Once del once del once
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Ayer, a eso de las nueve de la noche, me llaman por teléfono de la Redacción.
-Che, son como las diez de la noche y todavía no mandaste la columna…
No hubo manera de hacerles entender que hoy era el fin del mundo. Allá ellos.
Lo cierto es que a esta columna de viernes posiblemente no la lea nadie.
No sé para qué hora exacta está pronosticado este asunto -los numerólogos dicen que a las 11 y 11 minutos-, pero ante la inminencia del final no creo que a nadie se le ocurra ponerse a leer este humilde artículo.
Me imagino a los cuatro jinetes del Apocalipsis que vienen al galope tendido por la esquina y el tipo mirando el pronóstico para saber cómo va a estar el fin de semana.
Será que ya a esta altura de mi vida me ha tocado pasar por unos cuantos anuncios de fin del mundo que a éste tampoco le creo demasiado.
He respondido en varias oportunidades al interrogante de `¿qué haría usted si se entera que esta noche chocan los planetas?` (y no nos engañemos, todo muy lindo el amor descontrolado, pero quisiera saber quién es tan ardiente como para darle rienda suelta al desenfreno amoroso mientras en el patio están cayendo bolas de fuego y ángeles implacables tocan a la puerta anunciando el Juicio Final. En tales circunstancias, a mí se me haría difícil mantener la concentración).
Y cada vez que me lo pregunto me digo más o menos lo mismo: nada. Al fin y al cabo, no se desanda una vida en una mañana o en una tarde por más apocalíptica que sea.
Los arrepentimientos y pedidos de disculpas de último momento se parecen más a un manotazo de ahogado que a un acto de contrición.
Por otra parte, allá andarán mis ofendidos, a las apuradas también, tratando de saldar sus ofensas, como para encima tener tiempo de atenderme a mí y a mis perdones interesados.
Supongo que saldría con el mate y el termo a recorrer las calles, si las circunstancias lo permitiesen. Habrá de ser todo un espectáculo el fin de mundo, como lo son las tormentas feroces y ciertos atardeceres de otoño.
Llevaría el cuaderno donde anoto lo que no quiero olvidar, por las dudas, no vaya a ser cosa que todo sea un simulacro y al otro día haya que volver escribir una columna.
Posiblemente vuelva a esos dos o tres lugares en los que recuerdo haber sido feliz, como para recuperar no digo una alegría, pero al menos la sonrisa necesaria para enfrentar tanta hecatombe.
Trataría de contener a algún perro abandonado escapándole a la estampida. Me daría el gusto de robar la manzana más lustrosa de la frutería, escribiría alguna frase de ocasión en la pared del Banco Comercial y me sumaría a la fila de los condenados, de los que ya saben el veredicto y van ahorrando tiempo.
He de esperar que allí me encuentre con unos cuantos amigos con quienes compartir los últimos amargos y con algún que otro contrario a quien decirle ‘para vos no hay’. Total, la suerte ya está echada.
En definitiva, cada cual tiene derecho a procurarse su propio fin del mundo. Habrá quienes se entreguen a la lujuria, quienes se arrepientan a las apuradas, quienes se asusten, quienes se rediman a último momento.
Y quienes le jueguen al 17, la desgracia, o en este caso al 11, que es el palito.
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