?No voy a ser como mi padre, ¿y qué??
-En su carrera política hubo un momento -breve- en que las encuestas mostraron un salto de su imagen y no se descartó que hasta podría llegar a ser presidente ¿Se había hecho muchas ilusiones?
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu email-No. Sinceramente, no. Nunca lo creí.
-Vamos, no es nada raro, todos, cada uno a su modo, tenemos encandilamientos en la vida. ¿Acaso no imaginó que le ponían la banda?
-No lo sentí así. Palabra de honor. No tengo ese tipo de personalidad. Además era muy joven (sonríe), dije “voy a esperar unos años más para tener la experiencia necesaria”.
-¿Nunca se arrepintió de no haberle hecho caso a su padre cuando le recomendó que no se metiera en política a esa altura de la vida (tenía 40 años)?
-¡No me dijo eso! Me preguntó si tenía el cuero duro. Y yo sabía de lo que el viejo me estaba advirtiendo porque tuve la experiencia que había vivido con él. Nunca tuve el cuero blando.
-¿Qué sería tener el cuero blando?
-Reaccionar enojándome contra la política o con rencores hacia los dirigentes; ni siquiera lo tuve con los que yo creía que le hacían cosas malas a mi padre. Esa versión surge del partido: algunos intentaron hacer creer que mi padre estaba en contra de que yo creara una línea interna. En realidad él me alentó y acompañó siempre.
-Es que no es ilógico temer por un hijo que se está metiendo en un ambiente que de puro no tiene nada.
-No creo que el ambiente de la política sea impuro.
-Ahora sí los lectores van a dar la razón a los correligionarios que largaron la versión de su padre.
-Para mí es exactamente al revés: para hacer política tenés que ser buena persona. Es un ambiente duro, pero eso es un prejuicio que tenemos que superar. Hay gente que actúa mal, pero hay una infinidad que no. No se puede juzgar a todos por dirigentes -muchos- que seguramente llegaron con ilusiones y después se quebraron.
-Usted da imagen de buen tipo.
-A mí me gusta ser una buena persona. Procuro serlo porque no es una banalidad: ser una buena persona no es no robar, no matar, es mucho más exigente que eso. Es casi una ideología. Y me rodeo de gente que es muy buena y más inteligente que yo, al revés de lo que hacen muchos.
-¿Y será tan bueno como parece?
-No, no creo, soy un ser humano y tengo mil limitaciones, mil debilidades. Pero no lo pienso en términos de resultados o de conveniencias ¡Pienso que hay que ser una buena persona porque así me lo han enseñado!
-Por eso suena raro cuando defiende a la clase política, porque además lo dice alguien que si hay algo que todos le reconocen es que, al contrario de otros, no utilizó políticamente una tragedia familiar.
-¿Se refiere a lo de mi hija? A veces tengo la sensación de que algunos utilizaron cosas pero nunca vi que se utilice la muerte de un hijo. De todas maneras que los demás hagan lo que quieran, yo me sentiría como la mona y creo que si la gente se diera cuenta de una cosa así se les tendría que volver como un boomerang.
-Sin ir muy lejos: el progresismo k redescubrió a su padre, ¿les cree o le parece una jugada política?
-Las dos cosas. Cuando criticaban mucho, muchísimo, a mi padre (los mismos que hoy lo elogian) no hablaban sinceramente, sólo creían que era negocio porque así sintonizaban con la sociedad. Tal vez lo que dicen ahora se aproxime más a la idea que tienen realmente de él, pero hay algo de especulación, no dudes.
-En Tandil tiene amigos. Hugo Escribano es uno de ellos.
-Sí.
-Ni hablar de Carlos Fernández. Pero Lunghi no es tan amigo, ¿verdad?
-Carlitos es uno de los hombres más inteligentes que hay en la política. Y obviamente me he hecho mucho más amigo con él porque nos vemos con más frecuencia pero con Miguel tenemos una buena relación y…
-Perdón: y “Miguel” sufre cada vez que en las elecciones tiene que compartir boleta con “Ricardito”.
