Pablo Reguera, un tandilense en las alturas

Para los amantes de las definiciones, esta nota no tendrá un buen comienzo. Porque la actividad que se intenta definir puede ser tomada como un deporte, una profesión, un pasatiempo o un estilo de vida. O todo ello junto. Y como si esto fuera poco, se la conoce con el nombre de andinismo, alpinismo y hasta himalayismo, de acuerdo al lugar donde se la practica. Hay quien la define como montañismo, de manera genérica.
Valga esta introducción, un tanto ambigua, a manera de presentación de Pablo Reguera, un tandilense que lleva en su haber más de 24 cumbres en distintos lugares del mundo.

Desde chico, en las nubes
Para ir al principio de la historia, habrá que remontarse algún tiempo atrás, cuando la mamá del por entonces Pablito (un pibe de 12 años), intentó que su hijo practicara alguna actividad por fuera de la escuela.
Probó con el basquet, pero ?no me gustó? (confiesa hoy Reguera); lo anotó en patín, pero ?no era para mí?; intentó con otros deportes, aunque ?no me hallaba?. Incluso, optó por el lado del arte y lo llevó a un coro, no obstante ?no era lo mío?.
Hasta que por fin lo anotó en el CEF 42, cuando realizaba sus actividades en la isla del Lago.
?Como todos, empecé con los campamentos y recorridas por las sierras?, recuerda hoy Pablo Reguera, quien desde ese momento no abandonó esta pasión.

Vivir al aire libre

-¿Cuando te diste cuenta que esto iba a ser una elección en tu vida?
-Empecé haciendo montaña, como todos. Cuando terminé el secundario estudié educación física, porque era lo más relacionado a lo que me gustaba: estar al aire libre. Tenía que estudiar algo y lo hice. Cuando terminé el profesorado, me puse a trabajar en el Rancho de Popy y paralelamente me pagué la carrera de guía en Mendoza. Allí comencé a trabajar hasta que me llamaron para trabajar en el Aconcagua. Ese fue el inicio, allá por el `97/`98. Y ahí, enganché.
-¿Cómo tomás esta actividad: como un deporte, una profesión, un estilo de vida?
-Está la parte deportiva y la parte profesional, como guía de montaña. Tengo más de 24 cumbres trabajando. Lo deportivo lo hago pura y exclusivamente por placer. Pero esto es lo bueno: hacer lo que querés y que te paguen. Aunque obviamente, un trabajo es un trabajo.
-¿Dónde están los mejores exponentes de esta actividad?
-Te diría que en la zona de Los Alpes. Lo que pasa es que esta actividad cambió mucho en los últimos años. Evolucionó muchísimo. Es un deporte relativamente moderno. Podemos hablar de ascensión, como subir al Aconcagua o a los del Himlaya. Pero también podés escalar montes más bajos, pero por paredes difíciles. También en Tandil ahora se hace escalada sobre paredes de 20 metros de roca; se las llama escaladas deportivas y consisten en subir sin que tengas caídas (ojo, caídas pero atados a la cuerda). También hay escaladas cortas en paredes de hielo, que es muy difícil. Y para cada una de esas especialidades, hay profesionales que la practican.

Tandil, ?una ciudad de montaña?
-¿En Tandil hay un ambiente especial de montañismo?
-Tandil es una ?oveja negra? en Argentina; tiene un ambiente de montaña como si fuera un pueblo de la cordillera. Una vez pasaron una película sobre montañismo, y se llenó lo que era el cine Alfa.  Aquí hay gente que hace trekking, hay escaladores, guías y aficionados a distintos deportes relacionados con la montaña.
Hace algún tiempo vino un especialista de España que recorrió todos los Centros Vascos del país, entre ellos el de Tandil. Estuvo en Bariloche, en Mendoza… Yo lo encontré tiempo después en el Aconcagua y cuando le dije que era de Tandil, me confesó su asombro por el ambiente de montaña que hay acá, que según dijo, no lo encontró en ningún otro sitio del país.
Y es que Tandil tiene su historia, que empezó allá por el `85 cuando se creó un Centro de Montaña. Con Iparraguirre, Leonardo Raval ?el hijo del médico- y Guillermo Vieiro, dos chicos que murieron cuando intentaron escalar el Tupungato.
Después llegó la generación nuestra y ahora hay un montón de gente que realiza actividades vinculadas con el montañismo.

