Necrológicas
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu email
ERNESTO CARRAL
A la edad de 90 años, el pasado martes 15 del corriente se produjo el fallecimiento de Ernesto Carral, causando dolor y tristeza entre sus familiares y amistades.
“Pibe” Carral era un querido vecino de Napaleofú y sus seres queridos escribieron en su recuerdo:.
“Hay personas que pasan por la vida sin hacer demasiado ruido, casi inadvertidas, deslizándose sin sobresaltos… vos, tío, fuiste una de ellas. Hasta se diría que tu figura liviana, pequeña, colaboraba para que tu persona no ocupara demasiado espacio. Sin embargo, tenías una presencia afectiva que te hacía grande, importante. El tío Pibe. ¡Qué honor ser tus sobrinos!
Todos nosotros te recordamos desde nuestra infancia y tuvimos, hasta ya grandes, la idea de que al tío Pibe, la vida no le había dado muchos problemas porque eras jovial, charlabas y te reías despreocupado sentado en el corredor del rancho.
Después, nos fuimos enterando que desde muy chico viviste dolores muy profundos y que como hermano mayor, asumiste un rol de guía responsable del que nunca renegaste. A veces, narrabas como si fuesen aventuras de niño, tu temprano trabajo de carrero transportando bolsas. Pocos años contaba tu biografía y ya ibas sentado en el pescante del carro trabajando. Con cuánta ingenuidad relatabas que cuando podías, llevabas los útiles escolares y entonces, asistías a clase. Y ahí, entendimos tu grandeza, la fortaleza que se escondía en la simpleza con que vivías. A veces, hasta parecías un chico: feliz con las pequeñas cosas cotidianas. No pedías más.
Daba gusto escucharte describir cada loma, cada tranquera, cada pozo del pavimento. Sabías de distancias, de cereales, de cosechas. Sabías la hora exacta en que salía y se ponía el sol.
Tu figura ágil y ligera trepaba al camión mil veces al día. Quién sabe qué historias soñabas cuando al volante, transitabas un eterno romance con la ruta que conocías de memoria.
El camión además de ser tu herramienta de trabajo, fue, por años, tu casa. Aún cuando no estabas de viaje, dormías en él. Era parte de tu ser. Y cuando la vista se fue negando a mostrarte la vida con la claridad suficiente para recorrer kilómetros, acariciaste el volante en una fugaz despedida y te bajaste, en silencio, con tristeza. Seguramente, el recuerdo del ruido del motor como una canción navideña, endulzó tus silencios.
Conocías de Napaleofú hasta el último recodo. Tus 90 años te dieron plazo para ver cómo iba cambiando ese pueblo al que le trazaste las primeras calles. Dibujaste con tu arado los senderos que en los últimos tiempos caminabas acarreando la bolsa con huesos para tu perrito.
Nuestra infancia y adolescencia tuvieron la suerte de haber participado de esos asados bajo el alero del rancho donde se desgranaban historias añejas, de cuando compraste el camión, de cuando cobrabas las entradas en los bailes porque eras miembro de la Comisión del Club, de algunas domas, de estadías en el puerto esperando para descargar… Nombres, fechas y episodios que con tu prodigiosa memoria hilvanabas en anécdotas entretenidas.
Tío Pibe, arrugadito de años, de paso corto y ligero, de gorra con visera y bombacha bataraza, al que le gustaban los dulces, sobre todo, los buñuelos, el que ponía sobrenombres, el que hacía chistes, el que disfrutaba con usar mal algunas palabras y por eso decía “no me gusta venir con las manos vacídas”, el que mezcló los roles de padre, tío y hermano sin decir demasiado pero brindándose en plenitud, el que llenó su soledad con la alegría de los que lo rodeaban, el que fue buena persona, el que caminó por la vida sin sembrar escollos, ese Tío Pibe, no se ha ido.
Está en cada uno de nosotros, anidando en nuestro recuerdo, llenándonos de ternura”.
Sus exequias, previo velatorio, se efectuaron en el Cementerio Municipal.
STELLA MARIS CONFORTI
El pasado lunes 21 del corriente se apagó la vida de Stella Maris Conforti, una querida mujer que contaba con 63 años de edad.
