No hay futuro sin memoria
Especial para El Eco | Por Daniel Bilotta (*)
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailLa idea del porvenir como un salto por encima de las frustraciones es una utopía en que la humanidad acredita vasta experiencia: en su nombre se han cometido algunas atrocidades que no conviene perder de vista. En especial en tiempos de proselitismo electoral que es cuando la urgencia de alcanzar un futuro venturoso en viaje relámpago y sin escalas halla acogida en uno y otro lado del mostrador, omitiendo esos capítulos de la historia.
Causa común entre quienes aspiran a lograr una mejor calidad de su representación legislativa y los que se auto postulan como indicados para saciar esa expectativa que, hay que decirlo, a simple vista es desmedida. La pregunta pertinente es por qué esas propuestas – una suerte de atajo al destino que depende de una laboriosa construcción a largo plazo y día a día – resultan atractivas.
Aunque se trata de un interrogante que admite variedad de respuestas, una posible es el cambio experimentado en la consideración del tiempo, cuya economía marca el ritmo de los mercados globalizados. Convertido en un nuevo commoditie, las innovaciones tecnológicas en condiciones de agregarle valor son también las que determinan un nuevo orden social.
El fraccionamiento en porciones tan pequeñas y solo mensurables desde la velocidad de la luz, es sin duda, el mayor prodigio de este proceso, con efectos más evidentes en el universo del trabajo y de la educación. Si, como en la canción de David Lebón el tiempo es veloz, lo paradójico es que no todos saben cómo invertir aquello que no desean ya dar por perdido.
Vacío existencial que tiende a cubrirse con la versión hogareña de estas invenciones con una infalibilidad solo demostrada para fines específicos pero que, sin embargo, se hacen merecedoras de un grado de confianza que dudaríamos en delegar en otro igual. Lo mismo que el vínculo afectivo que se establece con ellas en reemplazo de la empatía con miembros de otras especies, como las mascotas.
De algún modo, la cotidianeidad con ellas les da un halo de humanidad y las hace centro de una atención inédita hasta constituir una nueva forma de fe, cimentada en el hecho de simbolizar el futuro en el presente.
Era difícil que la política, el espacio donde la ciudadanía intercambia experiencias y anima expectativas, quedase al margen de este fenómeno percibido casi como una nueva en la que es preciso embarcarse prescindiendo de otras como un pesado lastre. El frustrado plebiscito que iba a convocarse con las elecciones de octubre con la propuesta de reducir de 23 a 21 años la edad exigida a los candidatos a concejal parece inscripta en esta nueva lógica de razonamiento.
Luego de confirmar que se lo postergará hasta el año próximo, Alberto De Fazio defendió esa iniciativa que apuntaría a una reforma integral de la Constitución provincial pues “está plagada de piezas de museo”. La Asamblea de Mayores Contribuyentes sería una de ellas por el hecho de provenir “casi desde la fundación de Buenos Aires” y porque otorgaría desde entonces mayor poder de decisión a quienes tributan más.
La descripción del senador del Frente para la Victoria no se ajusta con fidelidad a los hechos: desde 1983 permanece sin actualizar el monto anual que deben aportar quienes deseen integrarla: 500 pesos. Cifra risible al aplicársele las devaluaciones y cambios de signo monetario.
Lo mismo que la comunicación mediante edicto público de la apertura del registro de aspirantes a conformarla entre el 2 y el 15 de mayo de cada año, según el artículo 92 de la Ley de Municipios que también faculta al Intendente a designarlos si quedase desierta, como ocurre con frecuencia. Por lo general, las vacantes se cubren en combinación con los concejales pues la Asamblea replica el número de titulares y suplentes de ese cuerpo.
Procedimiento sobre el que recaen sospechas de supuesta opacidad pero que, en los hechos,supone una democratización de un organismo al que debe convocarse de forma obligatoria para convalidar aumento de tasas o creación de otras nuevas. No resulta fácil persuadir de eso a voluntades que no dependen, como la de los ediles de lealtades partidarias.
Es probable que la hipérbole de De Fazio haya aludido globalmente a estos anacronismos y no elípticamente a la voluntad de suprimir la Asamblea y volver más restrictiva la participación ciudadana en la toma de decisiones. Eso no redundaría en un descentralización de la democracia.
“Somos lo que no hemos olvidado” sostiene el argentino Iván Izquierdo, académico y científico experto en procesos celulares de la memoria que reside, enseña y trabaja desde los años ´70 en el Brasil.
En su libro “El arte de olvidar” (Edhasa, 2008) recalca que “los pueblos que olvidan su historia no solo corren el riesgo de repetir acontecimientos sino el de hacerlo mal. Y ciertamente, el de descaracterizarnos por completo. El de no ser nada ni nadie. Lujos que los animales no se dan y los seres humanos no nos podemos permitir. Ni como individuos ni como miembros de los pueblos y culturas de los que somos parte.”
El futuro depende, y mucho, también de eso.
(*) El autor es Periodista y analista político especializado en temas del Conurbano. Docente del área de Comunicación Social. Universidad Nacional de Lomas de Zamora.
(**) Ilustración: Andrés Casciani
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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