No fui su fan
Mientras me pongo a escribir este artículo pienso si tengo derecho, ya que si bien algunas de las canciones románticas de Sandro me dieron vuelta el corazón, desconozco su biografía, sus presentaciones y todo lo que sé de él ?para ser sincera- lo aprendí en estos días, y también a través de la entrevista con Moncho Techeiro, que me contara, entre otras cosas: ?Hay mucha gente que dice ser su amigo o conocerlo, pero en realidad él tenía una vida privada que cuidaba muchísimo?, relatándome algunas situaciones que ahora se vuelven ciertas, porque, claro, cuando alguien famoso y popular se muere, hay gente que necesita sentirse protagonista de una historia ajena y cuenta lo que tal vez soñó. No sé. Por eso insisto en que no fui su fan, jamás fui a uno de sus shows, pero me encantaba escucharlo en una entrevista, contando su historia, orgulloso de sus raíces humildes y con una gran capacidad para responder preguntas estúpidas con una broma amable.
Dicen que nunca se negó a sacarse una foto con una admiradora ni a dejar de firmar un autógrafo. Sus amigos de la infancia lo recuerdan como un buen alumno, que se pasaba las horas escribiendo o tocando la guitarra y cantando, en vez de jugar al fútbol. El, por su parte, aseguró que de no haber tenido la guitarra y la música hubiera sido un pibe violento. Rescato de Roberto Sánchez todas estas cosas que lo pintan de cuerpo entero: un hombre humilde y sensible, orgulloso del barrio donde nació y de la familia que tuvo, que le hizo una gambeta al futuro poco favorable que avizoraba a través de sus cualidades artísticas que lo consagraron como el ídolo musical más grande de los últimos tiempos. Ahora, ya un mito, como Gardel, tal como lo sugirieron Susana y Mirtha, y probablemente sea así.
Si bien no fui su fan, me conmovió su lucha por seguir cantándole a la vida y me apenó su muerte, aunque había llegado el momento de dejar el escenario, ya que cuando su mujer le preguntó si quería partir de gira, asintió, tal vez pensando en aquella vez que se presentó en un repleto Madison Square Garden convirtiéndose en el primer argentino que lograba semejante gloria.
Insisto con esto de que no fui su fan, pero reconozco el talento, la calidad humana, al artista maravilloso y querido en toda Latinoamérica, al que supo conquistar el amor incondicional del público, al gitano, a Sandro, a Roberto Sánchez, una estrella.
Por eso el lunes por la noche cuando vi en la tele a Ricardo Fort, el payaso millonario más mediático de la historia, con un zócalo que señalaba ?Fort conmocionado por la muerte de Sandro? me pregunté qué miércoles tenía que hacer ese tipo opacando ?aunque fuera por unos segundos- todo lo que sucedía en el marco del adiós al ídolo de por lo menos tres generaciones. Y me dio tanta bronca ver al siliconado chocolatero ocultando sus lágrimas de baratija tras sus anteojos de sol que volví a preguntarme qué miércoles tenía que ver él con ?nuestro Sandro?.
Apagué la tele y me fui a dormir con la pena instalada en el corazón, por la bronca contra los aprovechadores amarillistas de circunstancias como éstas que se cuelgan de cualquiera que prorrogue sus segundos de fama.
Creo que sus admiradoras, sus nenas, no tendrían que perdonarle esta actitud de lucro personal en base a la figura de quien se fue dejando el mejor de los recuerdos.
Personalmente ?disculpen sus fans- no pienso perdonarle que ensombreciera por unos segundos la despedida de un hombre de bien, laburador en lo suyo, un caballero y por sobre todo una gran persona. Lo deploro.
El lunes, ayer, hoy no son días comunes. La noticia de la muerte del violinista argentino más grande de todos los tiempos, a quien tuve el honor de conocer, Alberto Lysy, me llenó de pena. Luego vino lo de Sandro y la pena fue creciendo en mí; en mí, que ni siquiera sé porqué estoy escribiendo estas líneas, ya que no fui su fan.
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