Nobleza obliga
Por Marcos Gonzalez
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Por estos días se define un hecho que será rescatado por la historia como un logro para Tandil: el cese de la actividad de las canteras ubicadas dentro del perímetro más próximo a la ciudad.
Habrá nombres que quedarán ligados a esta medida: el del intendente Lunghi, el del gobernador Scioli, el de Néstor Auza, gestor de la Ley de Paisaje Protegido. Las versiones más detalladas de esta historia también incluirán a referentes de entidades preservacionistas que desde hace años y ante nuestra característica indiferencia mayoritaria vienen bregando por el cuidado del paisaje y del medioambiente.
Lo cierto es que estos días formarán parte de la historia.
Y por esas extrañas piruetas del calendario, fue también por fines de septiembre y principios de octubre de hace más de un siglo las fechas que rescata la historia sobre otras luchas. Que también tuvieron a las canteras como escenario y a sus obreros como protagonistas.
Cada época plantea sus propias batallas y engendra a los hombres y mujeres que las libran. Tan necesarios éstos como aquéllos, cierto. Pero más cierto todavía que en esa primavera de 1906 que nos recuerda la historia, las luchas se libraban con la palabra y con las manos, con el honor y con el pellejo.
Hoy, afortunadamente, los escenarios de las disputas han cambiado.
Cuentan que fue un carpintero italiano, Luis Nelly, el que encabezó la movida. Había llegado al Cerro de los Leones para construir las casillas donde vivían los canteristas. Lo secundaba otro tano, Roberto Pasucci, picapedrero. Y con ellos, otros gringos, mayoritariamente españoles y montenegrinos.
El 6 de octubre nació la Sociedad Unión Obrera de las Canteras de Tandil, que en sus momentos de esplendor llegó a nuclear unos 3 mil afiliados.
Había tanto por hacer que fue difícil sintetizarlo en un solo artículo, constitutivo del gremio: “El móvil de esta sociedad tiene por objeto defender los intereses de sus asociados y proporcionarles por cuantos medios estén a su alcance y cuando sea necesario recabar leyes que mejoren la actual situación de los trabajadores de las canteras”.
Hasta entonces, el trabajo era de lunes a lunes y de sol a sol. Diez horas en invierno y quince en verano. Los trabajadores y sus familias vivían en el predio de las canteras, que estaban cercados por alambrados inexpugnables, con una tranquera de entrada y salida siempre custodiada. El salario lo cobraban en plecas, una moneda propia de cada cantera, con las que el obrero podía comprar los víveres y otros menesteres en el almacén del patrón.
En los primeros meses, el gremio logró algunas mejoras en la cantera de Cerro Leones. Pero había que extenderlas a las otras. Fue así que surgió la Huelga Grande. Anarquistas y socialistas -no sin peleas y trifulcas- se habían puesto de acuerdo para hacer valer sus derechos.
Fueron once meses de lucha, de hambruna, de represión, calabozo y muerte. Algunas familias no pudieron resistir y se vinieron al pueblo o se fueron a otras ciudades en busca de pan, paz y trabajo. Otras aguantaron.
Por fin, el 6 de octubre de 1908, a expensas de Buenos Aires que demandaba adoquines, los patrones aceptaron los reclamos y se firmó el acuerdo que incluyó el pago en moneda argentina, la reducción de la jornada laboral a 8 horas en invierno y 9 en verano, descanso dominical y reconocimiento del sindicato.
Cuenta Hugo Nario en su libro "Los picapedreros" que ese triunfo de los trabajadores los transformó de sometidos casi esclavos, en los obreros mejor pagos de la Argentina y sus luchadores sindicales los más prestigiosos.
Cuando por estos días escucho y leo sobre el destino que se le dará a los trabajadores de las canteras afectadas por la Ley de Paisaje Protegido me da por creer que hay algo más en juego que una indemnización y un futuro laboral asegurado como empleado público.
Creo que también hay una dignidad, una historia, un honor que no hay que llevarse por delante. Por más justa que sea la causa.
Porque, como bien se dice por ahí: nobleza obliga.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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