Nocaut
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
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Hay sucesos que ocurren a lo largo de nuestra vida que quedarán por siempre en la historia. De muy pocos de ellos somos protagonistas. Probablemente, de ninguno. Lo cual no deja de ser una alegría, habida cuenta de que por lo general, los hechos que pasan a la historia no se caracterizan por ser felices.
Por caso, el último gran tsunami nos encontró literal y saludablemente del otro lado del mundo.
Pero lo vimos por televisión. Y ése es el punto; no somos protagonistas, pero sí espectadores.
Los que ya tenemos unos cuantos años podemos contar con detalles qué estábamos haciendo el día que el hombre llegó a la Luna. Es decir: estábamos frente al televisor.
Desde la mañana misma de ese 19 de julio de 1969, en casa nos habíamos preparado para el espectáculo. Varias veces acomodamos la antena tratando de mejorar la imagen fantasmal y caprichosa de la repetidora de Canal 8 de Mar del Plata.
Más acá en el tiempo, cualquiera de nosotros podría contar dónde se encontraba el 11 de septiembre, el día del atentado a las Torres Gemelas. Dirá que estaba trabajando o a punto de salir de casa o en un bar y que pudo ver en vivo, en directo y sin poder creerlo cómo el segundo avión impactó contra el imponente edificio.
Esas cosas no se olvidan más.
Los futboleros podemos recordar no sólo dónde estábamos sino con quién, cómo estábamos vestidos, qué habíamos comido, qué pensábamos durante las finales de los mundiales del `78, del `86, del `90.
Ayer se cumplieron 41 años del nocaut de Monzón a Benvenuti. Quién lo iba a pensar en ese momento, pero aquella tarde pasaría a formar parte de la historia. De nuestra historia argentina, hecha de sangre, golpes y trompadas.
Apenas Tito Lectoure, Amílcar Brusa y muy pocos más sabían que ese morocho parco, de mirada esquiva y derecha fulminante se iba a transformar en uno de los grandes del box mundial. Y fuera del ring iba a recrear, como tantos otros, la tragedia de una vida signada por la furia.
El que seguro no sabía que aquella tarde se gestaba algo importante era yo. Un poco porque mucho no me importaba el boxeo y otro poco por las ocurrencias de mi vieja que promediando la pelea me mandó a comprar un kilo de nalga para milanesas.
Con un bollito de billetes en la mano llegué a la carnicería de la otra cuadra. El carnicero salió de un cuartito del fondo y me dijo qué andaba buscando o algo parecido que a mí me sonó muy pendenciero.
-Yo no tengo la culpa -debí decir-. Pero a mí mamá se le ocurrió justo ahora un kilo de nalga para milanesas. Bien finitas si puede ser y si no, no importa.
El tipo afilaba la cuchilla con la chaira mientras estiraba el cogote para el cuartito del fondo, desde donde llegaba la voz del relator. Hasta que por fin, no pudo más: `ya te atiendo`, me dijo y desapareció.
-Nocaut, nocaut -gritaba el de la televisión-. Monzón es campeón del mundo…
El carnicero miró la repetición cuatro o cinco veces y volvió con una sonrisa de oreja a oreja.
-¡Mamita, qué derecha tiene ese negro! Para milanesas, me dijiste, ¿no?
Tal vez como para compensar la negligencia de aquella tarde, nunca más me perdí una pelea de Monzón. Ni de Locche ni de Galíndez.
Sin embargo, nunca pude apreciar la esencia de ese deporte. No lo pude disfrutar. Supe que me estaba perdiendo de algo; como sé también que algo en mí no anda bien porque no me conmueve la ópera. De algo me estoy perdiendo, estoy seguro, pero no sé bien de qué.
Cortázar, Soriano, Hemingway, Doyle, Castillo, Faulkner, Eduardo Medina y tantos otros no pueden estar equivocados: hay algo de arte, de tragedia, de redención y de espanto que trasciende el acto mismo de dos tipos abollándose la cara arriba de un ring.