“Era una artista plástica local de vasta trayectoria, conocida como “Vivian”, Stella Maris nació el 25 de junio de 1948, fruto del matrimonio de Francisco “Pancho” Conforti y Glady Lovisolo.
De niña aprendió a dibujar con su tía Dory, quien le transmitió su pasión por el arte y la naturaleza. Desde joven ya tenía un notable parecido con la actriz y cantante Rita Pavone. Soñaba con ser arquitecta, pero las limitaciones económicas de su familia la llevaron a optar por la docencia, profesión que ejerció durante 29 años, entre 1969 y 1998, ganando el cariño de varias generaciones de alumnos.
Tras casarse, desde 1978 fue madre de Gustavo, llamado así por el poeta Gustavo Adolfo Bécquer. En los 33 años que compartieron no se separaron ni siquiera un solo día, pues ella no se fue de vacaciones y él no se sumó a viajes de egresados, mientras que los trámites laborales que cada uno hizo por separado en otras ciudades nunca excedieron las 24 horas.
Su hijo heredó el don para el dibujo, al punto de que su maestra sospechaba que recibía ayuda materna en las tareas. Para desestimar ese argumento, ella comenzó a ocupar su tiempo trabajando principalmente con óleos y espátulas.
Fue autora de más de 250 pinturas que brillaron en cinco exposiciones realizadas entre 1985 y 2003. Sus cuadros de manchas reflejaban un vigor tan pictórico como propio de la más imaginativa ciencia ficción. Sin embargo, su especialidad fue el retrato de la fauna, con más de 200 trabajos que iluminaron animales de todo tipo, indagando en alcances cromáticos, composiciones hábilmente resueltas en su aspecto formal y en la graduación de matices, humanizando a las criaturas con títulos tan ingeniosos como profundos.
Fue feliz pintando, creando bestias tiernas y atentas, con miradas que contagiaban vida. Pensaba que conocer la naturaleza, era disfrutarla.
Lo mismo se podía decir de ella, siempre atenta para garantizar el bienestar de familiares, amistades y conocidos. Creía que hoy es el mañana, del cual se preocupaba ayer. Y confiaba que para tener amigos, hay que ser amigo y cuando se pide no hay mañana. Su visión se componía de nostalgia, emoción y sorpresa. Era la magia fotográfica de atrapar lo que se está viviendo y de recuperar lo vivido. Era el pasado traído al presente. Hace años, el destino frustró su deseo de exponer su labor en distintas localidades de la costa. De algún modo, eso la identificó aún más con la ciudad que la vio nacer, crecer y morir.
Ella fue tan tandilense como La Movediza, una gran artista que sólo nosotros pudimos tener.
Como jubilada, se dedicó al cuidado de sus seres queridos, su mascota Pinty, sus anónimos pájaros y un frondoso jardín con más de 25 clases de plantas y flores. Le gustaban los valses de Strauss y ver Tinelli, todas las series de CSI y La ley y el orden.
Si hubiera tenido nietos, hubiera preferido que se llamen Gustavo y Susana, por Susana Giménez.
Para su tumba quería que le lleven ramos de nácar. Como su hijo es guionista y productor cinematográfico, le comentó que si se hiciera una película sobre ella, la actriz ideal para interpretarla sería Goldie Hawn porque “es natural”. Como lo era Vivian.
Su vida fue tan rica como apasionante. Y su muerte, tan cruel como injusta. Antes de perder definitivamente el conocimiento, aseguró que no le hizo mal a nadie. Era verdad. Sus últimas palabras se las dedicó a su hijo. Llorando, él le dijo: “Te quiero mucho, mamá”. Ella le respondió: “Yo también”.
Internada luego de sufrir tres comas hipoglucémicos y fuera de peligro, fue víctima mortal de un innecesario cambio de medicación en el tratamiento cardiológico impuesto por una doctora ajena a nuestra localidad, falleciendo tras días de larga y dolorosa agonía. Vivian dejó un legado enorme. El de ser una excelente persona. Quienes la conocieron fueron seres afortunados que la extrañan. Su hijo llorará su ausencia por el resto de sus días. Él no sólo perdió tan temprano a una madre. Perdió a la luz de su vida, un ángel que se ganó el cielo. Sin dudas, la mejor manera de despedir a Vivian es evocando sus palabras, las que marcaron una de sus muestras: “A todos, un cálido deseo de afecto y amistad, para hoy y siempre”.
