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El otro día, mientras leía el pedido de los vecinos para que abran el pasaje Primero de Mayo en la manzana donde estaba el estadio de Santamarina, se me vino a la cabeza otra cancha, más modesta aunque también extinta, atravesada al medio no por una calle, sino por un sendero de baldosas. La canchita del Preventorio, en 9 de Julio y Uriburu, el predio que hoy pertenece al Poder Judicial.
El vocablo preventorio hoy puede resultar extraño, indefinible. Por aquella época también, pero para los que vivíamos en el barrio era familiar. No sabíamos lo que quería decir, pero poco importaba. Porque ahí había una canchita y eso era más que suficiente.
Durante los fines de semana se convertía en el epicentro de la actividad deportiva de la vecindad. Había equipos más o menos definidos y los partidos empezaban como amistosos y terminaban como finales por la copa del mundo. Así debe ser.
En cuanto a las características, el campo de juego tenía una condición que le valía un status superior a la de cualquier potrero de barrio: arcos de verdad. Conformados por tres palos de madera con ángulos rectos (no redondos) mantenían la proporción justa, de acuerdo a los dimensiones de la cancha. Evidentemente, habían sido instalados por alguien que sabía del asunto.
Por lo demás, la cancha tenía dos o tres particularidades que atentaban contra la práctica misma del deporte. A la altura del puntero izquierdo de los que atacaban para el lado sur, había un pino frondoso y exagerado, habida cuenta del contexto. En el córner derecho, de los que pateaban para el otro lado, un macetón gigante imponía su incómoda presencia.
El macetón pasaba prácticamente inadvertido, salvo en los tiros de esquina. Con el pino, la cosa se complicaba un poco más, sobre todo para los punteros, que además del marcador tenían que eludir al tronco. Algunos zagueros maliciosos solían esconderse detrás del árbol y salirle de sopetón al cruce del wing, que solía perder el balón más por el susto que por otra cosa.
Pero si algo había que hacía de esta cancha única en su categoría, era el caminito de baldosas que la atravesaba de lado a lado justo por la mitad.
No debía medir más de un metro de ancho y conducía de la vereda al Preventorio propiamente dicho, ubicado hacia el lado de calle Alem.
Seguramente, en algún tiempo el caminito habría estado al mismo nivel que el resto del piso. Sin embargo, la erosión propia de los años más los incontables partidos disputados habían hundido el campo de juego unos cuantos centímetros, de manera tal que el sendero embaldosado se había convertido en un escollo.
Eran frecuentes los tropezones y las caídas de los jugadores que se pelaban las rodillas contra las baldosas. Sobre todo, los más habilidosos, que suelen jugar con la cabeza levantada.
También podía pasar que algún despeje a rastrón de un defensor poco previsor pudiera terminar en un ataque para los adversarios, cuando no lisa y llanamente en un gol en contra.
No faltaba de tanto en tanto la irrupción de alguna vieja que se bajaba del Azul (que tenía la parada justo ahí) y se le antojaba cruzar por el sendero en medio de un partido. Automáticamente se detenían las acciones, mientras los futbolistas aguardaban ansiosos que la señora se dignara a pasar.
-Apúrese, doña, le gritaba algún exaltado del equipo que iba en desventaja.
Desconozco si alguno de aquellos muchachos que hicieron sus primeras armas futbolísticas en la canchita del Preventorio habrá llegado a jugar en primera.
Varios años más tarde, fuimos con un amigo hincha de Ferro a ver el clásico contra Santamarina. Mientras mirábamos el partido de reserva, me pareció reconocer al número diez del tricolor. Era bastante habilidoso, pero jugaba mirando el piso y cada vez que cruzaba la mitad de la cancha, pegaba un salto de lado a lado de la línea de cal.
No fue necesario mirarle las rodillas para descubrir marcas de viejos raspones.
-Este jugaba conmigo cuando era chico, le dije a mi amigo, para darme corte.
-Parece una gacela, parece…
-Sí. Ya de chico jugaba bien.
-Ma´ que juega bien. Se la pasa a los saltos.
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