Otra oportunidad
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
Los riesgos de las modernidades es que pueden no ser bien interpretadas, por el solo hecho de llegar a destiempo.
Si a mi abuelo le hubieran dado un celular en el ocaso de sus días, allá por los ochenta, posiblemente lo habría mirado un rato, para después dejarlo abandonado en algún cajón del galpón, donde guardaba porquerías.
Esto si lo agarraban con un buen día. De lo contrario, sobre todo en sus últimos años cuando se le acentuó el carácter beligerante, posiblemente lo hubiera revoleado contra la pared.
El Tandil de fines de los setenta y principios de los ochenta, era como mi abuelo: bastante mal llevado.
De uno guardo recuerdos entrañables, más allá de sus rabietas; del otro, la memoria me llega con la pátina gris de la dictadura. La adolescencia, no obstante, suele dejar resquicios por donde se cuela la alegría.
La ciudad de mi adolescencia era tan conservadora que cualquier atisbo de cambio era visto como un ataque a sus propias entrañas. Una subversión al orden natural, utilizando la jerga de entonces.
La irrupción de la Galería de los Puentes fue para la sociedad de entonces lo que el celular para mi abuelo.
Por esos años, la cúspide en materia de renovación céntrica la había implementado el mismísimo Intendente. Un buen día se le ocurrió que el pueblo debía tener peatonal y sin fijarse en gastos le zampó un macetero en cada esquina y listo, ¡a caminar por la calle, tandilenses!
Como era de esperarse, la respuesta del tandilense medio fue contundente: siguió andando olímpicamente por la vereda.
La Galería de los Puentes no sólo fue una innovación en materia arquitectónica (mucho vidrio, acero, amplia, con dos plantas), sino que trajo consigo dos adelantos tecnológicos que amenazaron con revolucionar al pueblo: la escalera mecánica y la puerta que se abría sola.
No era una buena época para las revoluciones: pasado el entusiasmo de ver de qué se trataba, la gente prefirió seguir con los peldaños y el picaporte.
Sólo los jóvenes de entonces mantuvieron la fidelidad. Había un porqué: se llamaba Bunker, un boliche que a pesar de su escasa vida quedará en la memoria de una generación de tandilenses.
Tal vez por la innovación de las mesas de pool, por sus juegos de backgammon que estiraban la estadía en las mesas o simplemente porque era un buen lugar. Tandil tiene una larga y misteriosa historia en torno a boliches nacidos para el esplendor o el fracaso.
Sin embargo, la suerte estaba echada. Primero, la escalera mecánica limitó su funcionamiento a los fines de semana, luego se detuvo para siempre y Bunker pasó a formar de los buenos viejos días.
Quizás aquella obra había sido pensada para otro Tandil. Tal vez, para éste.
Ayer, mi amigo Lucas, me hizo recorrer lo que será Da Vinci, el resto-bar que se inaugurará en algunos días.
Mientras subíamos la escalera por ahora estática y me mostraba los distintos espacios contándome lo que va a ser, yo no podía evitar ver lo que había sido.
Creo que va a ser un buen lugar. Por la gente que conozco: Lucas, Gastón, el Rafa, Sofía, Marcos… Y por los que no conozco también.
Y por una cuestión de justicia: los jóvenes de entonces nos merecemos otra oportunidad.
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