Para el psiquiatra Jorge Pellegrini: ?Los manicomios no son para los locos, sino para los locos pobres?
Pellegrini además de médico psiquiatra y escritor es el actual vicegobernador de la provincia de San Luis, tema que le dijimos íbamos a dejar en manos de los analistas políticos, aunque por momentos resultó imposible no incluirlo en el tema. Con muy buen sentido del humor y contento de haber estado en la ciudad, dialogó con El Eco de Tandil, entre otras cuestiones de “No quiero que me den una mano, quiero que me saquen las manos de encima”, el libro que presentó en sociedad.
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-Me gustó mucho, hubo una circulación de público muy fuerte, y si bien había stands que interesaban más que otros según la temática, me pareció muy importante que Tandil le dedicara un sector a la producción literaria de la ciudad y la zona. En San Luis tenemos esta idea y la estamos llevando a cabo con el cine, la música y los libros. Otro de los ítems que quisiera destacar es el libro, que apunta a rescatar la historia del tango en el interior, algo maravilloso que me enteré está haciendo el escritor y periodista Néstor Dipaola.
-¿Qué nos puede decir de su libro?
-Lo publiqué este año y el título es el fragmento de otro que escribí en el ‘84, “Gerónima”: Relata la historia de una familia mapuche y lo que sucede con ella cuando ingresa el Hospital General Roca, donde yo vivía. Esta idea de “No quiero…” me hizo dar cuenta con el tiempo que era una de las direcciones en las cuales mi pensamiento se desarrollaba en el campo no sólo de la medicina sino también en lo social. Porque esa frase aplicada al campo de la medicina es ampliamente extendible a los gobernantes. Hablo de respetar la autodeterminación de las personas, las decisiones libres, no sustituir la determinación de seres humanos con medidas que parecen muy “benefactoras” pero que en realidad lo que esconden -a través de esa beneficencia- es un modo de manejar la vida de los otros e incluso determinar sus conductas sociales, culturales, políticas, donde en realidad más que relación entre iguales establece una relación clientelar. Pero bueno, en el caso del libro se habla de respetar al enfermo mental sin manejarle la vida.
-Leímos en un portal un informe sobre los enfermos mentales recluidos, que pierden su capacidad de tomar hasta la más elemental de las decisiones, cosificándolos. Esto se contrapone a un grupo de profesionales que trabaja sobre la externación, logrando incluso matrimonios y muchos de los enfermos han vuelto a tener la capacidad de decidir por sí mismos.
-Es tal cual y eso lo digo en el libro. Porque es una experiencia que iniciamos en 1993 en mi provincia: “Basta de manicomios”. Existía un instituto que era uno clásico: Pisoteo de derechos, maltrato, discriminación, exclusión social, abandono y todo eso disfrazado de tratamiento. Porque lo primero que hay que reconocer es que los manicomios no son para los locos, sino para los locos pobres, sobre los cuales se decide con absoluta impunidad pero siempre en nombre de que hacemos lo mejor por ellos; no, en realidad lo que hacemos es esto de “ojos que no ven corazón que no siente”.
Nunca estuve de acuerdo con estos institutos y no existe ningún texto académico que justifique su existencia, pero tampoco estoy de acuerdo con el cierre absoluto de esas instituciones, lo que hay que hacer es transformarlas, que no es otra cosa que una oportunidad de humanización para quienes trabajan allí y de los familiares, porque es vergonzante para los trabajadores de la salud mental decir: “Trabajo en el loquero”, en general se oculta como se oculta el loquero.
-Y cómo aún la sociedad oculta a sus familiares con estos padecimientos. Sin embargo, en la ciudad tenemos un Centro de Salud Mental de puertas abiertas, pocas internaciones y las que hay, tratan de ser cortas para que el paciente vuelva a su entorno familiar. El titular del instituto es el doctor Horge Garaguso. Sin embargo, quien implementó en ese servicio por primera vez un hospital abierto con abordajes desde lo artístico, cultural y social, fue el doctor Roberto Berkunsky, quien nos decía hace unos días lo bien que se sentía porque ya no hay vuelta atrás hacia modelos más cerrados.
-Estuve acompañado del doctor Garaguso visitando el lugar y les decía que la mejor noticia que me llevaba de Tandil es que existe un espacio público que trabaja con estas ideas, que se ha fundado algo que hay que cuidar mucho y que se pueda preservar esta idea directriz que es ‘no hay salud sin libertad’. ¿Qué salud se puede construir con una persona encerrada, que sufre, cosa de la cual nos olvidamos demasiado y si a esto le agregamos el encierro, que no tiene el derecho de levantarse a la hora que quiere, si lo despoja de sus ropas y se lo uniformiza, si le administra los horarios, los espacios por donde puede circular, se termina construyendo una cosa, un objeto. ¡Duele pero es así!
-Acá es como que se ha empezado a visualizar la salud mental sin esconderla.
-No quiero hacer de esto la gran cosa pero a nosotros la experiencia de mostrar que se puede terminar con el manicomio y construir a la par un nuevo tipo de hospital donde los tratamientos se humanizan, las personas no están recluidas, los pacientes reciben tratamiento en el lugar donde estén y donde los jueces han perdido la facultad de internar arbitrariamente.
Porque nosotros estamos muy atados a los lugares. ¿Dónde pongo el sombrero? En el perchero ¿Dónde pongo los locos? En el manicomio. No, si no sabemos, aprendamos, porque hay un estigma social: es malo, peligroso, e irracional.
-Y la creencia de que es irrecuperable.
-Claro, porque tiene la marca en el orillo. Es el “No se puede hacer nada”; sin embargo se puede hacer todo. Y en San Luis hemos logrado reinsertar socialmente a los que tenían un promedio de reclusión 7 años y medio, algunos más. Y no se imagina los cambios de estas personas, comenzaron a mejorar visiblemente.
Y como mostramos que esto era posible, empezamos a mirar alrededor y también hay niños institucionalizados, ¿pero qué niños son?
-Pobres.
-¿Sabe cuántos hay en la Argentina? Cuarenta y cinco mil, ¿cuantos tienen alguna causa judicial?, casi ninguno, pero la gran mayoría sufre el trato que todos sabemos que sufren. Entonces tomamos la experiencia del hospital y vimos cómo se hace una inclusión social de los niños y empezamos a trabajar con las familias y en la actualidad no tenemos niños judicializados.
-Tandil trabaja desde un lugar llamado el Portal de Belén que articula con el Juzgado de Familia y la Parroquia de Luján donde familias temporales se ocupan de los chicos hasta que pueda volver a insertarse en su familia, en la ampliada o puedan ser adoptados.
-Hoy le comentaba que los enfermos comenzaron a mejorar clínica y psiquiátricamente y ni le cuento cuando empezaron a trabajar. Porque el trabajo es un ordenador social, las familias se adecuan a esos parámetros y los hijos saben que en el camino que hay que recorrer encuentran dos salidas: Trabajar o estudiar.
-Claro, pero en muchos casos se perdió la cultura del trabajo, reemplazada por el asistencialismo, el Estado papá proveedor fue ganando espacio hasta que se hizo la cultura del asistencialismo, cosa que también se está tratando de revertir en esta ciudad, pero hay que pensar que va a llevar tanto tiempo, ya que por lo menos existen dos generaciones de familias sin trabajo.
-Sin duda, pero hablando como médico, a mí me alegró la vida por hacer esto de reinsertar a estos pacientes, a los chicos, porque si un tema asusta hay que destaparlo y comenzar a trabajar en él.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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