Temporadas en el Sur

-Decías que te ?enganchaste? en trabajar en el Aconcagua y hasta hoy no paraste. ¿Cuánto dura la temporada de escalada en el Sur?
-Es cortita, comienza en diciembre y termina en marzo. Ahora se esta ampliando. Por ejemplo, ahora me estoy yendo al Chaltén y al Calafate a hacer unos trabajos allá y después voy al Aconcagua. En invierno también se generó otro trabajo. Porque cuando uno es reconocido como guía puede hacer trabajos con esquíes, no en un centro propiamente dicho, sino fuera de las pistas, como ir al Lanín.
Cuando a te hablan de esquiar te imaginás lo clásico: que te remontan hasta determinada altura y de ahí te largás.
Ahora, hay unos esquíes que tienen la bota con el talón liberado, y debajo del esquí se coloca una piel de foca (en realidad es una imitación sintética) que tiene un pelo que para adelante avanza y a contrapelo se frena en la nieve. Entonces vas avanzando y subiendo. Cuando llegás a la altura que querés, le sacás la piel que está adherida por un pegamento fácil de despegar y descendés esquiando. Obviamente tenés que tener conocimientos de montañismo.
-¿Qué grado de importancia tienen la capacitación y la experiencia?
-La capacitación siempre es importante, pero la experiencia es todo. Por ejemplo, en el tema de las avalanchas hay mucho, pero mucho de intuición. No es una cosa mágica. Hay que tener mucho conocimiento. Pero de repente, venís subiendo y después de un filo te encontrás con  una pendiente y tenés que decidir ahí en ese momento, si seguís o no. Hay mucho de intuitivo. Vos analizás la pared, si da al norte o al sur, si hay viento, si asoman piedras, todas las variantes. Pero en definitiva, prima la intuición. No existe el libro que te muestre caso por caso lo que hay que hacer. Tenés que tener un feeling con la situación. Y eso te lo da haber estado en la montaña.

Aprender a los golpes
-¿Los ?veteranos? de esta actividad transmiten su conocimiento o se los guardan para sí?
-Depende. Ahora hay muchos cursos. Cuando nosotros empezamos, hace veinte años, no los había. Ibas a la montaña y aprendías a los golpes. Ahora es como que la gente no va a montaña si no hace un curso. No está mal, pero yo me formé de esa manera. Obviamente hay riesgos. Si sos una persona que tenés hijos, familia, no querés que te pase nada, por ejemplo. Entonces contratás a un guía. Así se hace en Europa y se está comenzando a utilizar acá también. Si querés ir a la nieve, tenés que tener cuidados con las avalanchas y para eso hace falta mucha experiencia. O para el caso del mal tiempo, que puede resultar fatal.
-¿Por qué?
-Porque en la montaña es fatal. Acá mismo. Una persona que sale durante un día que está lloviendo, con niebla, sin la ropa adecuada, y se queda en la sierra con seis o siete grados, se muere de hipotermia. Acá en Tandil. Si vos te anulás, si no tenés experiencia, si no sabés salir, te morís. Y eso acá. Imaginate en el Aconcagua?
Por eso el guía lo que tiene es mucha anticipación. Tiene que ver venir un tormenta y anticiparse. O si se viene la noche, o si no va a haber agua. Te tenés que anticipar a todo; entonces, la solución llega antes a los problemas.
-Es un constante análisis de la situación.
-Sí. Pero si sos un tipo de montaña, no tenés que elaborar nada, surge naturalmente. Te anticipas a las cosas. Si llevás a una persona que camina lento, sabés que no vas a llegar a hacer noche en determinado lugar, entonces programás un campamento antes. O si ves que alguien toma mucho agua, sabés que tenés que buscar un río. Vos mirás para atrás, ves el grupo y ya te das cuenta lo que va a pasar.
-¿De cuántas personas se componen los grupos?
-En el Aconcagua, por ejemplo, entre 8 y 12 personas. Pero no voy solo, voy con tres asistentes y toda una logística de campo base, mulas, etc. Es una movida importante.
-¿Se utilizan todavía las mulas?
-Sí, son muy necesarias. Es el animal más bruto que conozco. Tiene una capacidad de carga y de marcha que es increíble. Ahora, si no quiere caminar, la podés matar a palos que no va a avanzar. He visto que a una mula le han tirado piedras en la cabeza y no camina.
-¿Y eso es por cuestiones climáticas o de suelo por ejemplo?
-No. No se sabe. Se empaca y chau.
-¿En este momento estás haciendo algún curso?
-Sí. En la Argentina hay dos asociaciones importantes, una es la Asociación Argentina de Guías de Montaña, que está en Mendoza y que otorga títulos locales. En el país no hay una ley de guías y eso es un problema en todos lados. Yo por ejemplo vengo acá a Tandil y si quiero salir a caminar con un grupo, me dicen que tengo que hacer el curso de guía de turismo.
En este momento estoy haciendo un curso internacional de guías, que cuando lo termine, puedo ejercer en Europa, por ejemplo. Esto empezó en Argentina hace pocos años, o sea que hay pocos guías de este tipo. Además, el curso tiene una exigencia muy alta. Estoy en el tercer año, el último. Cuando lo termine, voy a tener un reconocimiento mayor desde lo laboral.

