Nicolino
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
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"La relación de complicidad que se establece entre Locche y su público es un fenómeno que me atrevo a llamar estético, pues pertenece a un orden (pensé en escribir espiritual, y aún creo que ésa es la palabra) que lo acerca a los grandes actores, a los divos, al milagro".
(Abelardo Castillo)
(Abelardo Castillo)
Aquel día, que acá era mañana, allá -del otro lado del mundo- se había hecho noche. Por suerte, porque si hubiera sido acá la campana lo hubiera encontrado durmiendo.
Porque si algo le gustaba era dormir. Bah, le gustaban muchas cosas. Y ya se sabe cuál es el castigo para los tipos a los que le gustan todas; en el pecado está la penitencia, decía una tía vieja que gustaba rezar el rosario entero.
Aquel hombre al que le gustaban todas había firmado ese contrato tácito que firman los locos, los soñadores, los artistas. Hay, esencialmente, dos maneras de vivir: a lo largo y a lo ancho (hay una tercera dimensión, que es la altura, pero sospecho que ésa no se elije). Y él firmó vivir a lo ancho.
Lo firmó como quien firma un formulario cualquiera, una ficha de dentista ("firme acá", te dicen y firmás porque querés irte ya de ahí), como firmó otros contratos. Para atrás, todos. Justo a él, que era difícil de embocar, lo durmieron en todos los negocios.
Se sabe que al que le gusta dormir le esquiva al trabajo. Y él hizo del esquive su forma de ganarse el mango. Por eso se reía. Porque las veía venir y en el último segundo, en ese instante en el que la mayoría nos resignamos a sentir el golpe y a que nos duela lo menos posible, él salía indemne y airoso. Y contento.
Cómo no ovacionarlo. Cómo no quedarse afónico con el ole (ese tributo sólo reservado a los toreros). Cómo no enrojecerse las manos de tanto aplaudirlo. Si todos querían ser como él: esquivarlas todas, divertirse donde otros se rompen el alma, bailar donde todos se tropiezan, no transpirar donde los otros se desangran y lloran.
No duró mucho, es cierto. Porque ya se sabe cuál es la condición para lo bueno. Pero ese tiempo, escaso, con gusto a poco, bastó para convertir a este hombre carismático, vago, entrañable, en inolvidable.
Por una cuestión de edad, prácticamente no tuve oportunidad de disfrutarlo. Sin embargo, me pasa con él lo que con otros (Angel Clemente Rojas, Luis Federico Thompson, los Emiliozzi): aprendí a quererlos por extensión, por reflejo.
No recuerdo tanto sus peleas, pero sí me parece verlo aún a mi viejo frente al televisor, disfrutando como un chico. En silencio -en su particular manera de festejar para adentro, como si no se permitiera una alegría efímera y menor- mi papá era feliz. Y con eso, a mí me bastaba.
Aquella mañana del 12 de diciembre de 1968 mi viejo escuchaba la radio. Del otro lado del mundo, en Japón, era de noche. Por eso Nicolino Locche estaba despierto. Así y todo, dicen que cinco minutos antes de salir al ring, a enfrentar al crédito local, tuvieron que despertarlo. Nicolino se había quedado dormido en la camilla. Dicen que le pegó unas pitadas al cigarrillo y salió a los saltitos. Nueve rounds le bastaron para demoler a Paul Fuji, prácticamente sin tocarlo. El hawaiano, que era local, escuchó la campana y se quedó sentado moviendo la cabeza de un lado para el otro. Se había cansado de pegarle al aire.
-¡Vamos…! -se permitió gritar mi viejo.
No me lo dijo, pero a mí me da en creer que estaba festejando algo más que el título mundial de los welter juniors. Festejaba el triunfo de la inteligencia, de la alegría, de los que no necesitan lastimar para ganar ni dejarse pegar para hacerse querer.
Festejaba -digo yo ahora, incontrastable- que hay vidas que se miden a lo ancho.
Y ésas son las que perduran.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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