Sus restos, previo velatorio, recibieron inhumación en el Cementerio Municipal.
EDUARDO MARTIN WITKOMSKI
Con pesar y dolor fue recibida la noticia de la desaparición física de Eduardo Martín Witkomski, un querido y respetado hombre que contaba con 74 años de edad.
Eduardo había nacido en Bonifacio (prov. Buenos Aires) y era hijo de inmigrantes polacos. En 1969 se radicó en esta ciudad, junto a su esposa e hija, en busca de trabajo, el que supo conservar durante veinte años en Napaleofú.
Esfuerzo, sacrificio y dedicación lo llevaron a trabajar en distintos establecimientos rurales, hasta alcanzar su merecida jubilación.
Junto a su primera hija, llegaron otras tres, los cuales junto a su esposa supieron darles las herramientas para que puedan defenderse en la vida, siempre dando el buen ejemplo.
Pero una vez más la ciencia falló y lo que parecía una solución no lo fue, se dice que nada pasa lo que no tenga que pasar, es malo para la mente no recibir lo que la mente espera… ¡Te vamos a extrañar mucho!
Su esposa e hijos agradecen a todos quienes se acercaron en este difícil momento que les toca vivir. A todos muchas gracias.
Sus restos, previo velatorio, descansan en el Cementerio Municipal.
FROILAN FRANCISCO BALBUENA
El pasado domingo 20 del corriente se produjo el fallecimiento de Froilán Francisco Balbuena, un querido vecino de Gardey, que contaba con 79 años de edad.
Francisco nació en María Ignacia (Vela) el 10 de diciembre de 1931 y desde muy joven dedicó su actividad laboral a las tareas rurales.
En 1957 contrajo matrimonio con Belkis C. Cavalli y luego pasó a trabajar en la fábrica “La Esperanza” de la firma Magnasco, para después, siempre con Magnasco en el campo Santa María, cercano a Chillar y Azul, hasta que se radicó en Gardey y desde hace un tiempo por problemas de salud debió afincarse en esta ciudad.
Ya muy pronto a cumplir sus 80 años, estaba disfrutando del cariño de su hija, dos nietos y tres bisnietas, quienes lamentan su partida y elevan una plegaria por el eterno descanso de su alma.
Sus restos, previo velatorio, recibieron inhumación en el cementerio parque El Paraíso.
MARIA DOMINGA CICCARELLI de DEPAU
Cuando contaba con 86 años de edad, el pasado domingo 20 del corriente se apagó la vida de María Dominga Ciccarelli de Depau, causando dolor y angustia entre sus familiares y amistades.
Dominga había nacido el 24 de agosto de 1925 en Colonia de Devoto, de Juan N. Fernández, donde transcurrió si niñez y parte de su juventud trabajando en el campo, junto a sus padres José Ciccarelli y Lucía Mondelli, al igual que sus hermanos Nicolino y Angelita.
A los 22 años contrajo matrimonio con Pedro V. Depau (f), ferroviario, fruto del cual nació su hijo Carlos Alberto, viviendo el resto de su vida en el barrio de Moreno y Arana, trabajando de modista y realizado las tareas del hogar.
Su partida has dejado mucha tristeza en sus nietos Gabriela y Darío, en sus nietos políticos Gabriel Andolfatti y Mariela Dick y sus bisnietos Verónica, Valentina, María, Ludmila y Diego, al igual que amigos y vecinos, que rezan una oración para que descanse en paz junto a Dios.
Sus restos, previo velatorio, recibieron inhumación en el Cementerio Municipal.
AMELIA MARIA FERNANDEZ DE HAEUSSER
El pasado jueves 17 del corriente falleció en Amelia María Fernández de Haeusser, una querida mujer que contaba con 91 años de edad, dejando un profundo dolor entre sus seres queridos y todos aquellos que la conocieron.
Dedicatoria:
“Ni la ausencia, ni el tiempo son nada cuando se ama” Louis Charles Alfred de Musset.
Abu:
Gracias por tus enseñanzas de lucha, trabajo y valores.
Por tantos momentos juntos.
Por tu amor incondicional a tu bisnieta “Delfina Barca Goldenberg”
¡Te quiero siempre! Betiana Haeuser
HECTOR ARNALDO JESUS TORRENTI
A los 82 años de edad, el pasado martes 22 del corriente dejó de existir Héctor Arnaldo Jesús Torrenti, un conocido y destacado profesional tandilense.