Los viajes
-¿Cuál fue tu primer viaje afuera?
-Fue a Perú, en colectivo. Cinco días tardamos. Agarramos la aduana cerrada del Cristo Redentor, también la de Arica, en Chile. Y llegamos a la Cordillera Blanca, un lugar hermoso. Después fui a Europa, con mi señora: estuvimos en España, Francia, Italia. Pero ese viaje no fue exclusivamente de escalada, ya que también recorrimos museos.
En lo exclusivamente deportivo, después fuimos a México y Estados Unidos. Ahí está la mole de granito más grande del mundo que está en el Valle de Yosemite. Allí estuvimos casi un mes. Fue uno de los viajes más lindos que hice. Es una mole de más de 1500 metros, que tiene una ?nariz? (la Nariz del Capitán). Estuvimos tres días en la pared, obviamente, durmiendo en balcones.
Y en México estuvimos en un lugar similar a lo que es Tandil, pero en lugar de granito son paredes de calcáreo, piedra caliza.
-¿Estos viajes te los costeás vos?
-Sí. En el uno a uno era más fácil. Ahora se complica.

El techo del mundo
¬-¿Cuál es la meca para el que hace esta actividad: el Himalaya?
-Depende de cada uno. Este lugar que te decía en Estados Unidos es la meca para quien quiere escalar en roca. Para quienes hacen ascensionismo, el Himalaya.
Yo tuve la suerte de ir (en el 2005, en el marco de la expedición Gasherbrum I y II, Argentinos al Himalaya) y me siento un privilegiado por ello. Porque es un viaje de 150 mil dólares, y nosotros conseguimos un esponsor que puso la plata. No llegamos es cierto, porque nunca tenés asegurado hacer cima, pero vivimos una experiencia inolvidable.
-¿Fue tu única vez?
-Sí. El año pasado, de hecho casi nos vamos con una expedición ?eminentemente tandilera?. Pero se `pinchó?. En ese momento China y Pakistán estaban complicados,  China con los Juegos Olímpicos y el boicot que le hacían los tibetanos. Y en Pakistán habían asesinado a (Benazir) Bhuto. Fue justo en ese momento.
-¿Hasta qué edad se puede practicar esta actividad?
-Yo tengo compañeros que tienen 50 años y siguen. De hecho, la mejor edad para subir cerros de más de 8 mil metros es entre los 40 y los 50.
-¿Por qué?
-El cuerpo tiene que aclimatarse, acostumbrarse a la falta de oxígeno. Y dicen que cuando sos joven el cuerpo resiste a ese cambio. En tanto cuando sos mayor, esa resistencia no es tan grande. Yo pienso que tiene más que ver con la experiencia. Porque a los 25 años vas y vas no te importa nada. Cuando sos más grande, tenés más paciencia, arriesgás cuando ves que podés, si no, te quedás.

Cuando la vida pende de… una cuerda
-¿Te ha tocado estar en peligro?
-Sí. Muchas veces.
-¿Pero peligro de decir de esta no zafo?
-Sí, sí. Ahora no, por esto que te digo de la experiencia. Pero a los 20 años, en la Pagatonia he estado escalando y se me acabó la cuerda y caí sobre un balcón;  abajo mío había una pared de 800 metros. Te hablo de una pared vertical, a 90 grados y yo venía haciendo rappel a las cinco de la mañana después de 40 horas de escalar y se me acabó la cuerda por un error y caí sobre un balcón que si no estaba, pasaba de largo. De esas tengo un montón. Pero son todas `viejas` por suerte, `nuevas` ya no pasan más.
Pero es como dicen, la experiencia es un peine que te dan cuando te quedás pelado. Ahora te puede pasar, porque una avalancha es impredecible. Peligros en la montaña siempre hay. Pero una cosa es bajar con una cuerda que vos creés que es de 50 metros y no los tiene. Eso no es peligro.
-¿El azar tiene su incidencia?
-Mirá, siendo guía lo pensás todo. Sabés que todo es previsible porque todo puede pasar. Si pasa algo tiene su explicación. Si pasa algo con un grupo, es culpa del guía. Es como cuando está lloviendo y te agarra un rayo: no es mala suerte; ¿qué hacías caminado en plena tormenta? A la suerte hay que ayudarla un poco.
Y en la montaña también. Te agarró una avalancha; pero saliste a caminar un día después de una tormenta con un metro de nieve. ¿Tuvo mala suerte? No. No se podía salir.
-¿Y la responsabilidad cuando manejás un grupo te pesa más?
Sí, lógicamente.
-¿Estas cosas que decís que te pasaron estando solo?
-Sí, solo. Nunca a cargo de un grupo. Porque cuando me arriesgo, lo hago deportivamente, porque lo estoy disfrutando. Pero si a mí me sorprende algo guiando también, me estoy poniendo yo en peligro y no quiero que me pase nada. Además, hay gente que me está pagando para subir y bajar seguro, no para que lo arriesgues.
-¿En algún momento, después de un susto así dijiste no subo más, largo todo?
-No. En una que me pasó en el Fitz Roy, que tenía las manos congeladas y no podía hacer nada; realmente sentí que me mataba. La otra no (la de la caída sobre el balcón), porque es como que pasa tan rápido y vos tenés el instinto de sobrevivir que no lo pensás.
Sí, es cierto que tenés más cuidado. Como en todo, cuando te pasa algo fuerte, levantás un poco el acelerador.

