Necesarios
-Mire -me dijo y yo ya supe que ese trato distante y sin tuteo venía acompañado de malos augurios-, aquí no hay nadie imprescindible. Y no me estoy refiriendo sólo a este trabajo, le estoy hablando del mundo, de la vida. Nadie es imprescindible.
Palabras más, palabras menos, me estaban despidiendo por primera vez de un trabajo. Al tipo se le había ido la mano; tal vez quiso atemperar un poco la decisión de dejarme sin laburo y redobló la apuesta. No sólo me hizo sentir un inútil para la tarea sino un inservible todo terreno.
Bastaba con decirme está usted despedido pase a cobrar la liquidación por caja.
Anduve un tiempo sintiéndome un pobrecito, pero después se me pasó. Creo.
Como en tantas otras cosas, es tan poco aconsejable sentirse imprescindible como todo lo contrario. Es decir, por el medio debe andar el asunto.
Creo, también, que hay tipos que son necesarios. No hablo de próceres ni de héroes. Ni de padres, madres o padrinos. Hablo de esos hombres y mujeres que pasan por nuestra vida y dejan algunas enseñanzas, en palabras o en acciones, que a la larga resultan determinantes.
Algunos profesores suelen entrar en esa categoría. Lo que los convierte en maestros. Y se sabe que los maestros no sólo están en las escuelas.
Y uno se da cuenta de lo necesario que son cuando por alguna razón han desaparecido de nuestras vidas.
De tanto en tanto me encuentro en alguna encrucijada y extraño a un par de tipos que estoy seguro que nunca se sintieron imprescindibles, pero -sin saberlo también- eran necesarios. Me son necesarios.
Tuve el gusto de conocer a Juan Carlos Gargiulo en una época en la que yo todavía tenía la capacidad de aprender, aunque él se empecinaba en aclarar que ya no estaba para enseñarle nada a nadie.
Pero para el que sabía escuchar -y leer y ver-, Juan Carlos tenía esa particular forma de hacer docencia que a tipos como él les sale tan fácil como vivir. Claro que él no se daba cuenta. Y eso también es un mérito.
A veces me digo que estaría un poco desorientado en esta época. Pero tal vez esté equivocado. Su vida también transcurrió en tiempos convulsionados: la Gran Guerra, el peronismo, la Libertadora, el Mayo Francés, el flower power, el sueño de la revolución, la pesadilla de las dictaduras, el germen del neoliberalismo.
Vivió ese lapso de tiempo en el que el mundo fue exuberante en ideas y maestros. Fue contemporáneo de Sartre, Picasso, Camus, Kennedy, el Che, Borges. Compartió cafés con Soriano, Laplace, Salceda, Tirri, Dipi.
Capaz que le sobraba juego para enfrentar estas épocas de confusión. O mejor dicho, que a mí suelen confundirme.
Así y todo, lo imagino a Gargiulo bajando de su Citroën, que hoy estaría más destartalado, invitándome a tomar un café.
Prendería el vigésimo 43/70 del día, haría una broma sobre la prohibición de fumar en los bares y comenzaría con sus preguntas.
Curioso por naturaleza, periodista por potestad, sus diálogos solían estar poblados de interrogantes. Y si no me equivoco fue él quien alguna vez me dijo que el que se atreve a formular una pregunta es porque tiene una aproximación a la respuesta.
En esas aproximaciones, en esas preguntas, en sus muchísimos interrogantes (que rondaban siempre en torno a dos o tres temas fundamentales) radicaba su sabiduría. Sus involuntarias enseñanzas.
Hay tardes en las que Juan Carlos Gargiulo se me hace necesario. Aunque más no sea para ayudarme a formular algunas preguntas.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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