Héctor nació el 1 de julio de 1929 y desde muy joven ejerció sus funciones como médico en esta ciudad y formó parte de instituciones provinciales como Femeba, Caja de Médicos, y como jubilado ejerció la vicepresidencia y tesorería de la Asociación de Médicos Jubilados de la provincia de Buenos Aires (AMEJU), siempre demostrando su criterio conciliador y afectuoso.
También incursionó en el deporte, creando una escuela deportiva en la sede social del club Independiente, en aquel entonces ubicada en calle Alem 550, con el profesor Torrenti, como director recién recibido del Instituto San Fernando.
Encabezó una actividad de avanzada en la ciudad, los niños y jóvenes participaban con riguroso equipo deportivo “de blanco” y muñidos de una pelota de goma y un bastón pintado de blanco, que no era ni más ni menos que un palo de escoba.
Héctor integraba en esos momentos la primera división del club y tenía en sus alumnos hinchada propia en cada partido. Sus clases contenían un sentido recreativo, toda una novedad para esa época, logrando en sus alumnos una fundamentación aplicada en cada deporte.
Lógicamente, él tenía su corazoncito en el básquetbol e Independiente logró mechar en su buen equipo a todos esos jóvenes que aprendieron con él el ABC del deporte de los cestos, entre los que stuvieron hermanos Gino y Enrique Pizzorno, los Lunghi, Guillot, Paso, Bonini, Lafourcade, Equiza, Pagés, Cereghetti y Esnaola.
Muy joven contrajo matrimonio con Norma Amilia Fiore, conformando una familia junto a sus hijos Darío y Natalia; Analía y Rafael, al igual que sus nietos Iván y Milo.
Sus restos, previo velatorio, recibieron inhumación en el cementerio parque Pradera de Paz.
ANGELA ANTONIA MARRIESCURRENA
“El día jueves acompañamos los restos de Angélica al Cementerio Municipal. Fue una mañana de mucha tristeza pero también de una gran emoción.
Angélica, como todos en la familia le decíamos, nunca se casó, vivió durante mucho tiempo en Belgrano al 800, modista de las de antes, aquellas que te probaban el vestido dos veces, porque no podía tener ninguna imperfección.
En el transcurso del día no pude dejar de pensar en una cantidad de recuerdos en las que ella estaba presente.
Cuando yo era chica, Angélica venía todos los sábados a compartir la tarde con nosotros, para mí era una gran alegría también que aceptara quedarse a dormir, así al otro día podría compartir con ella desde la mañana.
Durante las tardes llenaba la casa de anécdotas, contaba situaciones que había vivido con mi abuela, mi madre y mis tíos en el campo, que no por casualidad se llama La Angela.
Siendo mi abuela muy joven y al quedar viuda con tres hijos. Angélica se convirtió en un sostén que fortaleció con el correr de los años y las generaciones.
Primero acompañó a mi abuela, más tarde a mi mamá. A aquellos terruños de San Manuel, ella conocía su gente, sus costumbres, a ella la conocían en todo el barrio rural, como Angélica “la tía de los Manazzoni”, así la llamaban.
Con el transcurso de los años nos llegaron las pérdidas familiares; por circunstancias de la vida, ahora la que tenía que ir a San Manuel era yo, y ahí estaba allí, acompañándome y llenando los viajes de grandes recuerdos y enseñanzas de vida.
En distintos momentos de mi vida estuvo presente, como tía abuela, como tía bisabuela de mis hijos, aunque solo aceptaba el rotulo de tía.
Creo que vivió sin grandes sobresaltos, sí estoy segura que tuvo que ir aceptando la pérdida de hermanos, sobrinos, cuñados con gran fortaleza. Se fue amoldando a lo que la vida le presentó.
Si había algo que admiraba era la capacidad de acompañar los distintos caminos que cada uno de nosotros fue transitando en la vida, ese acompañamiento silencioso, no quejoso que aceptaba las decisiones de cuestionar o sin juzgar.
Este, es mi humilde recuerdo a la tía Angélica, seguramente en cada vivencia que recuerdo estará ella con sus manos grandes y su predisposición al estar.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
Este contenido no está abierto a comentarios