 

Un hallazgo, una historia
El 2 de agosto de 1947, el Star Dust, un avión Avro Lancastrian de la British South American Airways que volaba de Buenos Aires a Santiago de Chile (con escala en Mendoza), desapareció en Los Andes en medio de una tormenta con once personas a bordo. Dado por perdido tras 20 días de búsqueda, surgieron una serie de historias y mitos respecto del misterioso hecho. Según ellas, uno de los pasajeros portaba una valija diplomática llena de información clasificada, y en la bodega viajaba una carga de lingotes de oro.
En enero de 1998, Pablo Reguera y Fernando Garmendia iban a entrar en esta historia.
Habían decidido ascender al cerro Tupungato por la pared este, la misma en la que más de una década atrás habían perdido la vida Leonardo Rabal y Guillermo Vieiro.
?Ya lo habíamos intentado antes y no lo habíamos logrado. Cuando volvimos ese año, por la cara este no se podía ascender porque había unos penitentes inmensos y la subida era un verdadero laberinto. Decidimos bajar y cortar camino a campo traviesa?, cuenta hoy Pablo.
En determinado momento, Fernando frena su marcha y le grita a su compañero: ?Mirá al lado tuyo hay un motor?. Era un Rolls Royce partido a la mitad. Algunos metros más allá, encontraron una chapa; más allá un asiento. Con la idea de que era un avión continuaron el ascenso por la cara norte.
Cuando bajaron al campamento pasaron el parte del hallazgo al sargento ayudante Armando Cardozo, del Regimiento 11. Nadie les creyó. Era imposible que allí hubiera restos de un avión.
Un año más tarde, uno de esos militares se encontró con un especialista en el tema y le confesó que ?alguien de Tandil? había creído encontrar esos restos.
De inmediato, esta persona tomó la guía telefónica de Tandil y no paró hasta dar con Pablo. ?Lo primero que me preguntó fue si el motor tenía pistones. Sí, le respondí yo que me parecía lo más normal. Ahí nomás me dijo, venite, yo te pago todo, llevame adonde está el avión?.
Recién al año siguiente fue una expedición, que confirmó que era el avión que se había caído en el ?47.  Posteriormente fue el turno de la BBC y de otras cadenas internacionales que se interesaron en el tema. Por esos días, Pablo y su amigo Fernando, fueron ?las estrellas? de la televisión internacional.
Pablo se interesó en la historia y tiene su teoría respecto a la caída del avión, que hasta un par de años antes de su caída, había sido un bombardero en la Segunda Guerra Mundial.
?Antes se volaba por altímetros, no por GPS ?relata-. Seguramente ese día había tormenta, entonces intentaron pasar por el Tupungato que no era el paso habitual. El cerro mide 7 mil metros, entonces volaron a 7500 y calcularon el tiempo. Cuando creyeron que lo habían pasado, comenzaron a descender. Pero por el viento en contra o por un mal cálculo, cuando comenzaron a bajar se chocaron el cerro de frente. Cayeron en un glaciar. Un glaciar puede llegar a tener cien metros de movimiento por año, así que del cincuenta hasta ahora no había nada de lo que podía ser un avión. Uno se imagina el fuselaje, como en la película Viven. Pero te encontrás con un motor y a los dos kilómetros una chapa, a los mil metros un pedazo de asiento?.

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