-¡Y lógico! Ya lo sé y les pasa a todos los intendentes, pobres, yo los entiendo, porque aun sacrificando sus propios intereses electorales se juegan, como Miguel Lunghi, por los candidatos a nivel nacional.
-Al final, como hijos de un ex presidente, a los Alfonsín no les fue mal en la opinión pública. Casi todos los demás hijos de mandatarios no tuvieron esa suerte en Argentina.
-De los demás no quiero opinar. Pero a nosotros no nos conocían y hacíamos para que no nos conocieran. No nos gustaba. Hoy mismo, ojalá pudiera ser un hombre público anónimo.
-¿Qué está diciendo?
-Sí, ya sé, estoy hablando de la cuadratura del círculo, pero si no fuera una contradicción lógica yo sería eso. Lamentablemente no puedo y entre perder el anonimato y dejar de hacer política elegí perder el anonimato.
-¿O será que la sombra de su padre lo acompleja porque siempre lo va a eclipsar?
-Guillermo… yo no compito con mi viejo. ¡Lo admiro!
-Usted vio que le sucede a hijos de alguien notable, la gente siempre dice “no va a ser como el padre”.
-Y bueno, ¿y qué? No voy a ser el único que no va a ser grande como el viejo. En el radicalismo hay muchos que no son Raúl Alfonsín. Eso es lo que algunos amigos no se dan cuenta. ¿Por qué me tienen que exigir a mí que sea igual que Raúl Alfonsín y no a ellos mismos? Somos dos personas distintas y con historias, contextos y momentos diferentes.
-¿Hasta cuándo tiene mandato como diputado?
-Hasta 2017.
-¿Y luego?
-Tal vez ahí ya me sienta más maduro (risas). Y pueda pensar en una candidatura presidencial.
Una flota de taxis a la derecha, por favor
A medida que en la sociedad crece el reconocimiento (y se diluyen las críticas furibundas) hacia la figura del ex presidente Raúl Alfonsín, más lejanos quedan los recuerdos de aquellos tiempos -desde mediados de 1986, 1987 en adelante- en los que portar ese apellido tenía un costo muy negativo en la calle.
El paso del tiempo le permite a Ricardo Alfonsín evocar hoy con humor momentos que de agradables tuvieron poco y nada. Uno de ellos sucedió a metros de la histórica oficina de su padre, sobre la avenida Santa Fe, ahí donde recibió a El Eco y en donde se desempeña aún la también histórica Margarita Ronco, secretaria del ex mandatario.
Finalizada la entrevista, el diputado nacional contó que él y sus hermanos vivieron siempre la presidencia de su padre con el temor de que alguien creyera que podían sacar ventajas del poder y por eso evitaban al máximo la exposición pública, pero un día de esos en que la sociedad ya no tenía piedad con los Alfonsín, fue él mismo el que se dio a conocer.
“Ibamos en un taxi por la avenida Santa Fe y estaban todos los taxis parados en hilera, una fila muy larga. El chofer me mira y me dice: “¿Sabe de quién son todos estos taxis? Son todos de los hijos de Alfonsín, que se han llenado de taxis”.
Ayyy… ahí sí me enojé. Le dije (recuerda a los gritos con la entonación de enojo de aquel entonces): “Bájeme acá señor, ¿sabe quién soy yo? Yo soy hijo de Alfonsín. ¡El único taxi que tengo es el que tomo acá!”. El tipo me pidió disculpas y demás. Al final me calmé y le dije: “Pero fíjese que si usted no me encontraba seguía repitiendo eso ¡que es un disparate! ¿De dónde lo saca?”. Y tengo más.
-¿Por ejemplo?
-Estar comiendo en restaurantes y escuchar la conversación de al lado…
-¿Y?
-Uhhh, decían cosas terribles, increíble.
-Pero no se metía.
-A veces sí. Cuando me levantaba. Luego de pagar la cuenta les decía “señores, todo lo que pude escuchar es un disparate. Un dis-pa-ra-te” Y me iba. Se quedaban helados (risas).
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
Este contenido no está abierto a comentarios