Algunos lo saben ver, lo disfrutan. Otros, como yo, andamos por ahí comprando nalga para milanesas.
Por caso, el último gran tsunami nos encontró literal y saludablemente del otro lado del mundo.
Pero lo vimos por televisión. Y ése es el punto; no somos protagonistas, pero sí espectadores.
Los que ya tenemos unos cuantos años podemos contar con detalles qué estábamos haciendo el día que el hombre llegó a la Luna. Es decir: estábamos frente al televisor.
Desde la mañana misma de ese 19 de julio de 1969, en casa nos habíamos preparado para el espectáculo. Varias veces acomodamos la antena tratando de mejorar la imagen fantasmal y caprichosa de la repetidora de Canal 8 de Mar del Plata.
Más acá en el tiempo, cualquiera de nosotros podría contar dónde se encontraba el 11 de septiembre, el día del atentado a las Torres Gemelas. Dirá que estaba trabajando o a punto de salir de casa o en un bar y que pudo ver en vivo, en directo y sin poder creerlo cómo el segundo avión impactó contra el imponente edificio.
Esas cosas no se olvidan más.
Los futboleros podemos recordar no sólo dónde estábamos sino con quién, cómo estábamos vestidos, qué habíamos comido, qué pensábamos durante las finales de los mundiales del `78, del `86, del `90.
Ayer se cumplieron 41 años del nocaut de Monzón a Benvenuti. Quién lo iba a pensar en ese momento, pero aquella tarde pasaría a formar parte de la historia. De nuestra historia argentina, hecha de sangre, golpes y trompadas.
Apenas Tito Lectoure, Amílcar Brusa y muy pocos más sabían que ese morocho parco, de mirada esquiva y derecha fulminante se iba a transformar en uno de los grandes del box mundial. Y fuera del ring iba a recrear, como tantos otros, la tragedia de una vida signada por la furia.
El que seguro no sabía que aquella tarde se gestaba algo importante era yo. Un poco porque mucho no me importaba el boxeo y otro poco por las ocurrencias de mi vieja que promediando la pelea me mandó a comprar un kilo de nalga para milanesas.
Con un bollito de billetes en la mano llegué a la carnicería de la otra cuadra. El carnicero salió de un cuartito del fondo y me dijo qué andaba buscando o algo parecido que a mí me sonó muy pendenciero.
-Yo no tengo la culpa -debí decir-. Pero a mí mamá se le ocurrió justo ahora un kilo de nalga para milanesas. Bien finitas si puede ser y si no, no importa.
El tipo afilaba la cuchilla con la chaira mientras estiraba el cogote para el cuartito del fondo, desde donde llegaba la voz del relator. Hasta que por fin, no pudo más: `ya te atiendo`, me dijo y desapareció.
-Nocaut, nocaut -gritaba el de la televisión-. Monzón es campeón del mundo…
El carnicero miró la repetición cuatro o cinco veces y volvió con una sonrisa de oreja a oreja.
-¡Mamita, qué derecha tiene ese negro! Para milanesas, me dijiste, ¿no?
Tal vez como para compensar la negligencia de aquella tarde, nunca más me perdí una pelea de Monzón. Ni de Locche ni de Galíndez.
Sin embargo, nunca pude apreciar la esencia de ese deporte. No lo pude disfrutar. Supe que me estaba perdiendo de algo; como sé también que algo en mí no anda bien porque no me conmueve la ópera. De algo me estoy perdiendo, estoy seguro, pero no sé bien de qué.
Cortázar, Soriano, Hemingway, Doyle, Castillo, Faulkner, Eduardo Medina y tantos otros no pueden estar equivocados: hay algo de arte, de tragedia, de redención y de espanto que trasciende el acto mismo de dos tipos abollándose la cara arriba de un ring.
Algunos lo saben ver, lo disfrutan. Otros, como yo, andamos por ahí comprando nalga para milanesas.
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