguches y otros desperdicios que la gente arroja al Lago.
Cuando supo su condena a vivir toda su existencia en aguas barrosas y malolientes, maldijo su porvenir y echó una maldición a los habitantes del pueblo y las generaciones futuras.
Pero, animalito de buen corazón el chancho, no se le ocurrió nada escabroso ni truculento.
1) Ni se les ocurra venir a pescar porque no van a sacar ni una mojarrita.
2) Los condeno a aburrirse soberanamente cada domingo. Que no les quede mejor opción que venir acá a tomar mate y a ver si aparezco.
3) El próximo intendente que tengan va a ser un Lunghi ¡y no será el último!
Todo esto, dicen, lo juró con su pata corta en alto.
Y efectivamente, al monstruo no se le conocen mayores maldades. Una noche de verano de hace algunos años se comió un Fiat 147 donde una parejita intentaba dar rienda suelta y gratuita a sus ansias amorosas.
Su última travesura fue desequilibrar una y otra vez la plataforma donde está instalado el géiser, de manera tal que el chorro salía para cualquier lado. Aparentemente, se aburrió y desde entonces no se supo más nada del despechado porcino.
Cuentan que una madrugada de invierno, dos borrachos que salían de un bar de 9 de Julio al 400 lo vieron pasar por Belgrano.
El chancho iba medio sofocado y a galope discreto rumbo al bajo.
-Cada pueblo engendra los monstruos que se merece -le dijo un borracho al otro.
-Ahá. Diga que no lo puedo correr, que si no, flor de asado me hacía este domingo.
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